En la quietud de un puerto que parece suspendido entre el mar y la montaña, los cuerpos se mueven como si siguieran un ritmo ajeno, presos de un invierno que cala hasta la piel. El hielo no es solo el clima: también es la medida de las distancias que separan a los personajes, el reflejo de las fronteras invisibles que cargan sobre los hombros. En esa geografía donde cada gesto adquiere el peso de una confesión, se despliega ‘Un invierno en Sokcho’, primera película de Koya Kamura, que llega como un murmullo contenido y persistente.
Lo que palpita en esta historia excede a sus dos protagonistas. Se insinúa una reflexión sobre los espacios intermedios que configuran la vida contemporánea: la sensación de pertenecer a dos mundos y, al mismo tiempo, permanecer fuera de ambos. El frío del paisaje no congela las emociones, más bien las subraya, las hace visibles en cada mirada sostenida y en cada silencio que se prolonga más allá de lo habitual. La cámara insiste en esa tensión, dejando que el espectador habite un territorio en el que los límites de la intimidad se vuelven difusos.
Soo-Ha, interpretada por Bella Kim, trabaja en una pensión costera donde el tiempo transcurre con parsimonia. Su vida se encuentra marcada por una rutina que parece ofrecer protección, aunque también encierra. Su relación con un novio ausente, empeñado en alcanzar la moda capitalina, y la insistencia de una madre que encarna la dureza del trabajo pesquero, constituyen un cerco del que solo se sale con la imaginación. La ausencia de su padre francés, figura fantasmal que nunca conoció, atraviesa cada uno de sus gestos, como un eco inapagable que moldea sus inseguridades.
La irrupción de Yan Kerrand, un dibujante francés al que da vida Roschdy Zem, altera la estabilidad de esa rutina. El visitante se convierte en espejo involuntario, depositario de la curiosidad reprimida de Soo-Ha, y al mismo tiempo en recordatorio de la distancia entre lo que pudo haber sido y lo que se consolidó como vida concreta. Ambos comparten paseos, conversaciones parciales, observaciones que se deslizan más por los intersticios que por los diálogos directos. Se miran, se estudian, se prueban en la frontera de la comunicación.
Kamura plantea esta relación con un ritmo pausado, donde el clima es un personaje más. La nieve que cubre el puerto, los interiores estrechos, las cocinas impregnadas de olor a pescado fresco, funcionan como prolongaciones de un estado emocional. La puesta en escena prioriza lo cotidiano: un plato de fugu preparado con precisión, un cuarto frío, un puente vacío al caer la tarde. Todo parece cargado de una simbología que el director nunca subraya con insistencia, sino que deja respirar, como quien confía en que la imagen hable por sí sola.
Un elemento destacado es el recurso a la animación, firmada por Agnès Patron, que traduce en imágenes abstractas aquello que Soo-Ha calla. Son fragmentos breves, de trazo delicado, que hacen visible la fragilidad de su percepción sobre el cuerpo y la manera en que sus miedos se transforman en formas que se deshacen y recomponen. Estos instantes funcionan como grietas en la narración realista, recordatorios de que la vida interior de los personajes no se agota en lo visible.
La interpretación de Bella Kim sostiene con naturalidad la paradoja de una joven contenida en gestos, pero atravesada por una intensidad latente. Sus silencios expresan lo que el guion evita verbalizar, y su mirada frente a Yan construye un vaivén emocional que el espectador percibe de inmediato. Roschdy Zem, en cambio, ofrece un contrapunto de sobriedad y reserva, componiendo un personaje que rehúye la cercanía mientras demanda compañía. Entre ambos surge un vínculo tan frágil como inestable, más sostenido por lo que se insinúa que por lo que se confirma.
El relato avanza sin giros dramáticos abruptos. El invierno se convierte en medida del tiempo y metáfora de las pulsiones detenidas. Cada escena parece instalada en un estado de espera: un anhelo de revelación que no se resuelve en lo narrativo, sino en la observación minuciosa del detalle. Allí reside la apuesta de Kamura: un cine que se alimenta de la paciencia, del ritmo de la respiración y de la gestualidad mínima.
La película está basada en la novela homónima de Élisa Shua Dusapin, y aunque conserva la esencia literaria de la obra, Kamura introduce una cadencia propia, marcada por la fotografía de Elodie Tahtane, que aprovecha los tonos fríos y los contraluces para dibujar un mundo en el que la belleza nunca se separa de la dureza. La música de Delphine Malaussena acompaña con discreción, más como rumor de fondo que como guía emocional, reforzando la atmósfera de contención.
‘Un invierno en Sokcho’ es un ejercicio de observación sobre la identidad, sobre la dificultad de sostenerse entre dos culturas sin renunciar a ninguna. No se impone como discurso, se sugiere en cada encuadre: en la manera en que Soo-Ha se percibe ajena a los comentarios de los vecinos, en cómo se aferra a pequeños rituales, en el eco que provoca en ella la presencia del visitante francés. El film se detiene en esa tensión, sin ofrecer una salida espectacular, pero sí la constatación de un proceso íntimo que no deja de transformarse.
El resultado es un largometraje que, lejos de aspavientos, se orienta hacia lo delicado, lo sutil, lo casi imperceptible. Kamura construye un retrato de atmósferas y rostros, donde lo esencial se encuentra en las grietas que se abren entre dos seres humanos en medio del invierno. En esa zona ambigua reside la mayor fuerza de la película, que logra sugerir mucho más de lo que muestra, dejando en el espectador la impresión de haber habitado un espacio de incertidumbre compartida.
