Un tren berlinés en plena hora punta se convierte en el epicentro del nuevo conflicto que impulsa ‘Hijack’. La cámara de Jim Field Smith, que regresa a la dirección, se adentra en los túneles con una atención constante al detalle y al ritmo, transformando el espacio público en un escenario de vigilancia y tensión. Desde el primer minuto, el trayecto rutinario se altera cuando Sam Nelson, interpretado por Idris Elba, se ve envuelto en una situación que desborda cualquier lógica. Este arranque, construido con una calma engañosa, marca el tono de una temporada que mantiene la intensidad, aunque con un tipo de tensión más física, más cercana y menos dependiente del artificio. Smith opta por una dirección que se apoya en la proximidad, en la forma en que los personajes reaccionan ante el encierro y en cómo el entorno urbano, con su frialdad mecánica, amplifica la sensación de peligro.
El argumento parte del recuerdo de lo ocurrido en el vuelo de la primera temporada, pero lo transforma. Sam Nelson, un año después, viaja con una herida personal que pesa sobre cada decisión. La serie no se detiene en el trauma como elemento decorativo: lo utiliza para explicar la manera en que el protagonista actúa, su forma de anticipar el riesgo y su obsesión por mantener el control. El guion de George Kay, esta vez sin su colaboración anterior, introduce un dilema moral que cambia por completo la percepción del personaje. Sam pasa de mediador a actor forzado dentro del crimen que intenta evitar. Esa inversión del rol le da a la serie un tono más seco, con diálogos que definen con claridad la fragilidad de la voluntad individual frente a una estructura criminal que se impone con precisión. Smith alterna los espacios subterráneos con la superficie, donde un equipo de agentes y técnicos intenta contener la crisis. La tensión no se sostiene en el misterio, sino en la incertidumbre que genera un sistema que se descoordina a medida que intenta imponer orden.
La serie amplía su mirada a través de personajes secundarios que encarnan diferentes reacciones ante el caos. Otto, el maquinista, refleja el miedo cotidiano de quien se descubre atrapado en un engranaje que supera su capacidad de decisión. Clara, técnica del metro, representa la parte racional del conflicto, la que confía en la comunicación y en la precisión, aunque el entorno se vuelva imprevisible. Peter Faber, interpretado por Toby Jones, introduce el componente político, mostrando el papel de los servicios de inteligencia y su cálculo permanente entre la prudencia y el control. La trama intercala estos puntos de vista con una estructura que mantiene la continuidad narrativa, evitando los excesos de exposición. Berlín, con su red subterránea, se convierte en algo más que un decorado: es un símbolo de modernidad atrapada por su propia complejidad. Las cámaras, los túneles y las líneas de control visual componen un mapa de vigilancia donde cada decisión se replica sin descanso.
El papel de Sam Nelson evoluciona con claridad. Idris Elba interpreta a un hombre que arrastra la pérdida y la convierte en combustible para la acción. Su tono es más seco, más tenso, sin grandilocuencia. Cada movimiento transmite cálculo, cada frase suena medida. El guion lo sitúa frente a un dilema en el que la lealtad familiar y la responsabilidad pública se cruzan de forma irreversible. Esa contradicción da fuerza al relato, que se apoya en la idea de cómo un individuo puede ser manipulado hasta actuar contra sus principios. El discurso moral se articula a través de la pérdida de autoridad del protagonista, obligado a moverse dentro de un sistema que utiliza su reputación para alcanzar sus propios fines. Smith dirige con precisión los momentos de mayor claustrofobia, aprovechando la limitación del espacio para intensificar el conflicto interior de los personajes. Cada encuadre sirve para reforzar la idea de control, tanto físico como psicológico.
La dirección de Smith se mantiene firme en su estilo, basado en la claridad del montaje y en la gestión del tiempo. Cada episodio busca un equilibrio entre la acción directa y la observación del procedimiento. Las escenas dentro del tren se construyen con una cadencia marcada por los sonidos del metal, las luces intermitentes y la repetición de los movimientos. Esa regularidad crea una sensación de avance constante, aunque el desarrollo parezca encerrado en un ciclo que se repite. La elección de los planos y la distancia entre personajes refuerzan la sensación de encierro. Las escenas exteriores, filmadas con una luz gris y fría, presentan un contraste calculado que subraya la indiferencia del entorno frente al drama subterráneo. Smith logra que la tensión surja del ritmo, sin apoyarse en la espectacularidad ni en los artificios técnicos.
La trama combina dos niveles: el operativo policial que intenta resolver el incidente desde la superficie y la cadena de decisiones que se acumula dentro del tren. Ambos planos se complementan y reflejan un mismo problema: la desconfianza. Cada personaje actúa con un objetivo distinto y esa falta de coordinación se convierte en el verdadero conflicto. Los agentes, los técnicos, los pasajeros y el propio Sam forman parte de una maquinaria que se corrige y se contradice sin descanso. El guion aprovecha ese desorden para exponer la fragilidad de las instituciones frente a un acontecimiento que supera su capacidad de gestión. Lo interesante es que el relato no se limita a mostrar la acción, sino que examina cómo el miedo se propaga y cómo la estructura jerárquica se desintegra cuando cada decisión se vuelve incierta.
La puesta en escena es uno de los aciertos más evidentes. El sonido del tren, constante y envolvente, se convierte en una base rítmica que mantiene la tensión. La fotografía utiliza tonos metálicos, con predominio de verdes y grises que acentúan el ambiente industrial. Esa frialdad no busca belleza, busca credibilidad. Los movimientos de cámara acompañan la acción con precisión, sin exceso de artificio. La dirección se centra en el control del espacio y en cómo los personajes se relacionan con él. La repetición del trayecto funciona como metáfora del encierro social: todos se mueven, pero ninguno avanza. La tensión se mantiene incluso en los momentos más estáticos gracias a la alternancia entre silencio y ruido, entre comunicación y aislamiento.
El relato encuentra su sentido en la transformación del protagonista. Sam Nelson se convierte en un intermediario entre el crimen y la autoridad, atrapado por un chantaje que lo obliga a traicionar su propio papel. Ese cambio permite explorar la manipulación del miedo como herramienta de poder. Los pasajeros representan una sociedad que se deja guiar por la vigilancia y la sospecha. Smith traslada esa idea al lenguaje visual: los planos cortos, las miradas rápidas y la sensación de encierro constante expresan una pérdida de autonomía general. Todo está organizado para que el espectador sienta que el control se ha convertido en un mecanismo de dependencia.
El cierre de la temporada, sin necesidad de grandes revelaciones, deja una impresión clara: ‘Hijack’ examina la repetición del trauma y el modo en que el sistema convierte cada crisis en espectáculo. La serie no busca superar su primera parte, la revisa desde otro ángulo. El desplazamiento del aire al subsuelo no solo cambia el escenario, también modifica la tensión. Lo que antes se sostenía en el miedo al vacío ahora se apoya en la presión del entorno cerrado. ‘Hijack’ mantiene un tono firme, alejado del sentimentalismo, y logra construir un thriller que se pregunta por la capacidad de adaptación y el precio de la obediencia.
