Cine y series

Doña Beja

Bia Coelho, Hugo de Sousa

2026



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Bajo el lujo del vestuario y la escenografía de 'Doña Beja' se esconde un retrato social que evita la idealización y convierte cada detalle en una pieza del sistema de poder que domina su universo. La serie, dirigida por Bia Coelho y Hugo de Sousa para HBO Max, ambienta su historia en el Brasil del siglo XIX y reconstruye la vida de Ana Jacinta de São José con una precisión que refleja la desigualdad de una época marcada por las jerarquías de clase, el control moral y la represión femenina. La anécdota de la protagonista bañándose en el río, observada a distancia por figuras religiosas y políticas, no busca provocar, sino mostrar la distancia entre la libertad individual y la rigidez social. Esa escena resume la esencia de la serie: el cuerpo de una mujer convertido en territorio político, y la naturaleza como espacio donde el poder pierde su dominio.

El guion de António Barreira y Daniel Berlinsky parte de hechos históricos para construir un drama que funciona como crítica social. Beja, interpretada por Grazi Massafera, sufre un secuestro que la marca para siempre, y a partir de esa violencia reconstruye su posición en el mundo mediante la creación de un entorno propio. Desde su hacienda, la Chácara do Jatobá, organiza un espacio de independencia en una sociedad que castiga cualquier intento de autonomía femenina. La trama evita la exaltación romántica y se centra en la manera en que el poder se reproduce a través de la moral. Los hombres que rodean a la protagonista no actúan como salvadores ni como villanos unidimensionales; representan distintos grados de complicidad con el sistema que ella pretende modificar. Antonio Sampaio, interpretado por David Júnior, encarna la tensión entre el amor y la culpa, mientras Cecília, papel de Deborah Evelyn, simboliza la defensa del orden patriarcal bajo una fachada de virtud.

El trabajo visual de Daniel Paulino sostiene la narrativa con claridad y sin artificios. La fotografía utiliza los contrastes entre luz y sombra para marcar la distancia entre los espacios de poder y los lugares donde la protagonista se afirma. La iluminación de los interiores resalta la rigidez social; los exteriores, por el contrario, transmiten la sensación de amplitud y desafío. Cada escena está planificada con rigor, y el ritmo del montaje permite que las acciones respiren, mostrando las consecuencias del control social sobre los personajes. Los colores del vestuario, elaborados con más de tres mil piezas confeccionadas para la serie, reflejan jerarquías visibles: los tonos sobrios del entorno religioso frente al brillo de los tejidos en la hacienda de Beja. La escenografía de la ciudad construida para la producción, con sus calles y edificios de aire colonial, aporta una sensación de autenticidad histórica que refuerza el tono de realismo.

La dirección de Coelho y de de Sousa evita la exageración melodramática y apuesta por la contención. Cada secuencia está construida con una precisión que prioriza el comportamiento de los personajes sobre el impacto visual. El ritmo narrativo combina la tensión de los enfrentamientos sociales con la calma de los momentos en los que la protagonista observa y planifica. Esa elección da coherencia a una historia que se apoya en la contradicción entre el deseo de libertad y las estructuras que lo impiden. La cámara se sitúa siempre cerca de los personajes, sin distorsionar sus emociones ni idealizar sus gestos, y la música, utilizada con moderación, subraya los conflictos sin imponerse sobre ellos.

La serie también destaca por su tratamiento de temas políticos y sociales. La presencia de personajes negros libres, como Antonio Sampaio o el republicano João Carneiro de Mendonça, interpretado por André Luiz Miranda, refleja un intento de corregir la visión limitada de las adaptaciones anteriores. La inclusión de Severina, papel de Pedro Fasanaro, una mujer trans que enfrenta la violencia religiosa, amplía el significado de la libertad dentro del relato y ofrece una lectura contemporánea sobre la exclusión y la identidad. La trama introduce relaciones interraciales y vínculos amorosos que desafían la rigidez moral de la época, mostrando cómo la intolerancia se disfraza de virtud. Esa actualización de los conflictos históricos da a la serie una fuerza crítica que la conecta con el presente sin perder su coherencia temporal.

El trabajo de Grazi Massafera da forma a una protagonista contenida, calculadora y consciente del entorno que la vigila. La actriz interpreta a Beja con una serenidad que esconde una determinación constante. Cada mirada y cada silencio expresan la estrategia de una mujer que aprende a usar la provocación como escudo. Las escenas en las que se baña o contempla su reflejo muestran el contraste entre la exposición pública y la intimidad. La dirección aprovecha esas secuencias para representar la idea de control y poder personal, sin recurrir a metáforas ni idealizaciones. La actriz utiliza su experiencia para transmitir una presencia sólida, y esa seguridad define a una protagonista que elige sus actos con precisión, consciente de las consecuencias que cada uno arrastra.

'Doña Beja' se convierte así en un estudio sobre cómo una persona puede alterar el orden establecido mediante la decisión y el conocimiento de su entorno. La historia no se limita a reconstruir un mito televisivo; examina las estructuras que lo generaron y las reinterpreta desde una mirada actual. El guion evita la nostalgia y se centra en la lógica del poder, en cómo la moral se utiliza como instrumento de control. La serie combina rigor histórico con ambición narrativa y logra que cada subtrama aporte un matiz sobre la desigualdad, el racismo o la represión de los deseos personales.

El resultado es una obra que mantiene la forma de una telenovela clásica, pero con una intención analítica y un propósito claro: mostrar cómo el poder se manifiesta en los espacios cotidianos, en las relaciones y en las jerarquías que parecen naturales. 'Doña Beja' se apoya en la precisión de su ambientación y en la firmeza de su guion para retratar un tiempo que refleja muchas de las tensiones del presente. La serie encuentra en la historia de Ana Jacinta una oportunidad para observar cómo la voluntad individual se enfrenta a las estructuras colectivas y cómo la independencia se convierte en el gesto más político de todos.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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