Cine y series

Warfare: Tiempo de guerra

Alex Garland y Ray Mendoza

2024



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La idea de permanencia es un artificio. La vida militar, tal como la representa ‘Warfare: Tiempo de guerra’, se sostiene sobre una fragilidad constante: cada segundo puede ser el último. No se trata de heroísmo ni de causa; más bien, de inercia. En este largometraje codirigido por Alex Garland y Ray Mendoza, lo que se observa no es un despliegue narrativo, sino la confrontación de una generación con su propia descomposición en tiempo real. Sin prólogos redentores ni epílogos aleccionadores, la cinta elige sumergirse en una cápsula donde el tiempo se estira y estalla.

El filme se articula desde la memoria. No la memoria institucional, ni la política, sino una serie de recuerdos fragmentados, dolorosamente corporales, que brotan del testimonio de quienes vivieron una operación concreta en Ramadi, Iraq, en 2006. Esta decisión, lejos de aspirar a una reconstrucción objetiva, carga el relato de una dimensión casi somática: lo que se ve y escucha en pantalla no emula, sino que recuerda. La diferencia es esencial, y sobre esa premisa se levanta un ejercicio de cine que rechaza convenciones, y con ellas, la posibilidad de mirar el conflicto como un decorado.

Garland, habituado a proponer distopías y ensayos cinematográficos con estructura especulativa, aquí acota su enfoque a lo mínimo. La acción se concentra en una sola operación: una unidad de Navy SEALs ocupa un edificio para vigilar una zona insurgente, y lo que se espera como una noche de observación se transforma en un infierno sostenido. Mendoza, que participó de la operación original, aporta una precisión casi quirúrgica al movimiento del escuadrón. Pero lo más interesante es la negativa consciente a ofrecer una lectura heroica. Los soldados, interpretados por rostros conocidos como Will Poulter, Cosmo Jarvis y Joseph Quinn, se integran a un coro de cuerpos fatigados que se sostienen en lo táctico, sin tiempo ni espacio para la emoción.

Desde el primer plano, la película introduce una dicotomía inquietante. Un grupo de jóvenes uniformados observa con euforia el videoclip de ‘Call On Me’ de Eric Prydz. La imagen, banal y grosera, se convierte en preludio del desastre. Esa ironía funciona como umbral: el espectador accede al relato desde la inconsciencia colectiva, una última exhalación de lo que podría haber sido una vida fuera del campo de batalla.

La estructura narrativa desecha la curva dramática. ‘Warfare: Tiempo de guerra’ se instala en la monotonía de la espera, en los detalles mínimos de la logística, en las miradas tensas que rodean la posibilidad del ataque. Cuando éste ocurre, la progresión no sigue un arco heroico, sino que se fractura. La violencia irrumpe sin previo aviso, sin catarsis, desmembrando tanto cuerpos como expectativas visuales. Cada explosión, cada disparo, cada grito encuentra su espacio en un diseño sonoro que amplifica la confusión más que la espectacularidad.

La cámara, en su mayor parte a ras de suelo, prescinde de épica. Filma la desesperación sin estilizarla. Uno de los grandes logros formales del filme es ese tratamiento del movimiento: no hay planos heroicos, no hay ralentí, no hay subrayados musicales. El montaje, austero y preciso, elige no anticipar. Y cuando lo hace, es a través del caos: la información llega tarde, o de forma incompleta, igual que a los personajes.

Los civiles iraquíes, encerrados en una habitación, no tienen voz ni rostro definido. Esa omisión, lejos de parecer un descuido, refleja una lógica cruelmente coherente con la perspectiva limitada del escuadrón. El relato se construye desde la mirada estadounidense, pero lo hace sin ornamentación ni discursos. La moral, si acaso, queda en manos del espectador, que asiste a una coreografía de trauma sin justificación narrativa.

La ausencia de banda sonora acentúa el carácter abrasivo del conjunto. El sonido, pulsante, punzante, desgarrador, funciona como columna vertebral de una propuesta sensorial que persigue, sobre todo, transmitir la saturación. El cuerpo del espectador, más que su mente, es el que se ve interpelado: no hay descanso ni tregua, incluso en los momentos de calma aparente. Esa decisión configura un cine que no persuade, sino que confronta.

Algunos personajes, como el de Cosmo Jarvis, logran entreverar fragmentos de angustia en medio del automatismo operativo. Hay escenas donde la humanidad se asoma: el temblor de una mano, la rigidez del rostro, una mirada extraviada entre los escombros. Pero la película evita la sentimentalidad, incluso cuando el dolor se vuelve insoportable. En vez de apelar a la lágrima, decide mirar de frente las heridas, prolongar el grito, insistir en la crudeza.

‘Warfare: Tiempo de guerra’ escapa al molde del cine bélico tradicional. En su negativa a explicar, contextualizar o justificar, se ubica en un terreno ambiguo que puede resultar incómodo. Su apuesta formal, basada en la inmediatez, puede también entenderse como una renuncia a lo simbólico. Pero precisamente en esa renuncia es donde se configura una propuesta con entidad propia, que no pretende ser didáctica ni edificante. La cinta no define, sólo muestra.

Al concluir, seguramente el espectador no encuentre redención ni cierre. Sólo restos. Restos de hombres, de viviendas, de lenguaje. La imagen final no subraya, pero permanece. Como una marca térmica en la retina. Garland y Mendoza, al abstenerse de toda explicación, colocan al espectador en un terreno resbaladizo. Y es allí donde su cine encuentra eficacia.

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