Paul Feig plantea en ‘La asistenta’ un juego de apariencias donde la comodidad, la desigualdad y la manipulación se entrelazan sin descanso. La historia, inspirada en la novela de Freida McFadden y adaptada por Rebecca Sonnenshine, se desarrolla en una mansión elegante que esconde un clima de vigilancia constante. Desde el primer momento se percibe una tensión que no depende de lo paranormal, sino de algo mucho más reconocible: la violencia doméstica convertida en hábito social. El director combina la estética pulida con una observación fría del poder, dejando que la cámara acompañe a los personajes sin entrometerse, como si los siguiera desde la distancia para evidenciar sus mentiras. Amanda Seyfried interpreta a Nina Winchester, una mujer acomodada que controla cada detalle de su entorno y que utiliza la amabilidad como disfraz. Frente a ella, Sydney Sweeney encarna a Millie Calloway, una joven que acepta el trabajo de asistenta para cumplir las condiciones de su libertad condicional y salir de una vida marcada por la precariedad. En la superficie, la relación parece funcional; bajo ella, se construye un vínculo basado en el sometimiento y el miedo.
La trama arranca cuando Millie entra en esa casa de aspecto perfecto, dispuesta a trabajar con disciplina. Lo que encuentra es un ambiente en el que cada palabra se convierte en una orden, cada mirada en una advertencia. Nina alterna gestos de cercanía con ataques verbales y contradicciones constantes, estableciendo un control psicológico que se apoya en la dependencia laboral de su empleada. La convivencia se convierte en una forma de tortura elegante, hecha de humillaciones pequeñas y de una tensión que crece a medida que la protagonista descubre señales inquietantes, como los arañazos en la puerta de su habitación o la actitud inexpresiva de la hija del matrimonio. Ese ambiente, reforzado por una iluminación blanca y fría, transforma la casa en un espacio opresivo donde el lujo se confunde con la prisión. Feig maneja bien los tiempos: evita el exceso de acción y se centra en mostrar cómo la autoridad de clase se disfraza de cortesía. Cada conversación parece una negociación invisible sobre quién tiene derecho a mandar y quién debe obedecer, y en ese equilibrio forzado se instala el malestar que guía todo el relato.
La aparición del marido, Andrew, interpretado por Brandon Sklenar, amplía el conflicto. Su figura introduce una falsa sensación de alivio, ya que su tono comprensivo y su aparente neutralidad actúan como un refuerzo de la desigualdad existente. Representa el tipo de hombre que observa las injusticias sin intervenir, participando así en ellas de forma silenciosa. Entre él y Millie surge una tensión sexual que Feig utiliza para poner a prueba los límites de la manipulación. El deseo se convierte en herramienta de poder, en otro modo de someter. A través de esa relación, la película expone cómo la atracción puede camuflar una jerarquía social y cómo el privilegio puede transformarse en una trampa moral. El ritmo se acelera hacia la mitad del metraje, cuando las mentiras empiezan a resquebrajarse y las máscaras sociales dejan paso a la violencia. A partir de ese punto, la narración adquiere una energía más descontrolada, con enfrentamientos físicos y giros que reconfiguran la posición de cada personaje. Lo más interesante de este tramo final es la manera en que Feig convierte el caos en una forma de justicia torcida: la víctima se defiende, la agresora pierde el control y el entorno doméstico se derrumba como si reflejara el fracaso de una estructura social entera.
La dirección de Feig combina precisión técnica con una mirada más analítica que emocional. Su estilo, conocido por la comedia, se adapta aquí a un tono más seco, con un humor apenas perceptible que sirve para evidenciar la ridiculez de la clase alta. La mansión se filma como un escenario de teatro: habitaciones impolutas, escaleras que conducen a lugares prohibidos, espejos que multiplican la sensación de encierro. El director de fotografía, John Schwartzman, utiliza planos estáticos y una paleta de grises y azules que acentúan la distancia entre los personajes. La música de Theodore Shapiro, casi imperceptible, funciona como un pulso interno que acompaña los cambios de ánimo de las protagonistas. La puesta en escena transmite que el poder se ejerce desde los detalles, desde una voz que ordena o un silencio que humilla. Feig evita la exageración y confía en la capacidad del espectador para percibir la violencia sin que esta se exhiba. Esa contención da a la película un tono de observación social que la separa del thriller convencional.
En el fondo, ‘La asistenta’ es un retrato sobre la desigualdad y el abuso que se disfraza de entretenimiento. Feig analiza cómo las relaciones laborales se entrelazan con las personales hasta borrar los límites entre ambas. Millie necesita ese empleo para seguir adelante; Nina lo utiliza para reafirmar su control sobre el mundo. Entre ambas se desarrolla un pulso que refleja el modo en que la sociedad legitima ciertas formas de humillación siempre que se mantenga la apariencia de orden. El relato introduce temas como la vigilancia constante, la dependencia económica y la fragilidad de los vínculos familiares. Todo está atravesado por una crítica directa a la idea de éxito y a la obsesión por mantener una fachada impecable. En cada escena se percibe la tensión entre la fachada de bienestar y la degradación interior de sus habitantes. Lo que empieza como una historia doméstica termina funcionando como una radiografía de cómo el poder privado reproduce los abusos públicos.
Las interpretaciones sostienen con firmeza ese planteamiento. Amanda Seyfried construye una figura de autoridad desequilibrada, con un dominio del sarcasmo y una mirada que transmite inestabilidad sin necesidad de exagerar. Sydney Sweeney evoluciona desde la sumisión hacia una firmeza que surge de la desesperación, y ese cambio da cuerpo al conflicto central. Brandon Sklenar encarna la ambigüedad del privilegio masculino que se presenta como comprensión mientras contribuye al problema. Su aparente neutralidad refuerza la sensación de vacío moral que recorre la historia. En conjunto, las actuaciones logran que la tensión crezca sin necesidad de recursos grandilocuentes. Cuando el enfrentamiento alcanza su punto máximo, el estallido de violencia actúa como desenlace lógico de una convivencia insostenible. Feig mantiene un cierre coherente con el tono frío y analítico que ha conservado desde el inicio.
‘La asistenta’ confirma el interés de Paul Feig por los conflictos de poder en contextos cotidianos. En lugar de buscar giros ingeniosos o discursos morales, se centra en mostrar las dinámicas reales que rigen las relaciones laborales, afectivas y sociales. Su retrato de la mansión como un microcosmos de dominación y miedo resume una forma moderna de servidumbre que se mantiene a través de la cortesía. El resultado es una película que se apoya en la observación meticulosa de las estructuras que sostienen el abuso. Con un lenguaje visual sobrio y un tono contenido, Feig propone una lectura lúcida del poder doméstico y de cómo la dependencia económica puede transformarse en violencia encubierta. La historia se convierte así en una advertencia sobre la fragilidad del equilibrio social cuando el respeto se confunde con obediencia y la estabilidad se compra a costa de la dignidad.
