Un halcón sobrevuela el bosque y se posa en el brazo de una mujer que lo espera con calma. William Shakespeare la observa desde la distancia, fascinado por la precisión con la que domina al animal y por esa mezcla de serenidad y carácter que transmite. Así arranca 'Hamnet', la película de Chloé Zhao que adapta la novela de Maggie O’Farrell y que parte de este encuentro para construir una historia sobre el vínculo entre el amor, la pérdida y la creación artística. Desde ese momento inicial, Zhao sitúa al espectador en un mundo rural del siglo XVI donde la superstición y la religión conviven con un incipiente impulso racional. Sin recurrir al exceso ni a la retórica, la directora describe un entorno en el que la vida cotidiana se rige por la obediencia y donde cualquier desviación se interpreta como amenaza.
Agnes Hathaway, interpretada por Jessie Buckley, se convierte en el centro de esa tensión. Su relación con la naturaleza, su conocimiento de las hierbas y su carácter independiente despiertan desconfianza entre los vecinos, que la ven como una figura ajena al orden social. La mirada de Zhao se detiene en esos matices y construye un retrato donde la libertad de una mujer choca con el peso de las tradiciones. William, interpretado por Paul Mescal, aparece como un joven ambicioso, consciente de su talento, pero atrapado en las limitaciones de su tiempo. Entre ambos se establece una relación marcada por la atracción y el deseo de escapar de lo establecido. La película convierte esa historia de pareja en una observación sobre cómo el amor se mezcla con la desigualdad, la maternidad y la necesidad de encontrar un sentido al paso del tiempo.
La narración avanza sin prisas, apoyada en una puesta en escena que utiliza los espacios domésticos como reflejo de las relaciones. El hogar familiar funciona como un lugar de convivencia, pero también como un terreno de disputa entre la creatividad de William y la resistencia de Agnes a abandonar su mundo. Zhao observa ese contraste con un ritmo constante, confiando en los silencios, en las miradas entre los personajes y en la forma en que el entorno natural se convierte en extensión de sus emociones. La película muestra cómo el trabajo, la maternidad y la ausencia van modificando el vínculo entre ambos, y cómo la escritura se convierte para él en una vía de escape ante lo que ya resulta imposible reparar.
El relato alcanza su punto de inflexión con la enfermedad del hijo, interpretado por Jacobi Jupe, que actúa junto a su hermano Noah Jupe en un juego de espejos muy calculado. Zhao aborda este momento con un control absoluto del tono, sin subrayar el dramatismo y concentrándose en los gestos cotidianos que revelan la descomposición del entorno familiar. Agnes, unida a la naturaleza y a su intuición, intenta mantener el equilibrio mientras su esposo canaliza el dolor a través de la creación. La directora no convierte esta tragedia en espectáculo, sino en el punto donde la vida y el arte se cruzan, mostrando cómo una pérdida puede transformarse en impulso creativo y cómo la escritura adquiere un valor que trasciende el ámbito privado.
La dirección de Chloé Zhao combina la contención de 'The Rider' y 'Nomadland' con la precisión formal de un relato histórico. Su cámara evita la ornamentación y se centra en la interacción entre personajes y paisaje. El trabajo del director de fotografía Łukasz Żal aporta coherencia visual: la luz de las velas y los tonos ocres refuerzan la idea de clausura, mientras los exteriores muestran un mundo en constante movimiento, lleno de textura y contraste. La música de Max Richter actúa como un acompañamiento discreto, capaz de subrayar el paso del tiempo y las emociones sin imponerse. La unión de estos elementos otorga a la película una coherencia estética que la distingue dentro del cine de época reciente.
Los secundarios, entre ellos Emily Watson como Mary, la madre de Shakespeare, y Joe Alwyn como el hermano de Agnes, completan la mirada de Zhao sobre un sistema social que relega a las mujeres al silencio y que entiende el arte como privilegio masculino. Sus intervenciones aportan una visión de clase y de fe que condiciona las decisiones de los protagonistas. La directora se interesa por los pequeños enfrentamientos cotidianos, por cómo una conversación o un simple intercambio de miradas evidencian los límites de un mundo en el que la obediencia define la supervivencia. Este enfoque realza la complejidad del relato, alejándolo de cualquier lectura romántica y situando a sus personajes en una tensión constante entre lo que desean y lo que el entorno les permite.
La parte final concentra el sentido completo de la película. La puesta en escena de 'Hamlet', observada por Agnes desde la distancia, traduce el duelo en representación. Zhao muestra ese momento sin sentimentalismo, como una revelación sobre la forma en que el arte conserva lo que la vida arrebata. La emoción proviene de la contención: el público asiste al nacimiento de una obra que nace del dolor, mientras la viuda contempla cómo su historia se transforma en ficción. Esa escena convierte la película en una reflexión sobre la memoria, sobre el valor del arte como vehículo para mantener viva la presencia de los ausentes y sobre la distancia que separa la creación del recuerdo personal.
El trabajo interpretativo de Jessie Buckley y Paul Mescal sostiene toda la estructura del film. Ella encarna la fortaleza y la vulnerabilidad de una mujer que intenta mantener la dignidad en medio del aislamiento, mientras él proyecta el desconcierto de quien se aferra al trabajo para sobrevivir al desgarro. Sus actuaciones están construidas desde la precisión, con una química que Zhao aprovecha para mostrar el deterioro de la pareja a lo largo del tiempo. Cada escena compartida refuerza la idea de que la convivencia se convierte en un campo de batalla donde las palabras se agotan y solo queda la distancia. El resultado es una mirada lúcida sobre la pérdida, la creación y la imposibilidad de reconciliar ambos mundos.
'Hamnet' se asienta sobre una narración clara, sin artificios, que combina la intimidad doméstica con una reflexión sobre el origen de la obra artística. Chloé Zhao plantea una historia de amor y duelo sin grandilocuencia ni artificio, con un rigor que sitúa su trabajo en la línea de directores como Kelly Reichardt o Terence Davies, pero con una voz propia más directa y terrenal. Su manera de filmar transforma un episodio familiar del siglo XVI en una meditación sobre la fragilidad de los vínculos y el modo en que la creación puede surgir de la pérdida. La película de Focus Features se consolida así como un ejemplo de cine que piensa desde la emoción sin convertirla en exceso, que observa a sus personajes con claridad y que traduce sus sentimientos en imágenes de una honestidad poco frecuente.
