Cine y series

El tiempo de las moscas

Ana Katz, Benjamín Naishtat

2026



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‘El tiempo de las moscas’ construye un relato donde la libertad reciente de dos mujeres se convierte en el centro de una historia atravesada por la culpa, la precariedad y la necesidad de sobrevivir en un entorno que no perdona los errores. Dirigida por Ana Katz y Benjamín Naishtat, esta serie argentina basada en las novelas ‘Tuya’ y ‘El tiempo de las moscas’ de Claudia Piñeiro adapta los textos con una mirada seca, directa y sin adornos. La narración evita el sentimentalismo y coloca a las protagonistas en una rutina que alterna entre el trabajo manual, la incomodidad social y las huellas del encierro. Desde el primer episodio se percibe una intención clara de mostrar cómo la reinserción puede ser tan áspera como la vida dentro de una cárcel. Netflix actúa como ventana de difusión de una propuesta que se mueve entre la comedia agria y el suspense cotidiano, observando los pequeños tropiezos que definen a sus personajes.

La estructura se compone de seis episodios donde el tiempo se reparte entre los recuerdos y el presente. Inés, interpretada por Carla Peterson, procede de una familia acomodada, mientras que su compañera Mariana, apodada La Manca y encarnada por Nancy Dupláa, pertenece a un entorno popular. La convivencia forzada tras la salida de prisión da lugar a una relación tensa, atravesada por la desconfianza y la complicidad. Ambas trabajan como fumigadoras, oficio que sirve de hilo conductor para mostrar las diferencias sociales y los restos de dignidad que intentan conservar. En una de las viviendas que deben desinfectar conocen a Susana Bonar, personaje interpretado por Valeria Lois, que introduce un encargo que mezcla dinero, chantaje y crimen. A partir de ese momento, la trama se desplaza hacia un territorio moralmente incierto, donde las protagonistas se ven arrastradas por decisiones que comprometen su intento de reconstruir una vida corriente. La narración describe con claridad cómo la necesidad puede disolver cualquier frontera ética y convertir la supervivencia en una forma de delito.

Los personajes secundarios actúan como reflejos de ese entorno desigual. Rody, interpretado por Osqui Guzmán, representa el ingenio popular y la improvisación como herramientas de subsistencia. Ricky, ex abogado con inclinaciones espirituales encarnado por Diego Velázquez, introduce una mirada más idealista que, sin embargo, se diluye frente al peso de la realidad. Trini, la empleada doméstica de Bonar, simboliza el miedo silencioso de quienes dependen de un sistema que solo ofrece precariedad. A través de ellos, la serie plantea un retrato colectivo sobre la desigualdad y la falta de oportunidades. La voz en off de Inés, cargada de metáforas sobre las moscas, funciona como un recordatorio constante de que el pasado siempre revolotea sobre el presente, aunque el recurso literario se perciba a veces forzado frente a la sencillez de las imágenes. La idea de que las protagonistas se ven obligadas a convivir con sus errores se expresa sin dramatismo, apoyándose en la rutina, el trabajo físico y la ironía amarga de sus diálogos.

El estilo de dirección combina dos miradas distintas que se entrelazan sin perder coherencia. Ana Katz imprime un tono más cercano, centrado en los hábitos cotidianos y los gestos mínimos de convivencia, mientras Benjamín Naishtat apuesta por una puesta más rigurosa, con una tensión que se sostiene en los silencios y en la forma de encuadrar los espacios cerrados. Esta alternancia genera un ritmo irregular que, lejos de debilitar la serie, le da una textura realista. Las escenas del pasado, especialmente las que muestran la relación enfermiza de Inés con su marido, interpretado por Diego Cremonesi, permiten entender la lógica del crimen que la llevó a prisión. El relato observa cómo la violencia doméstica y el control patriarcal operan como mecanismos que moldean la conducta. La cárcel aparece entonces como un reflejo del mundo exterior, donde las jerarquías y los abusos cambian de forma, pero mantienen su estructura.

Las implicaciones políticas de ‘El tiempo de las moscas’ se manifiestan con claridad en la representación de la vigilancia institucional y la desigualdad económica. Inés vive bajo libertad condicional, lo que transforma su vida en una rutina de comprobaciones y trámites que reproducen el encierro por otros medios. La Manca se enfrenta a la falta de dinero para tratar su enfermedad, lo que la obliga a moverse entre la legalidad y la transgresión. Ambas se apoyan mutuamente no por afecto idealizado, sino por necesidad. La serie retrata esa amistad como una alianza que desafía la jerarquía social y el estigma penal. Las fumigaciones que realizan adquieren un valor simbólico: limpiar las casas de otros se convierte en un trabajo que refleja la división de clases y, al mismo tiempo, en un intento de borrar sus propios rastros. Esa dualidad entre la limpieza y la contaminación actúa como metáfora del mundo que habitan, donde todo intento de avanzar implica enfrentarse al pasado que persiste.

El trabajo visual, a cargo de Yarará Rodríguez y Manuel Rebella, opta por una luz seca, sin artificios, que acentúa el clima áspero de las calles suburbanas y los interiores modestos. La dirección de arte de Ezequiel Galeano refuerza esa mirada, con espacios cargados de objetos y colores apagados que transmiten desgaste y encierro. La música de Christian Basso, Carlos Lucero y Leo Sujatovich se mantiene discreta, acompañando las transiciones sin imponer tono. Los encuadres tienden a la observación, lo que favorece una sensación de realidad inmediata. Esa contención visual permite que el foco se mantenga en los personajes y sus dilemas, sin desviar la atención hacia recursos decorativos. La serie muestra una coherencia formal que respalda su planteamiento narrativo, donde la sencillez funciona como principio estético y narrativo.

El guion, escrito por Gabriela Larralde, Nicolás Diodovich y Leandro Custo, combina elementos del thriller con un retrato social que se apoya en los diálogos más que en los giros argumentales. Los momentos de tensión se intercalan con pasajes de humor, lo que genera un tono cambiante pero equilibrado. Los personajes actúan movidos por la necesidad más que por la convicción, lo que dota al relato de una lógica concreta y verosímil. Cada episodio desarrolla un fragmento del vínculo entre las protagonistas y su entorno, alternando la investigación policial con escenas de convivencia que aportan humanidad a la historia. La dirección de actores mantiene una naturalidad constante, especialmente en la dupla de Carla Peterson y Nancy Dupláa, cuya complicidad resulta creíble y sostenida en cada secuencia. El elenco secundario cumple con precisión y evita los estereotipos habituales del género.

‘El tiempo de las moscas’ expone con claridad los límites de la reinserción social, el peso de la culpa y la manera en que la desigualdad condiciona cualquier intento de redención. La serie retrata la vida de dos mujeres que aprenden a convivir con un entorno que las empuja al borde. Su valor radica en la manera directa de mostrar cómo las estructuras sociales moldean el comportamiento, cómo la precariedad económica se convierte en motor narrativo y cómo la amistad surge como un refugio más pragmático que afectivo. Katz y Naishtat construyen un relato donde la ironía sirve como defensa frente al desencanto y donde cada acción deja visible el esfuerzo por mantenerse en pie dentro de un sistema que apenas permite avanzar.

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