Cine y series

Tres amigas

Emmanuel Mouret

2024



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Entre los bordes deshilachados de ciertas emociones cotidianas, donde la rutina traza mapas con líneas torpes y el deseo se encoge como un animal desconcertado, surgen vínculos que desafían los nombres que solemos darles. Así se despliega ‘Tres amigas’, como si una conversación íntima se deslizara entre la conciencia y la renuncia, entre las certidumbres frágiles de lo que llamamos amor y el peso ligero —o no tanto— de la convivencia. Emmanuel Mouret borda esta tela con hilo invisible, dejando que las costuras se noten solo si uno decide mirar desde el hueco donde a veces habita la duda.

Hay en la cinta una manera casi obstinada de evitar cualquier gesto grandilocuente. Se elude la solemnidad y se impone una estética donde los cuerpos conversan tanto como las voces. Nada en ‘Tres amigas’ suena a manifiesto; más bien, se respira el esfuerzo de unos personajes que no terminan de reconocerse ni en lo que sienten ni en lo que hacen. La narrativa avanza como si estuviera hecha de ecos, de repeticiones nunca idénticas, de huellas emocionales que no terminan de borrarse ni cuando los afectos parecen haberse desplazado.

Joan, Alice y Rebecca no protagonizan una historia de redención ni de ruptura ejemplar. Sus decisiones y vacilaciones se entrelazan como ramas que crecen en distintas direcciones sin romper el árbol. Mouret sitúa los cuerpos en un entorno discreto y deja que las relaciones se contaminen entre sí. Las palabras se pronuncian sin la urgencia de sentenciar. Lo importante aparece más en los pliegues que en las superficies. Y es precisamente esa ligereza la que permite acceder a un espesor casi inesperado.

A través de una narración que oscila con deliberada suavidad entre lo trivial y lo determinante, el director articula una red de tensiones en las que lo ético nunca asume el rol de juez. Las tres mujeres que protagonizan la película se relacionan con el amor desde lugares dispares, aunque nunca ajenos. Joan se resiste a aceptar un vínculo donde el afecto ha devenido costumbre, pero su decisión abre una cadena de consecuencias que no controla. Alice, en apariencia más pragmática, se refugia en un acuerdo tácito que empieza a resquebrajarse desde el interior. Rebecca, por su parte, encarna el impulso que busca sin saber muy bien qué, consciente de que toda elección conlleva algún tipo de pérdida.

El trazo de los personajes revela una precisión quirúrgica. India Hair construye a Joan con una mezcla de indecisión y coraje que evita cualquier dramatismo. Camille Cottin, como Alice, mantiene una compostura que no impide asomar pequeñas grietas. Sara Forestier dota a Rebecca de una ambigüedad que el guion potencia con acierto. Las tres intérpretes se desplazan por el relato con una naturalidad medida, sin énfasis, sostenidas por una dirección que confía en el detalle y el ritmo interior de las escenas.

Mouret recurre a una voz en off que más que guiar, enmarca. No impone sentido, sino que lo sugiere. Esta estrategia formal aporta una capa de distancia, casi literaria, que no resta cercanía. En ese juego de presencia y retiro, la película encuentra su equilibrio: nunca se impone al espectador, pero tampoco se diluye. Hay momentos en los que el relato se detiene, parece suspenderse. Es en esos intervalos donde los personajes se definen con mayor claridad.

En el aspecto visual, la fotografía privilegia la luz natural y los encuadres sobrios. Los espacios interiores funcionan como extensiones emocionales, sin volverse nunca alegóricos. El montaje fluye sin estridencias, pero en ciertos tramos se acerca a la frontera de la complacencia, estirando escenas que parecen pedir una resolución más ajustada. No obstante, esa dilatación encaja dentro del tono general, que apuesta más por la duración emocional que por la eficacia narrativa.

Una de las decisiones más destacables es la manera en que se dispone la tensión entre los afectos y la lealtad. ‘Tres amigas’ no construye antagonismos simplistas. No hay personajes con razón ni figuras destinadas al fracaso. El relato se enfoca en las fricciones sin necesidad de escalar hacia el conflicto. Esa renuncia al énfasis no implica ausencia de intensidad, sino una forma distinta de representarla: a través del aplazamiento, de los gestos interrumpidos, de los silencios donde se dibujan las verdaderas derrotas.

En ese sentido, la película trabaja con una visión no idealizada del vínculo romántico. Los personajes tantean una salida que no los convierta en traidores, pero que tampoco los obligue a permanecer. Esa búsqueda —más inestable que trágica— articula una mirada que se sostiene en la paradoja. Porque lo que se muestra no es la caída de un ideal, sino su progresiva reformulación. El deseo se mueve, cambia de forma, se contamina. Lo que permanece, si algo lo hace, quizá sea la voluntad de seguir compartiendo algo, aunque ese algo ya no tenga el nombre que antes tuvo.

Con ‘Tres amigas’, Emmanuel Mouret confirma una forma de narrar lo sentimental que evita la espectacularización del conflicto. Su cine propone una deriva contenida, donde cada personaje recorre su propio mapa emocional sin que eso implique una victoria o una derrota. La película se permite la contradicción sin exaltarla, permitiendo que los vínculos evolucionen sin necesidad de explicar su lógica.

En definitiva, el filme se despliega como una partitura discreta donde los temas no compiten, sino que coexisten. Las decisiones formales no pretenden destacar, pero tampoco se esconden. La puesta en escena, el trabajo actoral y la estructura narrativa trabajan al servicio de una idea sencilla pero esquiva: que el afecto, en cualquiera de sus formas, tiende a desviarse de los márgenes que solemos trazarle. Y que la amistad, lejos de ser refugio o consuelo, también implica el riesgo de lo incierto.

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