Cine y series

Delhi Crime - temporada 3

Richie Mehta

2025



Por -

Las calles lluviosas de Silchar abren el recorrido narrativo de 'Delhi Crime' en su tercera temporada, donde Tanuj Chopra sitúa a sus personajes dentro de un entramado policial que respira cansancio institucional y, a la vez, una convicción silenciosa. La cámara sigue los desplazamientos de Vartika Chaturvedi, encarnada por Shefali Shah, quien retoma su liderazgo con una calma tensa que sirve de ancla a la historia. El director elige una puesta en escena austera, construida sobre la contención y la rutina del trabajo policial, más interesada en el procedimiento que en la espectacularidad. Desde los primeros minutos, el espectador se enfrenta a un universo que mezcla la precariedad del sistema con la violencia estructural que habita en los márgenes de la India contemporánea. El contexto social se funde con la textura visual de una ciudad que no duerme, donde cada rincón parece oír algo que nadie se atreve a contar.

El detonante de la trama surge con el hallazgo de una bebé malherida en un hospital, episodio que remite al caso real de la pequeña Falak, un suceso que estremeció al país por la crudeza de sus detalles. A partir de ahí, la narración se expande hacia un mapa más amplio: el tráfico de mujeres jóvenes trasladadas entre estados bajo la promesa de un futuro mejor. Chopra disecciona con pulso sereno la mecánica de ese comercio, mostrando cómo las víctimas se transforman en mercancía dentro de un engranaje donde confluyen pobreza, impunidad y deseo de control. El guion describe el proceso policial con minuciosidad, sin prisas, permitiendo que las piezas encajen mediante la observación antes que mediante la acción. La historia se desplaza de Assam a Haryana, de los almacenes ocultos a los despachos oficiales, y en ese recorrido traza una radiografía del país que oscila entre la resignación y la desesperanza.

Vartika, trasladada a un destino periférico como castigo, encuentra una furgoneta repleta de chicas escondidas. Esa imagen se convierte en el punto de inflexión que la impulsa a retomar el pulso de la investigación, cruzando líneas jerárquicas y enfrentando la indiferencia de sus superiores. Su figura simboliza el compromiso individual dentro de una maquinaria que prefiere mirar hacia otro lado. Frente a ella, la inspectora Neeti Singh, interpretada por Rasika Dugal, aporta un contrapunto más introspectivo, atrapada entre la exigencia laboral y el deterioro de su vida privada. La relación entre ambas deja ver el peso de la disciplina policial, la tensión entre el deber y la vida cotidiana, y la soledad que produce saberse parte de una estructura que rara vez reconoce el sacrificio de sus agentes. El retrato femenino que ofrece la serie huye del estereotipo y se centra en las contradicciones de quienes deben sostener la ley en un entorno que las limita.

La irrupción de Huma Qureshi como Meena, conocida como Badi Didi, desplaza la mirada hacia el lado opuesto de la moralidad. Su personaje encarna el poder del dinero y la brutalidad revestida de elegancia rural. Organiza matrimonios forzados, negocios de compraventa de mujeres y redes de traslado que cruzan fronteras internas y externas. El guion le concede una presencia inquietante, casi teatral, que sirve para subrayar la frialdad de un sistema donde el crimen se normaliza. A través de ella, la serie aborda la perversión del patriarcado, que convierte a las víctimas en verdugos y perpetúa la violencia mediante la lógica de la supervivencia. La secuencia en la que enfrenta a Vartika dentro de la comisaría resume esa dualidad: dos mujeres que se mueven en extremos distintos del mismo orden social, separadas por la ética pero unidas por la resistencia.

El desarrollo del caso se articula como un viaje coral en el que confluyen varios niveles de interpretación. Por un lado, la serie examina la burocracia policial, con sus contradicciones internas, su lenguaje administrativo y la constante fricción entre iniciativa personal y obediencia. Por otro, se adentra en las consecuencias sociales del tráfico de mujeres, poniendo en primer plano la descomposición de comunidades rurales donde la desigualdad de género ha alcanzado proporciones alarmantes. Cada secuencia revela una estructura donde la corrupción y el silencio funcionan como engranajes de una economía paralela que se sostiene sobre el cuerpo de las mujeres más vulnerables. Chopra logra que esa denuncia surja del detalle: una libreta con nombres, una cámara de seguridad, un diálogo entrecortado durante un interrogatorio. No existe una voz moralizante, solo una descripción persistente de la violencia cotidiana.

La dirección mantiene un ritmo pausado que contrasta con la urgencia del relato. Esa decisión formal refuerza la sensación de vigilancia continua que domina la serie. Las calles de Delhi y los pueblos de Haryana se filman con una luz grisácea que transmite desasosiego. Los espacios domésticos, en cambio, se muestran con planos cerrados que subrayan la falta de intimidad. La puesta en escena se apoya en la mirada de los personajes más que en la acción directa, lo que acentúa la dimensión ética del relato. Chopra, al igual que realizadores como Hansal Mehta o Asghar Farhadi en su vertiente más observacional, elige mostrar la rutina como un acto político. La violencia, en su universo, se mide por la indiferencia con la que se la contempla.

El reparto sostiene esa aproximación naturalista. Shefali Shah compone a Vartika con un equilibrio entre autoridad y cansancio, capaz de transmitir el peso acumulado de los casos anteriores. Rasika Dugal aporta matices de contención y frustración, mientras que Huma Qureshi se mueve entre la ironía y el desprecio, ofreciendo una villana cuya humanidad asoma en los intersticios de su crueldad. Los secundarios, desde Rajesh Tailang hasta Mita Vashisht o Sayani Gupta, completan un mosaico donde cada figura aporta una visión distinta del poder. La interacción entre ellos evita la retórica y se centra en los silencios, en las pausas que dejan entrever la fatiga de quienes han visto demasiado. Esa coralidad otorga densidad a la narración y mantiene la coherencia interna de los seis episodios.

El relato incorpora, además, una lectura política que va más allá del caso policial. 'Delhi Crime' utiliza la estructura del procedimiento para mostrar las fracturas de un país que se moderniza a distinta velocidad según la región. La investigación se convierte en una metáfora del esfuerzo colectivo por sostener una mínima noción de justicia en medio de la desconfianza. Las víctimas representan una población desplazada por el crecimiento económico, atrapada entre la promesa de progreso y la persistencia de la desigualdad. En ese contexto, la serie examina también la dimensión moral de la autoridad: cómo el poder se construye a partir de la violencia y cómo la ley se ve obligada a convivir con la ilegalidad que pretende erradicar. Cada decisión de Vartika expone esa paradoja, esa necesidad de actuar sin certeza absoluta.

El desenlace, en el que ambas protagonistas se enfrentan cara a cara, concentra los temas principales: la herencia del maltrato, la legitimación del crimen como mecanismo de defensa y la fragilidad de la justicia institucional. La confesión de Meena sobre su infancia abusada introduce un eco trágico que no busca justificación, sino la constatación de un ciclo repetido. La última escena, con la inspectora reconociendo la posibilidad de esperanza en una mujer marcada por el dolor, resume el tono general de la serie: una mirada que evita el sentimentalismo y apuesta por la observación serena. La narración concluye sin cierre emocional, fiel a la lógica del sistema que retrata, donde cada caso resuelto deja abiertos otros cien.

'Delhi Crime' temporada 3 se configura así como una obra de estructura clásica y mirada contenida, interesada más en la descripción del mecanismo social que en el impacto dramático. Su fuerza reside en la precisión con la que combina investigación, retrato psicológico y comentario social. Tanuj Chopra filma un país donde la violencia se disfraza de costumbre y el deber se convierte en una forma de resistencia. En esa tensión entre orden y caos, entre legalidad y abandono, la serie encuentra su sentido más claro.

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