Cine y series

The Brutalist

Brady Corbet

2024



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Hay relatos que no empiezan con un hecho, sino con una sensación: un leve mareo que se extiende desde lo visual hacia lo existencial. En 'The Brutalist', Brady Corbet emplea la arquitectura no solo como un arte, sino como un lenguaje para articular el desplazamiento, la alienación y las insalvables distancias entre lo que se promete y lo que se cumple. ¿Cómo se sostiene un ideal en un suelo que constantemente cede bajo el peso de la ambición? El director no busca una respuesta, sino que diseña una experiencia que fluctúa entre la magnitud y la fragilidad.

En un contexto histórico saturado de cambios irreversibles, la figura de László Tóth, interpretado con devastadora intensidad por Adrien Brody, emerge como un arquitecto tanto de edificios como de sueños. Su viaje desde una Europa destruida por la guerra hasta un Estados Unidos que promete redención, pero ofrece control y subordinación, se dibuja con la misma meticulosidad que un plano arquitectónico. Es un viaje que, lejos de avanzar hacia la esperanza, traza círculos cada vez más estrechos alrededor de la desilusión.

La narrativa de 'The Brutalist' se despliega con la calma monumental de una catedral en construcción. Corbet, junto a Mona Fastvold en el guion, establece un universo donde los materiales arquitectónicos —concreto, acero y mármol— son tan importantes como las relaciones humanas que los sustentan. El encuentro de László con Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce), el magnate que financia su gran proyecto, no solo define los límites de su libertad como creador, sino también los de su humanidad. Harrison, con su carisma tan atractivo como peligroso, encarna la paradoja del benefactor: aquel que da para tomar y que siempre lleva las riendas del poder.

La cámara de Lol Crawley encuentra belleza incluso en la desolación, transformando espacios como las canteras de Carrara o los interiores minimalistas de los edificios de Tóth en escenarios que parecen hablar por sí mismos. Cada encuadre subraya una verdad incómoda: la grandeza y el vacío pueden coexistir en el mismo espacio.

El peso del pasado también resulta ineludible. Las cicatrices que Tóth y su familia arrastran —su esposa Erzsébet (Felicity Jones) y su sobrina Zsófia (Raffey Cassidy)— no solo son físicas, sino también psicológicas. Erzsébet, cuya llegada al nuevo continente marca un cambio crucial en el relato, desafía la autoridad de su esposo mientras ambos intentan adaptarse a una realidad que no cumple sus promesas. La interpretación de Jones, inicialmente discreta, se intensifica hasta volverse imprescindible, especialmente en los momentos donde su fuerza moral contrasta con la obstinación de Tóth.

La película no evita mostrar las fracturas inherentes al proceso de creación. Las tensiones entre la visión de Tóth y las limitaciones impuestas por los recursos o la voluntad de Van Buren no solo reflejan una lucha por el control, sino también por el significado. ¿Es posible que una obra, por monumental que sea, sobreviva al egoísmo de su creador y de su mecenas? La respuesta parece perderse entre los escombros de las relaciones humanas y las ruinas del idealismo.

En el centro de este relato, la arquitectura funciona como un espejo que revela la dureza y la fragilidad de la condición humana. Los diseños de Tóth son aspiraciones de eternidad que chocan contra la precariedad de su propia existencia. En este sentido, la película también actúa como una crítica al sueño americano, despojándolo de su brillo para mostrar su verdadera naturaleza: una construcción imponente pero vacía, sostenida por aquellos que nunca la habitarán plenamente.

El tramo final de 'The Brutalist' lleva esta temática al extremo. Sin caer en lo didáctico, Corbet presenta el costo último de la ambición y de la traición, no solo entre individuos, sino también entre generaciones. Zsófia, la sobrina cuya voz silente se convierte en un grito metafórico, encarna las consecuencias de un sistema que devora a los vulnerables. El desenlace, marcado por un acto de violencia que redefine la dinámica entre creador y mecenas, es tan perturbador como inevitable.

La banda sonora de Daniel Blumberg subraya este viaje con una fuerza que a veces roza lo operítico. Sus acordes disonantes y tensos parecen materializar las grietas emocionales que atraviesan a los personajes. La elección del formato VistaVision y la duración de más de tres horas —incluyendo una intermisón— refuerzan la sensación de que estamos ante una obra que no se disculpa por su magnitud.

'The Brutalist' es un monumento cinematográfico en sí mismo, una reflexión sobre el precio de la grandeza y la soledad que acompaña a quienes se atreven a buscarla. Es una película que exige paciencia y atención, pero que recompensa con una profundidad de significado que perdura mucho después de que las luces del cine se hayan apagado.

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