Las historias que más se recuerdan, suelen partir de esos lugares y costumbres a los que casi nunca les prestamos atención. En 'Historias del buen valle', José Luis Guerín decide situarse en Vallbona, un barrio apartado de Barcelona rodeado por autopistas y vías férreas, para observar cómo sus vecinos resisten frente a los cambios que trae la modernización. Una de las escenas más significativas muestra a un grupo de personas trasladando almendros arrancados de la tierra por un proyecto urbanístico. Ese esfuerzo colectivo refleja con claridad la forma en que Guerín entiende el cine: una herramienta para conservar lo que está a punto de desaparecer. El director vuelve al terreno del documental que ya había explorado en 'En construcción', aunque esta vez centra su mirada en los márgenes de la ciudad. Su estilo mantiene la calma y la observación como principios. Con una cámara que no se impone, registra la convivencia, el trabajo en los huertos, las conversaciones sobre el futuro y la memoria de un lugar que aún conserva una identidad común. Guerín plantea un retrato social que combina rigor y cercanía, donde cada plano encierra una historia sobre la pertenencia y la adaptación.
El recorrido por Vallbona avanza a través de los relatos de sus vecinos, quienes narran su vida con un lenguaje directo y lleno de referencias cotidianas. Los testimonios de los habitantes, desde los mayores que recuerdan los años en los que levantaban sus casas con sus propias manos hasta los niños que expresan su deseo de que el barrio conserve su esencia, forman el núcleo del relato. El director construye una estructura basada en la palabra y en la escucha, que permite comprender las raíces culturales de un entorno marcado por las migraciones, la mezcla de acentos y las distintas maneras de entender la comunidad. Cada persona que aparece en pantalla refuerza la idea de que la historia de un barrio se compone de esfuerzos compartidos y no de gestas individuales. Guerín retrata una sociedad que se mantiene unida a través del trabajo diario, la música, las reuniones y el cuidado de los espacios comunes. La película transmite esa sensación de continuidad entre generaciones que conviven dentro de un territorio que cambia sin cesar, donde las calles y los campos se convierten en escenarios de una memoria viva.
La estructura del documental se apoya en una narración coral que refleja la diversidad de Vallbona. Las voces se entrelazan con las imágenes de la vida cotidiana: los vecinos tocando la guitarra en un bar, los paseos por el canal, las conversaciones sobre los cambios urbanísticos y los nuevos habitantes que llegan desde diferentes países. Guerín organiza este material con un sentido narrativo que evita el artificio. Su montaje da espacio a los silencios y al ritmo natural de las conversaciones, sin recurrir a explicaciones ni juicios externos. La música de Anahit Simonian y el diseño de sonido de Maximiliano Martínez y Pablo Rivas Leyva acompañan las escenas sin imponerse, logrando que el propio entorno produzca su banda sonora. Los ruidos de los trenes, las voces que resuenan entre las calles y los cantos colectivos en los funerales o en los bares dan a la película una textura cercana y tangible. La dirección de fotografía de Alicia Almiñana acentúa el contraste entre el blanco y negro del inicio y el color del presente, como una forma de marcar el paso del tiempo y de mostrar que las transformaciones del lugar están unidas a la historia de sus habitantes.
El interés del director por capturar la relación entre el territorio y sus pobladores se convierte en una reflexión sobre la convivencia y la dignidad colectiva. Vallbona aparece como un espacio donde distintas generaciones, lenguas y tradiciones se entrecruzan sin conflicto, formando un mosaico social que mantiene un equilibrio precario frente al avance del urbanismo. Guerín presta atención a los pequeños actos de colaboración que sostienen la vida en comunidad, a los gestos de apoyo mutuo y al sentido de pertenencia que los vecinos defienden frente a las estructuras que amenazan su modo de vida. En su mirada hay un interés por comprender cómo el progreso altera los vínculos sociales, pero también por destacar la capacidad de adaptación de quienes viven en los márgenes de la gran ciudad. La película combina observación social y reflexión política sin recurrir a discursos explícitos, mostrando con claridad que la realidad de Vallbona refleja un problema más amplio: el desplazamiento de las comunidades tradicionales por las dinámicas del mercado y la especulación urbana. El director convierte ese paisaje en símbolo de resistencia y en espejo de una sociedad que sigue buscando un equilibrio entre desarrollo y memoria colectiva.
Crítica elaborada por Marina Rivas
