Una noche, Harper Stern revisa los movimientos de su fondo desde una habitación en penumbra, mientras en la pantalla parpadean cifras que cambian con la rapidez de un pulso desbocado. Esa escena resume el espíritu de ‘Industry’: el poder entendido como una carrera constante contra el miedo a perderlo. La cuarta temporada creada por Mickey Down y Konrad Kay se desarrolla fuera del edificio de Pierpoint, el banco que había servido de jaula y escuela para sus protagonistas. La acción se extiende a nuevas oficinas, mansiones y despachos ministeriales, pero la sensación de encierro permanece. Lo que antes era una lucha por ascender se convierte en una guerra por mantenerse en pie, donde la astucia importa más que la habilidad y la ética queda reducida a una anécdota. HBO Max presenta una serie que retrata el mundo financiero británico como una estructura en la que las personas se consumen para sostener el ritmo de un sistema que recompensa la crueldad y castiga la duda.
Tender, una empresa tecnológica dedicada al procesamiento de pagos, se coloca en el centro del tablero y actúa como símbolo de la ambición contemporánea. Su fundador Whitney Halberstram, interpretado por Max Minghella, representa a la nueva generación de ejecutivos que disfrazan la codicia con un discurso de modernidad. Harper, convertida en gestora independiente, identifica en Tender una oportunidad para ampliar su poder a costa de desestabilizar a sus competidores. Yasmin Kara-Hanani, interpretada por Marisa Abela, participa en la operación desde otro ángulo: su matrimonio con Henry Muck, aristócrata arruinado y personaje tan arrogante como inseguro, le permite volver al círculo de influencia del que creía haber salido. Ambos caminos acaban convergiendo en una trama donde los intereses empresariales se confunden con los afectivos. Las relaciones dejan de tener valor sentimental y se transforman en herramientas de negociación, lo que convierte cada diálogo en una maniobra calculada.
El retrato que ofrece esta temporada sobre la dinámica del poder resulta implacable. Los antiguos aprendices se comportan con la misma frialdad que los jefes que un día despreciaron. Harper repite los métodos que antes le parecían abusivos: manipula, explota y somete con la misma eficacia que aquellos que la enseñaron. Yasmin, por su parte, transforma la seducción en su principal estrategia de control. Ambos personajes encarnan la idea de que el éxito dentro del sistema financiero exige asumir la agresión como norma. Down y Kay logran plasmar esa violencia con precisión, evitando el dramatismo y concentrándose en las consecuencias visibles de cada acto. Los silencios entre las conversaciones, las miradas esquivas y los movimientos forzados dentro de las oficinas reflejan la tensión que marca la vida de quienes viven pendientes de una cotización.
La dirección apuesta por una puesta en escena sobria y calculada. La cámara se mueve con agilidad entre espacios dominados por superficies de cristal, pantallas y reflejos que multiplican la sensación de vigilancia. Los tonos fríos y la iluminación artificial generan un ambiente de distancia emocional que refuerza el carácter impersonal del mundo financiero. Los directores combinan secuencias de ritmo frenético con pausas que dejan respirar la incomodidad, logrando que cada escena funcione como una observación del poder en su forma más desnuda. Los detalles estéticos, desde la elección de la música hasta la disposición de los personajes en el encuadre, no buscan adornar la acción, sino subrayar el aislamiento que acompaña al éxito. La serie convierte el lujo en un entorno hostil, donde cada objeto sirve para recordar el precio de la ambición.
El trabajo interpretativo mantiene un nivel sobresaliente y otorga consistencia a la historia. Myha’la dota a Harper de una mezcla de cálculo y rabia que refleja con precisión su evolución hacia una figura dominada por el control. Su capacidad para pasar del sarcasmo al cansancio en una misma escena ofrece un retrato convincente de alguien que vive al borde del colapso. Marisa Abela, como Yasmin, combina elegancia y manipulación, mostrando una mujer que ha aprendido a disimular su frustración tras una fachada de seguridad. Kit Harington aporta al personaje de Henry una vulnerabilidad que lo convierte en el eslabón más débil de una cadena construida sobre la hipocresía. El resto del reparto, con Kiernan Shipka, Charlie Heaton y Toheeb Jimoh, amplía el universo de la serie con nuevas energías y matices. Todos los personajes se mueven en un equilibrio inestable entre el deseo de control y la necesidad de pertenecer, y esa tensión alimenta la trama sin descanso.
El componente político de la temporada introduce una lectura más amplia sobre la relación entre las finanzas y el poder institucional. La aparición de figuras vinculadas al Partido Laborista y a los ministerios británicos muestra cómo el capital y la política comparten la misma lógica de intercambio. Los guionistas desarrollan la crítica a través de situaciones que evidencian la dependencia mutua entre empresarios y gobernantes. Esa mirada convierte a ‘Industry’ en una radiografía de la sociedad contemporánea, donde las decisiones públicas se subordinan al interés privado. La serie plantea así un panorama de cinismo estructural que resulta tan reconocible como incómodo.
Las escenas sexuales, presentes desde el inicio de la serie, mantienen su función como extensión del poder. Cada encuentro físico está filmado con la intención de mostrar la falta de afecto real y la obsesión por dominar. Los personajes utilizan el deseo como una herramienta más dentro de su estrategia personal, y el resultado es una representación cruda del vínculo entre placer y jerarquía. La dirección evita cualquier rastro de romanticismo y se centra en la tensión física y verbal que acompaña a esos momentos. Esa frialdad genera un efecto inquietante que encaja con la naturaleza del relato, demostrando que el dinero y el deseo obedecen a la misma lógica de intercambio.
La cuarta temporada confirma la madurez de la serie y la solidez de su discurso. La salida del entorno de Pierpoint ha permitido expandir el universo de ‘Industry’ sin perder coherencia. La serie conserva su ritmo afilado, su capacidad de análisis y su retrato directo de la ambición. HBO Max acierta al mantener una producción que combina precisión narrativa y observación social, logrando que cada episodio funcione como un estudio de carácter y como una crítica del sistema que retrata. ‘Industry’ ya no se limita a mostrar el caos del mercado financiero; ahora describe con detalle cómo ese caos moldea a las personas que viven dentro de él.
