‘El corto de Rubén’, dirigido por José María Fernández de Vega, se mueve con naturalidad entre la sátira y la observación crítica de un oficio tan admirado como contradictorio. La historia arranca desde un punto reconocible para cualquiera que haya soñado con rodar una película: un joven entusiasta, Javier, que decide emprender su primer proyecto y termina atrapado en el laberinto de un sistema que transforma sus ilusiones en un producto ajeno. Lo que empieza como una simple iniciativa personal se convierte en una cadena de cesiones y adaptaciones hasta que incluso su propio nombre se desvanece en los créditos. Fernández de Vega utiliza ese extravío para radiografiar un sector donde las ideas se moldean al gusto del mercado. Con una mezcla de imagen real, animación 2D, rotoscopia y 3D, el director construye un mosaico técnico que no busca la ostentación, sino expresar los distintos grados de control que sufren las obras antes de llegar al público. La dirección evita cualquier solemnidad y se apoya en una mirada irónica, cercana, que confía en la inteligencia del espectador y en la capacidad del humor para señalar estructuras de poder dentro de la creación audiovisual.
La película desarrolla con firmeza un argumento que podría parecer sencillo, pero que esconde una compleja reflexión sobre la pérdida de identidad del creador en la maquinaria cultural. Javier, interpretado con una naturalidad que facilita la empatía, experimenta cómo su obra se desfigura hasta volverse irreconocible. Su nombre erróneo, repetido por todos sin que nadie se moleste en corregirlo, se convierte en el mejor símbolo de un sistema que uniformiza y diluye la voz individual. Fernández de Vega combina la ironía con un tono pausado que deja espacio a cada transformación del relato, haciendo visible el desgaste interno de un protagonista que acaba asumiendo la alteración de su propio proyecto como un mal necesario. En ese proceso, los personajes secundarios, muchos interpretados por figuras reales del mundo de la animación, aportan capas de lectura sobre las jerarquías laborales, las imposiciones de los productores y la negociación constante entre arte y negocio. El resultado se asemeja a la mirada que en su día ofrecieron directores como Marjane Satrapi o Sylvain Chomet, interesados en explorar la frontera entre lo poético y lo industrial, sin perder de vista la fragilidad del autor frente al engranaje que lo rodea.
‘El corto de Rubén’ también entra en un terreno social de enorme actualidad: la relación entre tecnología, creación y ética. La polémica sobre el uso de inteligencia artificial en una canción de sus créditos finales se integra con naturalidad en el discurso del cortometraje, como una prolongación del conflicto que plantea. La voz generada digitalmente, más que un detalle anecdótico, funciona como un reflejo de esa sustitución progresiva de la autoría humana por mecanismos que prometen eficiencia a costa de identidad. El propio tono narrativo, lleno de humor pero sin complacencia, convierte ese debate en parte del argumento: la obra observa cómo los avances técnicos amplían las posibilidades expresivas al mismo tiempo que amenazan con vaciar de sentido la figura del creador. En cada cambio de técnica, el filme expresa una resistencia silenciosa, una defensa de la imaginación frente al control externo. The Glow Animation Studio, productora del proyecto, refuerza esa intención con un trabajo visual que demuestra que la animación puede ser una herramienta de análisis tan precisa como cualquier ensayo. Disponible en Movistar+, esta obra se instala con solidez dentro de la conversación contemporánea sobre el papel del artista y el riesgo de que su voz se confunda con la del algoritmo.
