Una noche cualquiera, Jonathan Pine cruza una calle de Londres y observa, desde la distancia, cómo su vecino se despide de alguien en el portal. En ese instante, el personaje interpretado por Tom Hiddleston parece haber encontrado una vida estable, pero la serie enseguida deja claro que su serenidad es frágil. Ese arranque de El infiltrado resume el tono general de la segunda temporada: una apariencia de calma que oculta un pasado inacabado. La dirección de Georgi Banks-Davies adopta una mirada menos deslumbrante que la de Susanne Bier, centrada en la rutina de un hombre atrapado en la vigilancia. David Farr, creador del proyecto, construye una trama que enlaza con la anterior, aunque la expande hacia un contexto político distinto. Amazon Prime Video convierte este regreso en una exploración del espionaje contemporáneo, más ligada al desorden del presente que a los modelos elegantes del pasado.
Jonathan Pine vive con otro nombre y se ocupa de un grupo menor de inteligencia llamado Night Owls. Su vida laboral transcurre entre monitores, cafés fríos y la distancia de un oficio que premia la discreción. La aparición de un antiguo colaborador del traficante Richard Roper, el villano caído de la primera temporada, altera ese equilibrio y empuja al protagonista a involucrarse de nuevo. La narración se mueve desde el gris londinense hasta la intensidad de Medellín, donde surge Teddy Dos Santos, un empresario de aparente filantropía interpretado por Diego Calva. Este personaje combina encanto, cálculo y una ambición que mezcla política, dinero y crimen. La historia se articula sobre esa relación de dependencia entre el observador y el observado, donde el espionaje se transforma en una forma de poder disfrazada de vigilancia.
El vínculo entre Pine y Teddy representa el eje más sólido de la temporada. Calva aporta serenidad y amenaza, mientras Hiddleston ofrece una interpretación más contenida, marcada por la distancia que caracteriza a quien ha visto demasiado. Entre ambos se establece un duelo que evita los excesos del género de acción y se concentra en los mecanismos de manipulación. Los encuentros entre ambos personajes están escritos con un ritmo calculado, con pausas que permiten apreciar cómo cada uno intenta dominar la conversación sin levantar la voz. A través de ellos, la serie describe un tipo de espionaje que ya no se apoya en la violencia, sino en la observación paciente y en la gestión de la información. Farr convierte esas secuencias en un retrato de las relaciones de poder actuales, donde la mentira y la estrategia importan más que las armas.
Roxana Bolaños, interpretada por Camila Morrone, añade una capa de ambigüedad moral que mantiene en tensión al espectador. Se presenta como una mujer de negocios con ambiciones propias, que se mueve entre la lealtad y el interés. Su vínculo con Pine y Teddy funciona como reflejo de una estructura social donde el deseo y la conveniencia se confunden. La serie evita convertirla en un simple elemento romántico, otorgándole una posición activa dentro de la trama. Morrone compone un personaje con energía y presencia, que sabe utilizar su atractivo como herramienta sin caer en estereotipos. A través de Roxana, la historia incorpora una mirada sobre la posición de las mujeres dentro de un entorno dominado por hombres que utilizan la seducción como parte de su oficio.
Angela Burr, interpretada de nuevo por Olivia Colman, aparece en un papel reducido pero decisivo. Su figura conserva la claridad moral que representaba en la primera temporada, aunque ahora su papel parece más burocrático y menos heroico. La relación con Pine ya no depende de la jerarquía, sino del recuerdo compartido de un pasado que marcó a ambos. Indira Varma y Hayley Squires aportan equilibrio al elenco, mostrando a una agencia que actúa sin convicciones firmes, movida por la costumbre más que por la ética. Farr utiliza esos personajes para retratar una estructura institucional que se ha vuelto lenta y previsible, en contraste con la agilidad y el riesgo del espionaje de campo.
La puesta en escena de Banks-Davies destaca por su sobriedad. La fotografía recurre a tonos fríos y encuadres prolongados que enfatizan el silencio y la observación. La cámara se mantiene a distancia, como si la propia dirección imitara la vigilancia que define al protagonista. El montaje evita el ritmo frenético típico de muchas producciones de acción, prefiriendo un desarrollo más controlado. Esta elección permite concentrarse en los detalles del comportamiento de los personajes y en cómo cada conversación encierra una amenaza. El resultado transmite una sensación de contención que encaja con el estado interior de Pine, un hombre que actúa sin convicción pero incapaz de detenerse.
El desplazamiento de la acción a América Latina introduce un enfoque político que da profundidad a la historia. Farr utiliza el contexto colombiano para mostrar cómo el tráfico de armas, la corrupción y las alianzas internacionales forman parte de un mismo sistema. El espionaje deja de presentarse como una misión patriótica y se convierte en un instrumento de intereses financieros. En este sentido, El infiltrado retrata el presente global desde una perspectiva desilusionada: los agentes operan en nombre de una moral que ya no reconocen y los gobiernos actúan con la misma lógica que los delincuentes a los que dicen perseguir. La serie plantea esa pérdida de rumbo sin dramatismo, a través de la rutina de un trabajo que convierte la información en moneda de cambio.
Tom Hiddleston interpreta a Pine con una madurez que refuerza el tono general. Su mirada transmite agotamiento, pero también una capacidad de cálculo que lo mantiene en movimiento. El personaje ha dejado atrás la ingenuidad del héroe idealista y actúa por una mezcla de hábito y curiosidad. Su enfrentamiento con Teddy Dos Santos funciona como un espejo entre dos generaciones de poder: el espía europeo que representa la decadencia de una moral en retirada y el empresario latinoamericano que encarna la vitalidad del nuevo orden global. Esa oposición da sentido a la temporada, que no se conforma con repetir la fórmula anterior y busca un diálogo más amplio con el presente político.
El infiltrado segunda temporada desarrolla una narración menos centrada en la intriga y más interesada en las consecuencias de vivir permanentemente bajo la vigilancia. La trama se construye con precisión, sin necesidad de giros artificiosos, y encuentra su fuerza en la observación del comportamiento humano bajo presión. Farr escribe con una claridad que permite seguir cada decisión de los personajes y comprender las motivaciones detrás de cada movimiento. Amazon Prime Video ofrece con esta entrega una serie que renuncia al brillo del thriller clásico para explorar un espionaje marcado por la desconfianza y la burocracia. El resultado es una obra sólida, que combina entretenimiento con una lectura lúcida sobre el poder, la identidad y la permanencia del control.
