Cine y series

Una función inesperada

Tony Goldwyn

2024



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La estabilidad emocional a menudo se construye sobre cimientos frágiles: vínculos que se repiten, errores que mutan en hábitos, gestos de afecto que se confunden con imposiciones. En ‘Una función inesperada’, Tony Goldwyn recurre a ese subsuelo incierto para desplegar un relato que no rehúye el desorden afectivo ni los impulsos que tienden a disfrazarse de convicciones. La película no parece interesada en trazar una ruta moral, sino en exponer el conflicto cuando el amor se mezcla con la torpeza, cuando la protección se vuelve un ejercicio solitario y reactivo.

Las grietas aparecen rápido. Max, un comediante venido a menos que sobrevive en el margen de la rutina y las promesas incumplidas, representa una figura incapaz de habitar la adultez con serenidad. Convive con un padre cuyo afecto se manifiesta en forma de reproche, y se mantiene vinculado a su exmujer a través de disputas por la crianza de su hijo, Ezra. En este triángulo fragmentado, el niño se convierte en eje y detonante. Pero Ezra, interpretado por William A. Fitzgerald, no es una excusa narrativa ni un símbolo: es presencia y frontera, una línea que los adultos bordean sin saber cruzar.

Goldwyn opta por una realización discreta, sin maniobras estilísticas llamativas. El foco se deposita en los rostros y en los desencuentros verbales, en esa dinámica familiar que se sostiene más por la inercia que por la voluntad. Sin embargo, esa contención formal contrasta con una estructura narrativa que introduce giros que desdibujan el conflicto. La decisión de convertir una discusión familiar en una huida por carretera introduce un cambio de tono que el guion no siempre maneja con precisión. El trayecto se plantea como un espacio de revelación, pero muchas escenas se resuelven con fórmulas previsibles.

La figura de Max concentra el mayor peso dramático, y también las mayores contradicciones. Bobby Cannavale compone un personaje cargado de energía que no consigue gestionar sus emociones más allá del impulso. Su rabia disfrazada de ternura, su necesidad de control bajo el disfraz de protección, estructuran un retrato ambiguo que habría resultado más potente sin la necesidad de redimirlo a través de momentos finales de falsa armonía. Algunas de sus acciones, presentadas sin la crítica necesaria, erosionan la coherencia interna del relato.

Ezra, por su parte, encarna un límite que el film no termina de explorar con profundidad. Su relación con el entorno se basa en códigos precisos, marcados por la literalidad y el rechazo a ciertas formas de contacto físico o social. Su modo de estar en el mundo genera incomodidad en los adultos, que proyectan sobre él sus propias frustraciones. Lo más interesante sucede cuando el guion permite que Ezra actúe como agente narrativo y no como figura reactiva, aunque estos momentos escasean frente al protagonismo absoluto del conflicto paterno.

Las actuaciones secundarias, con nombres como Robert De Niro, Rose Byrne, Vera Farmiga y Whoopi Goldberg, aportan una densidad que el texto no siempre capitaliza. De Niro ofrece un personaje contenido que funciona como espejo invertido del hijo: ambos incapaces de romper del todo con sus patrones de comportamiento, aunque lo intenten. Byrne, en cambio, queda relegada a una función reguladora del caos masculino, sin espacio real para el matiz. Farmiga y Goldberg introducen inflexiones en la narración, aunque su peso dramático es limitado.

Hay momentos en los que la música subraya el drama con una intensidad innecesaria. La sobreexplotación del recurso emocional evidencia cierta desconfianza en el poder de las escenas más desnudas. Lo mismo ocurre con algunos diálogos que funcionan como atajos temáticos: en lugar de abrir fisuras, las cierran demasiado pronto, como si el film temiera permanecer demasiado tiempo en lo incómodo.

‘Una función inesperada’ transcurre en ese lugar difuso donde el amor se vuelve materia difícil de administrar. Goldwyn parece más interesado en las tensiones heredadas entre padres e hijos que en ofrecer una mirada didáctica sobre el diagnóstico de un niño. En ese gesto hay una intención válida, aunque el relato no siempre se mantenga fiel a esa premisa. El desorden emocional del protagonista, lejos de disolverse, se traslada al dispositivo narrativo, generando una película discontinua, con tramos de intensidad genuina que se alternan con resoluciones algo complacientes.

Pese a sus irregularidades, el film logra sostener ciertos climas donde la incomunicación se vuelve palpable. No es en los grandes gestos donde asoma lo más valioso, sino en los detalles: una mirada que se desvía, una palabra mal escogida, una decisión que parece amorosa pero encierra miedo. Ahí, entre lo dicho y lo que se calla, ‘Una función inesperada’ alcanza momentos de mayor solidez.

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