En el interior de muchas familias, bajo los ritmos del calendario escolar y las rutinas laborales, persiste una vibración que no termina de apagarse: la de una despedida que aún no ha sucedido. Una retirada lenta, sin escándalo, como si todo esperara a desmoronarse con el primer empujón externo. ‘Volver a ti’ avanza desde ese filo: no desde la ruptura, sino desde el aplazamiento. Y es ahí donde crece, como una raíz que busca espacio entre losas ya asentadas.
Lo que en otro contexto sería solo una fractura conyugal aplazada, aquí se convierte en arquitectura. La película no impone ritmos, apenas deja caer los fragmentos del vínculo entre Ane y Thomas con una parsimonia que se parece a la espera. Él está ya mirando otros pisos, ella planea el anuncio inminente del divorcio. Pero la enfermedad no llama a la puerta: irrumpe. Un accidente cerebral detiene en seco la hoja de ruta y deja a Ane, una académica autosuficiente, a merced del cuerpo que le falla y del hombre al que ya no llama compañero.
‘Volver a ti’ utiliza esa interrupción como método, no como excusa. Cada escena se vuelve un pequeño forcejeo con lo que ya no responde: el propio cuerpo, el gesto del otro, los códigos de una casa que sigue siendo la misma pero ya no se comporta igual. La directora Jeanette Nordahl articula el relato desde una puesta en escena sin ornamento, permitiendo que la fricción entre los cuerpos y las palabras imponga la tensión. No hay espacio para el subrayado, pero tampoco para la indulgencia.
Trine Dyrholm encarna a Ane sin buscar consuelo ni redención. Su rostro sostiene el peso de una mujer que ha perdido la referencia de sí misma y no pretende recuperarla con heroicidad. Cada paso dado, cada cucharada sostenida con dificultad, se convierte en un acto de combate silencioso. No hay complacencia en su proceso; solo una exigencia agotadora que contamina cada rincón del relato familiar.
David Dencik, en el papel de Thomas, mantiene el gesto ambivalente de quien ayuda por necesidad, por afecto residual o por mera inercia. No hay compasión en su mirada, sino algo más desgastado y menos noble: un deber que todavía no ha caducado. Su cercanía resulta asfixiante, pero también indispensable. Entre ambos se establece un código de supervivencia donde las antiguas certezas ya no son útiles y cada gesto puede parecer oportuno o invasivo según el momento.
La película se desliza entre escenas que no buscan la intensidad, sino el eco. Las comidas compartidas, los silencios largos, los pasillos del hospital o las miradas extraviadas de las hijas revelan una coreografía de desgaste. La hija mayor, Clara, interpretada con agudeza por Bjørk Storm, traduce la crisis adulta en fisuras adolescentes: competitividad, distancia y estallidos puntuales que no tienen nombre pero sí efectos. La menor, Marie, permanece como un satélite aún no alcanzado por la gravedad familiar, aunque orbita peligrosamente cerca.
En el segundo tramo del metraje, ‘Volver a ti’ se permite ciertas torsiones argumentales menos sobrias. Algunos giros buscan restablecer el equilibrio narrativo a través de accidentes convenientes o replanteamientos apresurados. Estos recursos, si bien funcionales desde el punto de vista dramático, desvían parte de la solidez construida hasta entonces. Nordahl, sin embargo, mantiene el tono general, y consigue que incluso los desajustes formales no desactiven la lógica íntima del relato.
La película no concluye con un veredicto ni con una consigna. La directora se mantiene fiel a una observación que desconfía de las resoluciones. Lo importante está en los pequeños desajustes que sobreviven al conflicto central: la forma en que Ane mira a Thomas, la forma en que Clara camina hacia el futuro sin tener todavía claro desde qué lugar lo hace. Lo que cambia, lo que se resignifica, no es lo visible, sino lo que se vuelve irreconocible sin necesidad de haber desaparecido.
‘Volver a ti’ construye su potencia desde lo inacabado. El accidente que reorganiza la vida no sirve como metáfora de superación, sino como revelador de una estructura anterior que ya mostraba grietas. A través de un tratamiento narrativo que evita sentimentalismos y una dirección que confía en la contención, Nordahl edifica un drama doméstico sin estridencias, en el que el verdadero conflicto no es la enfermedad, sino lo que ya estaba deshilachado antes de su irrupción.
Lo que queda tras el paso de ‘Volver a ti’ es una mirada a las relaciones familiares cuando dejan de sostenerse sobre certezas y empiezan a vivir de ajustes y negociaciones. Lo que Nordahl filma no es la heroicidad del cuidado, sino su desgaste. No hay idealización, solo convivencia. Y en esa convivencia, lo que parece ternura es a veces sólo hábito. Lo que parece amor, pura costumbre. O viceversa.
