Cine y series

DJ Ahmet

Georgi M. Unkovski

2025



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El paisaje montañoso de Macedonia del Norte acoge ‘DJ Ahmet’, la primera incursión de Georgi M. Unkovski en el largometraje. Su relato arranca entre colinas áridas y una comunidad yuruk que mantiene intactas las reglas del pasado. Dentro de ese entorno, un adolescente se enfrenta a un sistema rígido en el que cada costumbre pesa más que cualquier deseo. La mirada de Unkovski evita el artificio y propone una observación paciente de los espacios donde la tradición convive con impulsos modernos. El campo, con su silencio y sus rituales, se convierte en escenario de una tensión constante entre generaciones. El director parece más interesado en la estructura del poder familiar que en el sentimentalismo, y construye una atmósfera donde la música electrónica actúa como grieta sonora que altera el orden establecido.

El joven Ahmet, interpretado por Arif Jakup, se ve obligado a abandonar la escuela para dedicarse al cuidado del ganado. Ese cambio impone una rutina de madrugadas y recuentos interminables, pero también abre un espacio interior donde surge la necesidad de escapar. La desaparición de la madre y el mutismo del hermano menor dibujan un hogar erosionado por la pérdida. En medio de esa cotidianidad asfixiante, la música electrónica funciona como vehículo de evasión. No se trata de un simple gusto adolescente, sino de un impulso vital que conecta con una forma de resistencia silenciosa. La relación con su padre, marcada por la rigidez y la imposición, ofrece el eje de un conflicto entre obediencia y deseo de autonomía. El poder patriarcal se muestra sin concesiones, y cada escena revela una jerarquía sostenida en la resignación y el miedo.

Aya, vecina del protagonista, introduce una energía distinta. Su cercanía con la modernidad, simbolizada en el uso de tecnología y el deseo de bailar, introduce un contraste decisivo. La joven, destinada a un matrimonio pactado, encarna una posibilidad de transformación dentro de un entorno inmóvil. Las secuencias compartidas entre ambos personajes funcionan como pequeñas fugas donde lo cotidiano se mezcla con una esperanza tenue. El vínculo entre ellos no depende de una idealización romántica, sino de un reconocimiento mutuo frente a las imposiciones externas. La cámara observa esos encuentros con una distancia que subraya la fragilidad de sus gestos y la imposibilidad de alterar de inmediato el orden social.

Unkovski recurre a una fotografía luminosa que resalta la textura de los paisajes rurales. La colaboración con Naum Doksevski en la dirección de fotografía dota al filme de un tono cálido, alejado del dramatismo habitual en retratos del medio rural. Esa elección visual refuerza la idea de que la vida en la aldea no se resume en penurias, sino en una mezcla de resignación, humor y deseo reprimido. Las secuencias nocturnas, especialmente las del bosque convertido en pista de baile, rompen con la serenidad del entorno y muestran cómo la irrupción de la música redefine la percepción del espacio. La cámara se mueve con fluidez entre luces estroboscópicas y rostros juveniles, generando una sensación de suspensión temporal.

La presencia del hermano pequeño Naim introduce un matiz simbólico. Su silencio, lejos de interpretarse como debilidad, actúa como forma de resistencia frente a un mundo que apenas le ofrece alternativas. Las escenas donde baila o se deja llevar por los ritmos electrónicos expresan una liberación que la palabra no puede articular. En contraste, el padre representa la persistencia de un orden que se niega a transformarse, un hombre incapaz de procesar la pérdida y que proyecta su frustración en los hijos. La dirección maneja ese triángulo familiar con sobriedad, evitando dramatismos y recurriendo a gestos cotidianos para evidenciar la tensión emocional.

La película aborda con claridad las implicaciones políticas y morales de un sistema cerrado. La comunidad rural aparece como microcosmos donde conviven la religión, la pobreza y la desigualdad de género. Las diferencias entre quienes emigran y quienes permanecen en el pueblo acentúan la fractura social. Los jóvenes utilizan los teléfonos y los altavoces portátiles como herramientas de conexión con un exterior que promete libertad. Ese uso de la tecnología se presenta sin idealización, mostrando tanto su capacidad emancipadora como su fragilidad frente al control familiar y comunitario. En ese sentido, Unkovski se sitúa en la línea de autores como Andrey Zvyagintsev, interesados en revelar las estructuras invisibles que sostienen la autoridad moral en sociedades conservadoras.

El tratamiento de la música resulta esencial. Los compositores Alen Sinkauz y Nenad Sinkauz combinan ritmos electrónicos con instrumentos tradicionales, creando un diálogo entre pasado y presente. La mezcla sonora refuerza el conflicto central: una generación que intenta redefinir su identidad a través de nuevas formas de expresión sin romper del todo con sus raíces. Las escenas donde la música se impone a las palabras adquieren un tono casi ritual, y el montaje de Michal Reich acompasa esa cadencia con cortes precisos que alternan el trabajo rural y la liberación nocturna.

A lo largo de la narración, la dirección mantiene una coherencia formal que evita la exageración. Los actores, en su mayoría no profesionales, aportan naturalidad y gestos espontáneos que se integran en un entorno creíble. La sencillez interpretativa de Jakup contribuye a que Ahmet se perciba como un adolescente atrapado entre dos mundos. En paralelo, Dora Akan Zlatanova dota a Aya de una firmeza que desafía las normas sin recurrir al dramatismo. El equilibrio entre ambos personajes sostiene la película, que avanza sin necesidad de giros bruscos ni moralejas explícitas.

La obra plantea con sutileza la tensión entre tradición y modernidad, entre el deber familiar y la búsqueda de una voz propia. ‘DJ Ahmet’ se construye desde el detalle, con una narrativa que confía en los silencios y en la observación paciente. La plataforma Filmin acoge una historia que combina realismo rural y energía juvenil, proyectando una visión de Macedonia del Norte donde la cultura local se abre a influencias globales. El resultado revela un cine que se adentra en la vida cotidiana para exponer las pequeñas fracturas que anuncian un cambio generacional.

Crítica elaborada por Marina Rivas

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