Cine y series

El extranjero

François Ozon

2025



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La arena vibra bajo un sol que castiga sin tregua, y en esa claridad aparece la mirada de un hombre que observa su vida con indiferencia contenida. Así comienza 'El extranjero', donde François Ozon traslada a la pantalla la obra de Albert Camus para examinar su esencia con serenidad y precisión. El director francés se aproxima al relato con distancia crítica, evitando la solemnidad y confiando en la observación constante. Lo que construye se asemeja a una investigación sobre el vacío moral que habita en una sociedad y en un individuo que han aprendido a vivir sin ilusión. Desde el primer plano, el blanco y negro establece una frontera visual que separa la sensibilidad de la contemplación. Ozon convierte la narración en un retrato de una existencia detenida, empleando el entorno colonial como reflejo de una soledad que se alimenta de la indiferencia colectiva.

La trama se desarrolla con una calma engañosa. Meursault, empleado de escasas ambiciones, recibe la noticia de la muerte de su madre. Asiste al funeral sin emoción visible y regresa a su rutina en Argel. Poco después se une a su vecina Marie y a Raymond, un hombre impulsivo que lo arrastra a un conflicto violento. El asesinato en la playa, envuelto en una luz cegadora, se presenta como una consecuencia natural de un modo de vida que rehúye toda reflexión. Ozon comprende que el interés no se encuentra en el acto, sino en el contexto que lo hace posible: una apatía social convertida en norma. Meursault se mantiene pasivo porque percibe el mundo como una secuencia sin propósito. Su actitud representa a una generación que disfruta del privilegio sin medir su coste. El director utiliza esta conducta para describir una sociedad que confunde la calma con la falta de conciencia.

El cineasta revisa el texto de Camus sin alterarlo en esencia. Traslada la acción a una Argelia donde la desigualdad se percibe en cada esquina y otorga presencia a los personajes árabes, antes relegados a la sombra. Ese cambio modifica la interpretación completa del relato. El crimen deja de ser una disyuntiva moral para transformarse en un reflejo de una estructura social basada en la jerarquía racial. Las imágenes de los barrios, los cafés, los cines vetados o las miradas de desconfianza construyen un retrato político sólido. Ozon evita la propaganda, aunque exhibe con claridad la violencia de la dominación colonial. Cada plano muestra el contraste entre el confort del colonizador y la invisibilidad del colonizado. En esa contraposición reside el valor actual del filme. El director sugiere que la indiferencia de Meursault procede de una sociedad que ha aprendido a mirar hacia otro lado y a justificar su pasividad.

El aspecto visual amplifica el sentido del relato. Manu Dacosse firma una fotografía que parece tallada con luz intensa, donde los contrastes extremos generan una atmósfera inmóvil. Los rostros se confunden con la arena y las sombras se vuelven tan densas como la mirada del protagonista. Ozon elimina la voz en primera persona y sustituye la reflexión interior por una cámara que observa con distancia. Los silencios ocupan el lugar del discurso. El sonido del mar, los pasos sobre la grava y el viento adquieren un protagonismo que transmite el ritmo monótono del personaje. La lentitud no actúa como adorno, sino como método para reproducir la sensación de repetición vital. Cada plano se convierte en un recordatorio del tiempo detenido. El cineasta consigue que la apatía se transforme en motor narrativo y que el tedio adquiera una dimensión tangible dentro del relato.

La segunda parte encierra a Meursault en una prisión que refleja su estado mental. Las paredes desnudas y la luz escasa crean un entorno que transmite inmovilidad. El juicio posterior se presenta como una ceremonia social donde la comunidad castiga la falta de emoción más que el crimen cometido. Ozon filma el proceso judicial con precisión casi documental, mostrando la hipocresía de un sistema que busca reafirmarse en lugar de analizar los hechos. En ese espacio, el protagonista se convierte en un espejo de la mediocridad colectiva. Su serenidad desconcierta porque rompe la teatralidad del arrepentimiento público. El encuentro con el sacerdote resume el núcleo del relato: la autoridad exige sumisión para reafirmar su control, mientras Meursault mantiene una calma que desarma cualquier discurso moral. Ese contraste convierte la secuencia final en una de las más lúcidas del cine reciente de Ozon.

El reparto mantiene un tono de contención que refuerza el enfoque del director. Benjamin Voisin encarna a Meursault con una neutralidad que provoca inquietud, sin buscar empatía ni distancia. Su mirada transmite la serenidad del vacío. Rebecca Marder interpreta a Marie con una calidez que actúa como contrapunto a la frialdad del protagonista, mientras Pierre Lottin representa la violencia cotidiana del poder. Todos contribuyen a crear un retrato coral de una sociedad en descomposición. Ozon utiliza los movimientos, las miradas y las distancias entre personajes para reflejar un orden que se derrumba lentamente. La interpretación colectiva funciona como engranaje que mantiene la coherencia del relato y convierte cada interacción en una muestra de desequilibrio social.

La dirección de Ozon combina serenidad y cálculo. La cámara se desplaza lo justo, evitando alterar el equilibrio de la escena. Cada plano parece meditado para resaltar la soledad del individuo frente a la luz que lo rodea. La composición geométrica traduce en imágenes la rigidez de un entorno gobernado por normas implícitas. La música de Fatima Al Qadiri refuerza la sensación de encierro con repeticiones discretas y tonos graves que acompañan la rutina. Ozon retrata la tristeza sin dramatismo, el deseo sin exaltación y la violencia sin estridencias. Las emociones permanecen suspendidas, como si el mundo se hubiese vaciado de sentido. Ese enfoque convierte el filme en una reflexión sobre la pasividad y la manera en que la falta de reacción puede destruir tanto como la agresión abierta. El ritmo pausado obliga a observar y convivir con la incomodidad del protagonista, sin ofrecer escapatoria.

Desde una lectura política, 'El extranjero' funciona como una crítica directa a la herencia colonial europea. Al conceder espacio a los personajes árabes, Ozon incorpora una perspectiva ausente en la literatura canónica y enfrenta al espectador con una responsabilidad compartida. La frialdad de Meursault refleja una ciudadanía acostumbrada a ignorar el sufrimiento ajeno. El asesinato del joven árabe se muestra como el resultado lógico de una ceguera histórica prolongada. La película plantea una idea firme: toda sociedad que acepta la desigualdad como norma acaba justificando la violencia. La mirada del director, sobria y firme, invita a pensar en la continuidad de esa actitud en el presente. La obra de Camus, revisitada desde este prisma, se convierte en una advertencia sobre la comodidad moral de quienes confunden neutralidad con inocencia.

El desenlace mantiene la coherencia del relato. Meursault afronta su final sin revelación ni arrepentimiento. Ozon evita toda forma de redención y filma la ejecución con una serenidad que hiela. La cámara permanece inmóvil, los sonidos se apagan, y lo que queda es la constatación de un mundo que castiga la sinceridad mientras tolera la hipocresía colectiva. Esa coherencia final otorga sentido a todo lo anterior: el personaje conserva su identidad porque el entorno persiste en su corrupción. La historia termina en un silencio prolongado que sugiere la permanencia del vacío moral, una calma que sustituye cualquier idea de justicia. El cineasta deja una conclusión clara: la indiferencia destruye incluso cuando se disfraza de equilibrio.

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