Cine y series

Un buen padre

Ronan Tronchot

2024



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Todo lo que permanece demasiado tiempo en la sombra termina por germinar en formas inusitadas. En el umbral donde lo sagrado se convierte en hábito, el peso del rito no siempre consigue disimular la grieta. En ese intersticio de costumbre y ruptura se instala ‘Un buen padre’, una película que evita la exaltación y prefiere la observación. Como quien se sienta en la última fila de un templo vacío, Ronan Tronchot encuadra su relato sin urgencia, dejando que lo que se calla pese tanto como lo que se articula. El drama no se impone, se insinúa, permitiendo que la fragilidad de los gestos supere al conflicto que los motiva.

La cinta parece resistirse a intervenir sobre su propio material. En lugar de moldear sus escenas hacia la tesis, permite que las contradicciones se depositen lentamente en cada plano. A través de esa quietud surgen los matices: los que no buscan escandalizar, los que no trazan arquetipos, los que apenas se rozan sin necesidad de resolverse. En ‘Un buen padre’ se habla de una fe que exige una renuncia, de una ley que se sostiene sobre silencios compartidos y de un hombre que no encuentra lugar entre las exigencias que otros definieron en su nombre.

El padre Simón vive con cierta rigidez funcional, sirviendo a su comunidad desde un lugar que parece haberse hecho piel. Su figura transmite una mezcla de presencia y desapego: está en el mundo, pero a medio camino. Tronchot no dramatiza esta condición, la expone como si fuera parte del paisaje. La revelación de una paternidad no asumida desajusta ese equilibrio. La interrupción no proviene de un deseo transgresor, sino de una evidencia corporal: un niño de once años lo nombra con una palabra imposible.

El relato se estructura sin grandes giros ni énfasis melodramáticos. Lo que ocurre tiene menos que ver con lo que se hace que con lo que no puede evitarse. En ese sentido, la película se sostiene sobre su contención. Lo institucional no se convierte aquí en antagonista ni en refugio. La iglesia aparece como un cuerpo viejo que administra con más eficacia que justicia. Se le representa como una maquinaria que protege su sistema a costa de quienes lo habitan, sin necesidad de mostrar violencia, simplemente perpetuando sus protocolos.

Grégory Gadebois sostiene al personaje principal con un trabajo sostenido en lo físico. No hay grandes estallidos ni declaraciones enfáticas. Su interpretación parece guiada por una lógica interna: el temblor de una ceja, el ritmo contenido al caminar, la pausa al bendecir el pan. En esa economía de signos se construye una figura creíble: ni mártir ni héroe. Solo alguien atrapado entre un mandato impuesto y una urgencia que no había contemplado.

Louise, la madre de Aloé, no interfiere como detonante narrativo. Se integra al conflicto sin buscar protagonismo. Su aparición funciona como recordatorio de una dimensión del pasado que no quedó enterrada del todo. Tampoco el niño se presenta como excusa para el sentimentalismo. Su presencia desarma más por la lógica con la que actúa que por lo que simboliza. La película no convierte a ninguno en parábola: simplemente los sitúa como vértices de una disonancia.

El padre Amin, compañero del protagonista, se perfila como una figura ambigua. Sus conversaciones con Simón se mantienen en un plano de complicidad discreta. Nada se explicita del todo, y esa reticencia sugiere más que cualquier afirmación. La película se asienta en estos vínculos quebrados, en estas zonas grises que no necesitan ser decodificadas para resultar elocuentes.

A nivel formal, la fotografía evita lo monumental. No hay escenas pensadas para conmover por acumulación estética. Las iglesias se muestran desnudas, los interiores carecen de solemnidad. Las velas iluminan sin propósito metafórico. La luz natural entra con la pereza de la rutina, como si el espacio sagrado hubiera olvidado su vocación simbólica. En contraste, algunas escenas entre padre e hijo recuperan una calidez doméstica que interrumpe la frialdad anterior, no con afectación sino como un eco del mundo exterior filtrándose en la clausura.

El montaje busca el ritmo del pensamiento antes que el de la acción. No se subrayan transiciones ni se busca una progresión dramática evidente. Todo parece diseñado para conservar una distancia prudente. Esto tiene un coste: hay momentos en que la trama se aplana, en que la necesidad de mantener el tono contenido roza la inercia. Aun así, la apuesta por la sobriedad impide que la película se disuelva en lo anecdótico.

‘Un buen padre’ plantea un dilema sin dramatizarlo en exceso. El conflicto no se resuelve, pero tampoco se extiende artificialmente. La estructura se cierra sin conclusiones impuestas, simplemente deja a sus personajes en un lugar nuevo, ligeramente desplazados. La película no se alinea con ninguna causa, no pretende reformar desde el arte. Se limita a colocar una contradicción en la pantalla y dejar que se propague con la lógica del incienso: lenta, persistente, inevitable.

En el fondo, lo que subyace no es tanto una denuncia como un retrato. No hay catarsis, ni redención. Solo una fisura que crece en silencio en medio de un entorno que preferiría no verla. Tronchot no hace de su ópera prima una proclama. Más bien parece interesarle ese instante en que todo sigue igual, pero algo ha dejado de encajar. Ese leve desfase es el que permite que la historia encuentre su tono y permanezca.

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