Cine y series

Un año y un día

Alejandro San Martín

2025



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Los gestos inútiles siguen siendo gestos. Incluso cuando se disfrazan de redención o se rodean de acordes bien intencionados. Aprender a tocar el piano para recuperar a una expareja podría haber sido un punto de partida cargado de sentido si se desarrollara con densidad dramática. En su lugar, se convierte en una justificación argumental que apenas sostiene el relato. ‘Un año y un día’ se desliza por un terreno blando, plagado de buenas intenciones, pero sin estructura sólida ni pulso narrativo.

La cinta se apoya en la historia de Hugo, un enfermero pediátrico sumido en el abatimiento tras la muerte de una paciente. Desde esa pérdida, que intenta funcionar como detonante emocional, arranca un recorrido sentimental que nunca encuentra una voz clara. La relación con su ex, Sara, y la repentina aparición de su vecina Nerea como profesora de piano, dibujan un triángulo que no genera ni tensión ni interés. Todo avanza bajo una lógica decorativa que impide conectar con lo que está en juego.

Luis Fernández interpreta a un protagonista que nunca logra dejar atrás la rigidez. Su Hugo transita las escenas con una intensidad fingida, atrapado en un libreto que se empeña en subrayar emociones en lugar de permitir que surjan. Nadia de Santiago, con un enfoque más medido, consigue insuflar cierta credibilidad a su personaje, aunque el guion le ofrece escaso margen para desarrollarse. Nicole Wallace, en el papel de la pianista Nerea, queda reducida a un dispositivo narrativo que funciona como herramienta, no como presencia viva.

La dirección de Alejandro San Martín carece de criterio estético claro. El lirismo forzado, las escenas oníricas carentes de cohesión y un montaje que diluye cualquier posibilidad de atmósfera genuina colocan al filme en un plano superficial. Ni la música, ni el uso de espacios madrileños como el Retiro, logran compensar la falta de riesgo formal. Todo aparece ilustrado, nunca revelado. La supuesta emotividad del piano queda anulada por su uso insistente como símbolo vacío.

Resulta especialmente grave el modo en que la película construye sus momentos dramáticos. La escena del hospital, por ejemplo, busca conmover sin ningún tipo de filtro, con una ejecución tan evidente que roza lo manipulador. El sentimentalismo actúa como un barniz que recubre cada secuencia, sin dejar espacio para el matiz. La literalidad del guion asfixia cualquier posibilidad de resonancia: las frases se explican solas, los conflictos se simplifican, los vínculos se fuerzan.

Los personajes secundarios tampoco escapan a esta lógica funcional. El padre de Hugo, la madre de Nerea, o el personaje interpretado por Carlos Iglesias apenas tienen entidad. Funcionan como puntos de apoyo circunstanciales, sin profundidad ni carga simbólica. La historia, que pretende hablar del amor, la pérdida y las oportunidades, se conforma con una visión estrecha, donde lo emocional se reduce a una serie de fórmulas prefabricadas.

El clímax, construido en torno a la actuación musical de Hugo, carece de peso. Ni su evolución como personaje ni la relación con las dos mujeres que lo rodean justifican ese momento como culminación narrativa. La escena llega por acumulación de minutos, no por tensión interna. No se percibe crecimiento ni transformación. Solo un cierre que pretende ser emotivo pero que deja una sensación de inercia argumental.

San Martín parece querer revivir un tipo de cine emocional desde un enfoque luminoso. Sin embargo, termina atrapado en una serie de convenciones mal gestionadas. Su ópera prima no fracasa por exceso de ambición, sino por su sumisión a fórmulas agotadas y por su confianza ciega en una sensibilidad impostada. Ni la música, ni el tono amable, ni la nostalgia premeditada logran ocultar un fondo endeble.

Un relato puede aspirar a la ternura, pero sin estructura ni profundidad en las relaciones, el efecto es efímero. ‘Un año y un día’ se contenta con la superficie, y en su intento de conmover, termina abocando a la indiferencia. El afecto no se construye con frases ensayadas ni gestos huecos: necesita conflicto real, transformación honesta y una mirada que no esté temerosa de los bordes. Esta película no los toca. Ni siquiera los busca.

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