Cine y series

El hijo del sardar 2

Vijay Kumar Arora

2025



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Las producciones firmadas por Vijay Kumar Arora acostumbran a moverse entre la comedia popular y el drama ligero, siempre con un interés particular por captar ambientes comunitarios. En ‘El hijo del sardar 2’, estrenada en Netflix, el director traslada esa fórmula a un relato que oscila entre lo farsesco y lo melodramático, tomando como base un linaje de películas previas que habían consolidado a su protagonista. Con Ajay Devgn encabezando un reparto donde conviven figuras veteranas y rostros emergentes, el filme se sitúa en un territorio que mezcla tradición punjabi, tensiones políticas y enredos sentimentales.

El punto de partida sitúa al personaje de Jassi en Escocia tras una espera prolongada para reunirse con su esposa. Lo que debería ser un encuentro marcado por la estabilidad se transforma en un giro inesperado: ella plantea la ruptura. A partir de ese instante se abren caminos narrativos que lo llevan a convivir con Rabia, una mujer pakistaní que lidera una compañía de danza para celebraciones y que carga con el desencanto de un matrimonio fallido. Esa coincidencia propicia la construcción de una trama en la que el protagonista se ve obligado a asumir identidades ficticias, fingiendo tanto ser pareja de Rabia como un coronel condecorado, todo para favorecer un enlace matrimonial en el que está implicada la hijastra de ella.

El guion, escrito por Jagdeep Singh Sidhu y Mohit Jain, apuesta por el enredo continuado. Cada capa introduce un obstáculo más: un suegro reacio a aceptar a los bailarines y a cualquier vínculo con Pakistán, unos cuñados vigilantes que intentan desenmascarar al impostor y una serie de situaciones disparatadas que multiplican la confusión. Esa estructura busca generar humor constante mediante la exageración, recurriendo tanto a referencias del cine bélico indio como a escenas donde lo grotesco domina sobre la sutileza.

El trasfondo político aparece de manera explícita en los diálogos y en la caracterización de los personajes. El desprecio hacia lo pakistaní por parte de Raja, figura encarnada con energía por Ravi Kishan, se convierte en motor del conflicto central. La película utiliza esa tensión como excusa para forzar situaciones cómicas, aunque en ocasiones la risa surge de estereotipos que arrastran un peso incómodo. Más allá de los gags, el relato insinúa una convivencia difícil en un contexto marcado por viejas rivalidades, pero evita un desarrollo más serio de esa línea.

En cuanto a los personajes, Ajay Devgn interpreta a un Jassi ingenuo y torpe que se mueve entre el desconcierto y la improvisación. El actor consigue sostener el papel con carisma, aunque sus recursos humorísticos resultan limitados cuando comparte pantalla con intérpretes más versátiles en la comedia. Mrunal Thakur, en el rol de Rabia, ofrece dinamismo y aporta una chispa que equilibra la escena, mientras que Deepak Dobriyal se adueña de los momentos más interesantes gracias a su personaje, Gul, que introduce una mirada diferente dentro del grupo de bailarines. La presencia de Kubbra Sait, Vindu Dara Singh y Mukul Dev completa un mosaico en el que las apariciones secundarias se vuelven esenciales para mantener el ritmo.

La puesta en escena aprovecha los paisajes escoceses y los combina con decorados coloridos en secuencias musicales que refuerzan la tradición festiva. Sin embargo, la inclusión de canciones en exceso alarga el metraje y genera repeticiones. El clímax se convierte en una acumulación de situaciones disparatadas, con exceso de gritos y coreografías, que diluyen la tensión narrativa construida en los primeros compases.

Más allá del humor ligero, ‘El hijo del sardar 2’ refleja una visión muy particular de la familia y de la identidad cultural. Las mujeres aparecen como garantes del honor doméstico y nacional, mientras los hombres actúan entre la fanfarronería y la improvisación. Este planteamiento perpetúa clichés habituales del cine popular, aunque introduce también figuras como Gul que rompen con lo convencional. Arora parece interesado en equilibrar la exaltación de los valores punjabi con la incorporación de personajes que encarnan minorías y diferencias culturales, aunque ese intento queda muchas veces eclipsado por la avalancha de gags.

El ritmo irregular impide que la película mantenga una cohesión sólida. Algunas escenas funcionan gracias a la química entre los actores secundarios, en especial cuando Dev y Vindu Dara Singh refuerzan con su vis cómica los enredos de Jassi. Otras se vuelven forzadas, como la recreación de pasajes bélicos en clave paródica o el uso reiterado de chistes que giran alrededor de prejuicios raciales y de género. Esta alternancia provoca que el espectador oscile entre la risa y el desconcierto.

La ambición de Arora de construir un espectáculo coral lleva a un metraje sobrecargado. La acumulación de personajes, subtramas y referencias cinematográficas resta claridad al conjunto. Pese a ello, la cinta conserva un tono festivo que conecta con un público acostumbrado a la comedia desmesurada del cine hindi. En ese sentido, el filme parece pensado para quienes disfrutan del humor burlesco y del exceso visual por encima de la lógica narrativa.

‘El hijo del sardar 2’ representa así un intento de revitalizar una franquicia con un estilo que mezcla costumbrismo punjabi, comedia grotesca y guiños al cine bélico. Entre las actuaciones destaca Ravi Kishan como antagonista carismático y Deepak Dobriyal, cuya interpretación logra aportar hondura en un contexto que privilegia la risa fácil. Ajay Devgn, en cambio, queda en ocasiones opacado, mientras Mrunal Thakur ofrece frescura en un rol que desborda vitalidad.

La película se inscribe en una tradición de cine comercial que apuesta por el exceso como fórmula para atraer a la audiencia. Netflix sirve de plataforma para acercarla a un público global, aunque gran parte de sus referencias y códigos se nutren del imaginario punjabi y de los clichés habituales de Bollywood. Arora entrega un producto irregular, con destellos cómicos y actuaciones convincentes, pero también con una estructura sobrecargada que dificulta un disfrute continuo.

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