Cine y series

El falsificador

Stefano Lodovichi

2026



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Siempre es bien sabido que en ciertas etapas de la vida de un artista la habilidad para crear puede mezclarse con impulsos que desbordan la ética y acaban marcando su destino. En ‘El falsificador’, de Stefano Lodovichi, ese punto de inflexión se percibe con nitidez en una escena en la que Toni della Duchessa observa cómo su talento deja de ser admirado por su belleza técnica para convertirse en herramienta de manipulación. Esa mirada desconcertada resume la esencia del personaje: un pintor con ambición que, al descubrir el poder que su arte tiene para engañar, empieza a perder el control de aquello que le daba sentido. A partir de ese momento, el relato adopta un tono que combina el ritmo del thriller con una exploración directa de la ambición y la moral, situando la acción en la Roma de los años setenta, un escenario que Lodovichi reconstruye con un detalle meticuloso, evitando la nostalgia y mostrando una ciudad donde el arte, la política y la delincuencia se confunden hasta volverse indistinguibles.

La historia escrita por Sandro Petraglia y Lorenzo Bagnatori, basada en la figura real de Antonio Chichiarelli, avanza con la determinación de un retrato social que utiliza la biografía de un falsificador para describir un sistema entero. Pietro Castellitto interpreta a Toni, que llega a la capital con el impulso de abrirse camino como pintor y acaba descubriendo que su habilidad para copiar obras de otros vale mucho más que su creatividad. Esa constatación desencadena un proceso de degradación progresiva. Lodovichi construye la trama sin adornos superfluos, centrando la atención en los vínculos que Toni establece con quienes lo rodean. Donata, interpretada por Giulia Michelini, representa el atractivo del dinero rápido y de una vida que parece libre pero encierra trampas constantes. Balbo, interpretado por Edoardo Pesce, muestra la estructura de poder que domina la delincuencia organizada, mientras que el Sardo, interpretado por Claudio Santamaria, introduce la implicación política de esa red de intereses. La película describe cómo el talento, cuando se pone al servicio de la codicia, se convierte en un instrumento de sometimiento.

El modo en que Lodovichi retrata la ciudad contribuye a la fuerza del relato. Roma se muestra como una urbe en transformación, donde la belleza clásica convive con una violencia cotidiana que se infiltra en todos los ambientes. Las calles, los talleres y los cafés funcionan como escenarios donde las apariencias engañan y cada conversación oculta una transacción. El director evita idealizar ese entorno y lo presenta como un organismo que se alimenta de la ambición de sus habitantes. A través de la fotografía de Emanuele Pasquet, la luz resalta los matices entre lo visible y lo oculto, generando un clima de tensión constante. La música de Santi Pulvirenti, repleta de canciones populares de la época, acompaña la acción con eficacia, sin buscar protagonismo, y refuerza la sensación de que el tiempo histórico actúa como una fuerza que empuja a los personajes hacia el límite.

El retrato de Toni della Duchessa se sostiene en una interpretación contenida de Castellitto, que transmite con precisión la mezcla de inteligencia y desconcierto que define al personaje. Toni pasa de la ingenuidad inicial al cálculo minucioso de quien ha aprendido a sobrevivir entre estafadores y políticos corruptos. Cada decisión que toma responde a una lógica de conveniencia personal que termina consumiendo todo lo que le rodea. Lodovichi utiliza su caída como un espejo de la sociedad italiana de los setenta, marcada por la violencia política, los pactos ocultos y la pérdida de referencias morales. Esa conexión entre lo individual y lo colectivo da a la película una coherencia sólida. La trama del secuestro de Aldo Moro y la falsificación de comunicados por parte de las Brigadas Rojas aparece integrada con naturalidad en el relato, mostrando cómo la manipulación de la información forma parte del mismo sistema que recompensa el engaño artístico.

El ritmo de la narración avanza con firmeza, alternando momentos de calma con estallidos de acción bien medidos. La dirección de Lodovichi se caracteriza por su claridad y por un sentido de la observación que evita los excesos. Cada escena tiene un propósito y cada diálogo contribuye a definir los conflictos internos de los personajes. La cámara se mantiene cerca de ellos, sin invadir, mostrando las reacciones más pequeñas que revelan sus intenciones. Esa elección da coherencia al tono general del filme, que busca explicar sin moralizar. La historia se convierte así en una reflexión sobre la facilidad con la que la ambición puede justificar cualquier acto, incluso aquellos que destruyen la propia identidad. En ese sentido, ‘El falsificador’ funciona como un retrato sobre el poder de la apariencia, sobre cómo el éxito puede disimular la pérdida de sentido y cómo el talento, cuando se desvía hacia la manipulación, deja de servir al arte para convertirse en una forma de control.

El conjunto de personajes secundarios refuerza esa lectura social. Donata encarna el deseo de pertenecer a un mundo que promete libertad pero impone sus propias cadenas. Balbo actúa como figura paternal en un entorno donde la autoridad se gana mediante la violencia. El Sardo introduce una dimensión política que vincula el arte falsificado con las operaciones de poder, revelando cómo las estructuras criminales y las institucionales comparten métodos. Lodovichi logra que cada figura tenga un papel definido, evitando que funcionen como simples arquetipos. La historia avanza sin saltos forzados, manteniendo la tensión hasta el final, y deja claro que la falsificación se extiende más allá del arte, alcanzando la política, la amistad y la identidad personal. Esa conexión entre las distintas formas de engaño convierte la película en un retrato directo de una época y, al mismo tiempo, en una observación lúcida sobre la persistencia del fraude como forma de ascenso social.

‘El falsificador’ consolida a Stefano Lodovichi como un director capaz de unir rigor narrativo y análisis social sin recurrir a sentimentalismos ni artificios. La película combina elementos del cine criminal con un estudio sobre la ambición y la pérdida de integridad. Netflix la distribuye como un producto que, sin buscar espectacularidad, ofrece una mirada clara sobre cómo el arte puede servir tanto para crear belleza como para sostener la mentira. Su fuerza reside en la precisión con que articula las relaciones entre estética, poder y corrupción, ofreciendo una visión directa de la fragilidad moral en un entorno donde cada decisión se mide por su utilidad. El resultado final es una obra que utiliza la falsificación como metáfora de la época, pero también como advertencia sobre la facilidad con la que cualquier talento puede deformarse cuando el entorno lo recompensa por engañar.

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