Cine y series

El último vikingo

Anders Thomas Jensen

2026



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Anders Thomas Jensen lleva años construyendo una filmografía donde lo grotesco y lo sentimental se dan la mano sin aspavientos. Su último trabajo, presentado en el pasado Festival de Venecia fuera de concurso, regresa a los territorios que domina: hermanos disfuncionales, criminales patéticos y una violencia que surge de forma tan abrupta como natural. La historia arranca con una fábula animada sobre un rey vikingo que mutila a su pueblo para que ningún súbdito se sienta inferior a su hijo lisiado. Esa parábola sobre la lealtad llevada al extremo funciona como pórtico de una narración que examina los lazos familiares desde ángulos incómodos, donde el amor fraternal se manifiesta a través de la tozudez, la mentira y los golpes. Jensen no filma desde la compasión, sino desde la aceptación de que todos sus personajes están rotos a su manera.

La trama principal sigue a Anker, un atracador que sale de prisión después de quince años dispuesto a recuperar el botín que escondió su hermano Manfred. El problema es que Manfred ahora se cree John Lennon y se arroja por una ventana cada vez que alguien le llama por su nombre verdadero. Esa premisa disparatada sirve de base para una exploración sobre la memoria y el trauma que evita cualquier sensiblería. Mads Mikkelsen construye a su personaje desde la rigidez física y una mirada perdida que delata más fragilidad que cualquier discurso. Su Manfred no pide comprensión, simplemente existe con sus manías y sus silencios, obligando a quienes le rodean a adaptarse a su realidad paralela. Nikolaj Lie Kaas compone un Anker contenido, un hombre endurecido por los años de encierro que esconde bajo su hosquedad un instinto protector hacia ese hermano que ya no reconoce.

El escenario donde transcurre la mayor parte de la acción es la casa familiar, convertida ahora en un alojamiento turístico regentado por un matrimonio en crisis. Ese espacio cerrado y cargado de recuerdos actúa como catalizador de los conflictos. Los nuevos propietarios, Margrethe y Werner, representan otra forma de disfuncionalidad conyugal, con sus frustraciones y sus pequeñas crueldades domésticas. Jensen maneja con oficio la llegada progresiva de personajes secundarios que enriquecen el mosaico sin desviar la atención del núcleo dramático. El psiquiatra que trata a Manfred aparece con dos pacientes que también padecen trastornos de identidad y forman una banda tributo a The Beatles. Esa subtrama podría resultar gratuita en manos menos hábiles, pero aquí se integra con naturalidad en un relato que nunca juzga a sus criaturas por sus rarezas.

La violencia irrumpe cuando Friendly Flemming, el socio de Anker que se quedó sin su parte del dinero, localiza a los hermanos y comienza a presionarles. Las escenas de tortura se muestran con una crudeza seca, sin estilización, que contrasta con el tono general de comedia negra. Esa convivencia de registros constituye la seña de identidad del director danés, capaz de pasar de una paliza a un número musical sin que el espectador sienta que algo chirría. Los flashbacks a la infancia de los protagonistas revelan gradualmente el origen de sus heridas: un padre autoritario que castigaba la sensibilidad de Manfred, una madre ausente, la complicidad forzada entre dos niños que sólo se tenían el uno al otro. Jensen dosifica esos recuerdos con inteligencia, evitando que funcionen como justificaciones fáciles de las conductas adultas.

La evolución de los personajes responde más a la acumulación de situaciones que a arcos psicológicos predecibles. Manfred va recuperando retazos de su identidad sin que eso signifique una curación milagrosa. Anker aprende a aceptar a su hermano tal como es, renunciando a la idea de que puede devolverle a la normalidad. Freja, la hermana que aparecía en el atraco inicial, regresa en el tramo final con una fortaleza inesperada que desmonta los estereotipos sobre la víctima frágil. Jensen otorga a Bodil Jørgensen una secuencia donde su personaje se enfrenta a los matones con una determinación tan contenida como demoledora. Esos pequeños golpes de efecto narrativo revelan el oficio de un guionista que domina los tiempos y sabe cuándo sorprender sin traicionar la coherencia interna de la historia.

El estilo visual de Sebastian Blenkov envuelve la narración en una luz nórdica que alterna la calidez de los interiores con la crudeza de los exteriores forestales. Los encuadres favorecen la composición simétrica y los colores apagados, creando una atmósfera que acentúa el aislamiento de los personajes. La música de Jeppe Kaas subraya los momentos más absurdos con arreglos que recuerdan a las bandas sonoras de los setenta, justo la época que obsesiona a Manfred y su particular banda de los Beatles. Jensen no renuncia a los guiños cinéfilos, pero los integra con naturalidad en una propuesta que debe tanto a los hermanos Coen como a la tradición del cine danés más inclasificable. Su mirada sobre la masculinidad herida y los vínculos fraternos alcanza aquí una madurez que evita los subrayados emocionales. Las decisiones de cámara y montaje privilegian siempre la acción por encima del comentario, dejando que sean los hechos quienes hablen por sí mismos.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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