Cine y series

El arquitecto

Stéphane Demoustier

2025



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La construcción del Arco de La Défense, ese cubo de mármol y cristal que se yergue en el extremo oeste del eje histórico de París, no fue solo una gesta de ingeniería, sino un complejo tablero de ajedrez donde se enfrentaron la creación artística, la vanidad política y la maquinaria burocrática. Stéphane Demoustier, cineasta francés con una trayectoria centrada en el retrato psicológico y la tensión soterrada, recupera en 'El arquitecto' la figura de Johan Otto von Spreckelsen, el danés que ganó el concurso internacional para erigir el monumento y cuyo nombre quedó, paradójicamente, sepultado por su propia obra. La película, presentada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes, abandona la épica del creador para indagar en el desgaste de un hombre de convicciones férreas enfrentado a los designios de un Estado.

El relato se sitúa en 1983, un momento de efervescencia cultural en Francia bajo el mandato de François Mitterrand. En ese clima, la elección de un profesor casi anónimo, autor de apenas su vivienda y cuatro pequeñas iglesias, supone un terremoto para el establishment. Claes Bang interpreta a Spreckelsen como un ser de una placidez engañosa, un hombre al que la fama llega de manera abrupta y que se aferra a su concepto de la perfección geométrica como un náufrago a una tabla. Demoustier traza con pulso firme el contraste entre la pureza de la idea inicial, ese cubo perfecto dibujado a mano, y la realidad de las obras, un lodazal de intereses encontrados donde cada decisión estética se dirime en reuniones interminables y pasillos ministeriales.

La película se detiene en los mecanismos del poder con una mirada casi quirúrgica. La relación entre el arquitecto y el presidente Mitterrand, al que da vida un magnético Michel Fau, se convierte en el eje de una tensión creciente. El mandatario, seducido por la integridad del danés, actúa como su valedor, pero su apoyo resulta tan voluble como la propia política. Demoustier no idealiza a Spreckelsen, sino que lo muestra tozudo, a veces insufrible en su negativa a admitir variables ajenas a su diseño. Su enfrentamiento con el eficiente y pragmático Paul Andreu (Swann Arlaud), el arquitecto local encargado de hacer viable lo imposible, expone la colisión entre la obra soñada y la obra posible, una dialéctica que recorre todo el metraje.

La evolución de los personajes secundarios aporta matices sustanciales a la trama. Xavier Dolan, en el papel del astuto consejero Subilon, compone a un burócrata camaleónico, capaz de navegar entre las aguas de la lealtad y la conveniencia con una soltura que provoca tanto rechazo como fascinación. Su presencia encarna esa capa de tecnócratas que, desde las sombras, moldean los proyectos con más eficacia que los propios creadores. Por otro lado, Sidse Babett Knudsen interpreta a Liv, la esposa del arquitecto, un personaje que la ficción añade para subrayar el peaje personal de la obsesión. Su relación, inicialmente un remanso de comprensión y apoyo mutuo, se resquebraja a medida que la frustración de Spreckelsen lo aísla, mostrando cómo la ambición creativa puede devorar los vínculos más sólidos.

La puesta en escena de Demoustier huye del efectismo para abrazar una contención que refuerza la narrativa. La elección de un formato de imagen casi cuadrado no es un mero capricho estético, sino una decisión que remite a la obsesión del protagonista por la proporción y el encuadre perfecto. La cámara de David Chambille se mueve con parsimonia entre las maquetas, los despachos oficiales y el gigantesco agujero de la excavación, subrayando la distancia entre la pureza del concepto y la crudeza de su ejecución. Hay una escena, la visita a las canteras de mármol de Carrara, que funciona como un compendio de la tragedia: el hallazgo de la piedra ideal se torna en otra derrota cuando los costes y la logística la convierten en un lujo inasumible.

El guion, adaptado de la novela de Laurence Cossé, disecciona con ironía los entresijos de la política cultural francesa. La alternancia en el poder, con la llegada de un gobierno de coalición que pone en entredicho los símbolos del mandato anterior, supone un punto de inflexión. El proyecto, que debía ser un legado socialista, se convierte en una moneda de cambio, un objeto de disputa partidista. Spreckelsen asiste atónito a cómo su obra se aleja de su visión original, no por un acto de sabotaje explícito, sino por la erosión constante de pequeñas concesiones y cambios impuestos desde una lógica que le resulta incomprensible. La película acierta al mostrar la política no como una ideología, sino como una práctica, un ejercicio de equilibrios que termina por fagocitar al idealista.

Más allá del conflicto individual, la cinta reflexiona sobre la naturaleza del legado. El arquitecto danés busca inscribir su nombre en la piedra, pero el proceso lo desposee de su creación. Lo que él concibió como un objeto de perfección geométrica se transforma en un espacio público, un lugar de paso y encuentro para miles de personas que lo habitan sin conocer la historia de su gestación. La decisión de no mostrar el Arco terminado hasta los créditos finales refuerza esta idea de desposesión: el monumento ya no le pertenece. La amargura del desenlace no reside en un fracaso estrepitoso, sino en la victoria pírrica de ver materializada una idea que ya no se reconoce como propia, un sentimiento que Bang transmite con una mirada de agotamiento y estoica resignación.

Crítica elaborada por Estela Schiaffino

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