El arranque de 'Happy Birthday' invita a pensar en una historia cotidiana, casi familiar, con dos niñas que parecen compartir juegos y risas en una casa cualquiera de El Cairo. Esa primera imagen tiene algo engañoso, porque bajo su superficie se esconde una desigualdad que la directora Sarah Goher retrata con una precisión inquietante. Sin grandes discursos ni artificios, la directora egipcia examina cómo las relaciones de poder se reproducen incluso en los espacios más íntimos, donde la infancia sirve como un espejo que devuelve la verdad con más crudeza que cualquier adulto. Goher, que escribe junto a Mohamed Diab, plantea desde el inicio una observación minuciosa sobre una sociedad dividida en dos mundos que conviven sin tocarse, y elige para contarlo a una niña que trabaja en una casa donde se confunde el cariño con la obediencia. Esa elección, lejos de sentimentalismos, coloca al espectador frente a un sistema moral que asume la desigualdad como algo natural, casi doméstico.
Toha, la protagonista, se mueve con la agilidad de quien ya ha aprendido a no molestar. Limpia, cocina, obedece y sonríe, como si su infancia no fuera un derecho sino un lujo reservado para otros. La familia para la que trabaja encarna la comodidad que genera esa ceguera social: creen ofrecer afecto cuando en realidad ejercen una forma de dominación amable, sostenida por la costumbre. La relación entre Toha y Nelly, la hija de la casa, parece al principio una amistad, pero Goher la construye de manera que cada gesto revele la asimetría. Una juega y da órdenes; la otra acata y agradece. El espectador asiste a esa rutina sin juicios explícitos, pero con la evidencia constante de una distancia que no puede disimularse. Lo que une a las niñas es también lo que las separa: el trabajo que convierte a una en invisible y a la otra en dueña de su entorno. La cámara sigue a Toha con la serenidad de quien observa una realidad que no necesita explicación, y ahí radica su fuerza: en dejar que la desigualdad se exprese sola, sin adornos.
A medida que avanza la historia, la película muestra dos espacios opuestos. El primero es la casa elegante, con sus pasillos silenciosos y su luz fría. El segundo, el barrio donde Toha vive con su familia, lleno de ruido, humedad y movimiento. Goher construye esa dualidad con un ritmo que refleja el contraste: la lentitud del hogar burgués frente a la urgencia del barrio obrero. Entre ambos mundos, Toha se desplaza en autobuses atestados o a pie, cargando bolsas y sueños. La verja metálica que separa el vecindario de los ricos del resto de la ciudad se convierte en un símbolo transparente de la película: un límite físico que encierra una frontera moral. A través de ese recorrido, el espectador percibe no solo la diferencia económica, sino también la indiferencia que la sostiene. La directora convierte cada desplazamiento de Toha en un retrato del desequilibrio estructural que define a su país, y lo hace sin recurrir a la denuncia directa, confiando en la observación como forma de análisis.
El cumpleaños del título se erige en el eje dramático del relato. A partir de esa fecha, todo lo que parecía estático comienza a resquebrajarse. La madre de Nelly organiza una fiesta que sirve como escaparate social, mientras Toha se entrega a la tarea de prepararla con una ilusión que no le corresponde. El detalle de la vela que la niña desea soplar resume la lógica de la película: el deseo de pertenecer a un mundo del que se la excluye. En su inocencia, Toha cree que bastará con cumplir las reglas para merecer cariño, pero el film muestra con frialdad cómo la desigualdad destruye esa esperanza. Cuando su deseo se convierte en incomodidad para los adultos, Goher demuestra que la compasión en ese entorno tiene límites muy precisos. Ese momento, en apariencia sencillo, encierra el verdadero conflicto moral del film: cómo un gesto que debería simbolizar celebración se transforma en recordatorio de la distancia que separa a quien sirve de quien es servido.
Los personajes adultos están construidos con una complejidad que evita la caricatura. Laila, la madre de Nelly, encarna la contradicción de quien quiere ser buena sin renunciar a su privilegio. Sus actos combinan ternura y cálculo, y su trato con Toha oscila entre la dulzura paternalista y la incomodidad. En torno a ella giran otros personajes que representan distintas caras de una misma estructura social: el padre ausente que se excusa en el trabajo, la abuela que defiende el orden doméstico como si fuera ley natural, los empleados que prefieren callar antes que enfrentarse a sus empleadores. Todos son parte de un sistema que funciona precisamente porque nadie lo cuestiona. Frente a ellos, Toha aparece como un cuerpo en transformación, una niña que comienza a percibir la injusticia en los gestos más cotidianos. Su evolución no consiste en rebelarse, sino en comprender. Esa comprensión la hace más consciente y también más vulnerable. Doha Ramadan logra traducir esa madurez repentina en una interpretación contenida y precisa, donde cada silencio pesa más que cualquier diálogo.
El lenguaje visual de Goher refuerza el sentido del relato. Los interiores se filman con una calma tensa, sin adornos, y los exteriores se abren a la confusión del ruido y la gente. Cada plano está pensado para mostrar una relación de dependencia: los cuerpos ocupan el espacio según su lugar en la jerarquía. La fotografía evita los contrastes extremos y confía en la naturalidad de la luz para construir una atmósfera creíble. Esa decisión convierte a la película en una observación social más que en un drama intimista. En la forma de mirar de Goher se adivina una intención política clara, aunque expresada con serenidad. Su cámara nunca busca el impacto fácil, sino la permanencia de las imágenes en la conciencia del espectador. En esa sobriedad se percibe la influencia de directores como Alice Rohrwacher, cineastas que entienden el realismo como una forma de rigor ético. Goher adopta esa mirada y la aplica a un contexto donde la infancia y la desigualdad se entrelazan hasta volverse inseparables.
La ciudad de El Cairo aparece como otro protagonista. Sus calles funcionan como un tablero donde las diferencias sociales se hacen visibles en cada detalle. Los barrios residenciales, con sus muros y cámaras de vigilancia, contrastan con los mercados saturados de colores y ruido. Goher no retrata una ciudad idealizada, sino un espacio que refleja la coexistencia de la opulencia y la escasez. Esa representación urbana otorga a la película una dimensión política sin necesidad de discursos. Cada puerta cerrada, cada mirada esquiva, cada silencio entre los personajes expresa una estructura social basada en la exclusión. En ese sentido, 'Happy Birthday' no busca provocar indignación, sino comprensión: la comprensión de cómo la desigualdad se transmite a través de los gestos cotidianos y se asume como parte del orden natural de las cosas.
El desenlace mantiene la coherencia del tono. La escena del cumpleaños no ofrece alivio ni castigo. Lo que entrega es una constatación: la de una niña que entiende su lugar en el mundo con la lucidez que otorga la decepción. La cámara se mantiene a su altura, sin imponerse, y acompaña su silencio con respeto. Ese final resume la filosofía de la película: mirar de frente la injusticia sin necesidad de subrayarla. 'Happy Birthday' se convierte así en un retrato social de una claridad implacable, donde la infancia funciona como lente que amplifica la desigualdad y la convierte en aprendizaje. Sarah Goher demuestra que el cine puede ser un espacio de observación y pensamiento, capaz de narrar la crudeza del presente sin recurrir a la grandilocuencia. Lo que permanece después de la proyección es la sensación de haber asistido a un relato pequeño en apariencia, pero enorme en significado, donde una vela apagada se convierte en la imagen más precisa de todo un país dividido entre quienes desean y quienes ni siquiera pueden permitirse desear.
'Happy Birthday' ha sido proyectada en la más reciente edición del festival Cine por Mujeres.
