Durante una inmersión bajo el hielo del Ártico, Will Smith ajusta su traje de buceo mientras la superficie del mar se abre en un círculo perfecto rodeado de nieve. A su lado, la científica Allison Fong le explica que ese frío extremo encierra microorganismos capaces de absorber carbono de manera desconocida hasta ese momento. Esa escena, tan precisa y real como cualquier otra del documental ‘De polo a polo con Will Smith’, resume bien el propósito de la serie: observar el planeta con atención y entender cómo la ciencia se abre paso en los lugares más remotos. Producida por National Geographic y disponible en Disney+, la serie se organiza en siete episodios que siguen al actor a lo largo de una travesía que une la Antártida con el Polo Norte, pasando por la Amazonia, el Pacífico, el Himalaya o el desierto del Kalahari. La dirección de Tom Williams apuesta por un tono cercano, sin dramatizar la aventura ni convertirla en un espectáculo de supervivencia, y se apoya en la fotografía para mostrar el esfuerzo que exige grabar en condiciones que rozan el límite físico.
El recorrido parte de la Antártida, donde Smith acompaña al explorador Richard Parks en una travesía que muestra la vulnerabilidad de los glaciares. El hielo se convierte en una superficie cambiante que obliga a actuar con prudencia, y el documental registra esa fragilidad con imágenes que transmiten la dureza de un entorno que no concede margen al error. La conversación entre ambos combina humor y respeto, y evita caer en el formato del presentador deslumbrado por el paisaje. En ese tramo inicial, la serie plantea el tono general del relato: un viaje que busca aprender de quienes investigan o habitan esos espacios, más que demostrar la resistencia del protagonista. A medida que avanza el metraje, se percibe la intención de mostrar la ciencia en acción, desde el trabajo de los investigadores brasileños que analizan el deshielo hasta los métodos de los escaladores que estudian cuevas en Ecuador.
En el Amazonas, la cámara sigue al toxicólogo Bryan Fry mientras conduce a Smith por un árbol de más de sesenta metros de altura. Esa subida, filmada con precisión y sin cortes innecesarios, transmite la mezcla de vértigo y asombro que produce enfrentarse a la selva desde dentro. Fry explica cómo esos ecosistemas esconden especies capaces de generar compuestos útiles para la medicina, y el documental detalla su trabajo con un lenguaje accesible. Poco después, la expedición desciende bajo tierra junto a la alpinista Carla Pérez, en busca de nuevas formas de vida en cavidades donde casi no llega la luz. La combinación de aventura y divulgación científica resulta eficaz porque se apoya en la interacción directa entre los protagonistas y los expertos. El ritmo narrativo evita la exaltación heroica y permite que cada descubrimiento conserve su valor real.
El documental introduce también historias personales que aportan un contrapunto humano al tono de exploración. Richard Parks comparte cómo el deporte le condujo a una crisis tras una lesión, y Bryan Fry relata las secuelas físicas que le dejó una meningitis. Estas confesiones aparecen integradas en la narración, sin dramatismo ni artificio. Smith se muestra receptivo, mantiene una atención constante hacia sus interlocutores y se interesa por la motivación que los impulsa a seguir investigando. Esa actitud contribuye a crear una dinámica de respeto que da coherencia al conjunto. El espectador percibe que el documental no pretende glorificar al protagonista, sino situarlo dentro de un grupo de personas que trabajan con una finalidad común: comprender mejor la relación entre la vida y los entornos extremos.
En el plano social, ‘De polo a polo con Will Smith’ destaca por su forma de tratar a las comunidades locales. Las escenas con los pueblos amazónicos o los habitantes del Kalahari muestran tradiciones y conocimientos transmitidos durante generaciones. Una ceremonia en la que se cierra un arrecife hasta que los peces regresan simboliza una forma de entender la sostenibilidad sin teorías abstractas. La cámara se mantiene a distancia, permitiendo que las imágenes hablen por sí mismas y que las costumbres aparezcan con naturalidad. Esa decisión otorga valor documental a la serie y evita el tono paternalista frecuente en otros formatos de exploración televisiva.
El apartado técnico de la serie es sobresaliente. Las imágenes de microfotografía de los fitoplancton tomadas a bordo de un rompehielos en movimiento demuestran la capacidad del equipo para combinar precisión científica y destreza visual. Los planos submarinos del Ártico, las vistas aéreas sobre la selva o los encuadres en los glaciares revelan una planificación meticulosa. Tom Williams logra mantener una coherencia estética que convierte cada secuencia en parte de un mismo hilo narrativo, sin dispersar la atención. La cámara, lejos de limitarse a registrar, se convierte en un instrumento de observación que sitúa al espectador dentro del proceso. El sonido ambiental refuerza esa sensación de presencia: se oyen los crujidos del hielo, el zumbido de los insectos o la respiración de los buceadores sin que la música imponga una emoción ajena a la escena.
El discurso moral del documental se apoya en hechos observables. Las secuencias que muestran el impacto del calentamiento global en el deshielo polar o la pérdida de biodiversidad en la selva funcionan como una advertencia concreta, no como una lección. La idea que sostiene el relato es clara: la ciencia y el conocimiento local deben trabajar juntos para entender y preservar los ecosistemas. Los científicos, los guías y los habitantes de cada lugar se presentan como piezas de un mismo entramado, y el papel de Smith consiste en conectar esos mundos. La dirección consigue que esa figura mediática no eclipse la información, algo poco habitual en producciones protagonizadas por celebridades.
A lo largo de los episodios, la evolución de Smith se percibe en su comportamiento ante el riesgo. Desde la inseguridad inicial hasta la serenidad que muestra en las últimas etapas, su actitud se transforma en una mezcla de respeto y curiosidad. En lugar de una figura que busca redención, el espectador encuentra a alguien que aprende a observar con atención y a valorar el trabajo de los demás. Esa perspectiva dota de coherencia a la serie, que se convierte en un retrato coral sobre la cooperación y el conocimiento. La dirección evita el sentimentalismo y apuesta por una narración directa, donde cada acontecimiento se presenta con claridad y se explica desde la experiencia de quienes lo viven.
‘De polo a polo con Will Smith’ ofrece una combinación sólida entre aventura, ciencia y observación. Su fuerza reside en mostrar hechos verificables, desde el hallazgo de organismos que capturan carbono hasta la manera en que las comunidades gestionan sus recursos. El documental consigue mantener el interés a lo largo de siete capítulos sin recurrir a artificios ni dramatismos. Su valor principal se encuentra en la honestidad con que se filma y en la manera en que transforma la curiosidad del espectador en una invitación a mirar el planeta con atención.
