Las relaciones humanas están hechas de fragmentos: momentos efímeros que moldean lo que somos y lo que compartimos con los demás. En ‘Vivir El Momento’, John Crowley parece preguntarse cuánto de nuestras vidas reside en esos instantes aparentemente triviales, que se deslizan entre los grandes hitos que creemos centrales. ¿Qué define, realmente, el tiempo que compartimos con aquellos que amamos? La película se sumerge en esta cuestión con una estructura narrativa no lineal que refleja la fragmentación inherente a la memoria y la experiencia humana.
Con una mirada pausada y sin concesiones, Crowley y el guionista Nick Payne nos invitan a contemplar una historia que, más que buscar respuestas, nos enfrenta a las incertidumbres de lo cotidiano y lo trascendental. En su centro, encontramos a Tobias y Almut, dos personas unidas por el azar y separadas por la inevitabilidad de la pérdida.
La historia de Tobias, un representante de ventas de perfil tranquilo, y Almut, una chef con una ambición voraz, no se limita a los tropos del melodrama romántico. Más bien, despliega una crónica de tensiones y afectos que desafían cualquier idealización. La relación entre ambos personajes se construye con momentos que oscilan entre lo profundamente cotidiano y lo brutalmente existencial, como el descubrimiento de un diagnóstico que transforma la dinámica de sus vidas.
El guion de Payne combina habilidad con cierta deliberada ambigüedad. El montaje fragmentado refleja no solo la discontinuidad del tiempo, sino también la manera en que las emociones y los recuerdos se entrelazan en la memoria. Este enfoque narrativo, aunque efectivo, puede resultar a veces más artificioso que inmersivo, sacrificando la claridad emocional en favor de la estructura.
Andrew Garfield y Florence Pugh destacan como Tobias y Almut, respectivamente. Sus interpretaciones dotan a los personajes de un rango emocional que va desde la vulnerabilidad hasta la resiliencia. Garfield capta con sutileza la lucha interna de Tobias, un hombre dividido entre el apoyo incondicional y sus propias aspiraciones no expresadas. Pugh, por otro lado, ofrece una interpretación llena de matices, mostrando a Almut como una mujer que enfrenta su enfermedad con determinación, sin renunciar a sus ambiciones ni a su complejidad como individuo.
La química entre ambos actores es innegable, pero no siempre compensa las debilidades en la escritura de los personajes, en especial de Tobias, cuya profundidad narrativa queda eclipsada por la intensidad de Almut. En ocasiones, el guion parece relegar a Tobias a un rol de apoyo, en lugar de explorar su desarrollo como individuo.
Crowley demuestra una sensibilidad notable al dirigir momentos íntimos, como las escenas que exploran la rutina compartida de la pareja o las que capturan la tensión de las decisiones difíciles. Es en estos detalles donde la película encuentra su verdadera fuerza: en los gestos pequeños, las miradas cómplices y los silencios que dicen más que las palabras. Sin embargo, esta atención al detalle contrasta con ciertas elecciones estilísticas que pueden sentirse forzadas, como el simbolismo a veces redundante en torno al concepto de tiempo.
La banda sonora de Bryce Dessner complementa eficazmente el tono de la película, subrayando sus emociones sin volverse invasiva. Por su parte, la cinematografía de Stuart Bentley opta por una iluminación naturalista que refuerza la autenticidad de las escenas, aunque en ocasiones sacrifica la diversidad visual necesaria para diferenciar las líneas temporales.
‘Vivir El Momento’ es un drama que invita a reflexionar sobre las elecciones, los sacrificios y la naturaleza transitoria del tiempo compartido. Si bien se ve lastrada por algunos problemas de ritmo y desarrollo de personajes, destaca por sus interpretaciones y por su capacidad para capturar la belleza en lo ordinario. Es una película que, más que buscar conmover, aspira a retratar las verdades emocionales que todos enfrentamos.
