En algunas ciudades, el tiempo pasa como si fuera plomo derretido. Cada segundo se arrastra por el aire denso, y los gestos, por cotidianos que sean, acumulan una tensión que se adhiere a las paredes, al asfalto, a las voces gastadas que llenan los bares. En ese tipo de espacios detenidos, la juventud no se vive, se sobrevive. ‘Sus hijos después de ellos’ transcurre justo ahí, entre las ruinas invisibles que deja la industria cuando deja de producir algo más que resentimiento. Cada encuadre parece saberse heredero de una rabia difusa que lo envuelve todo.
La película de Ludovic Boukherma avanza como si alguien le hubiese apretado el pecho: sigue a Anthony, un adolescente cuya piel parece absorber el desorden de su entorno, mientras arrastra un deseo que no sabe nombrar y una violencia que late como un tambor. El relato se articula en veranos sucesivos, pero el calor no trae consuelo, sino una constante sensación de encierro, como si las estaciones fuesen capítulos de una condena. Hay cuerpos que flotan en los lagos, hay casas que nunca se abren del todo, hay motos robadas que circulan como amenazas disfrazadas de libertad.
Anthony se mueve con una torpeza que remite más a la herida que al crecimiento. En sus silencios se alojan todas las palabras que su padre ha escupido con los nudillos. Paul Kircher le da vida sin aderezos, cargando cada mirada con una mezcla de atracción y desamparo. Frente a él, Steph aparece no como salvación, sino como ilusión: su presencia se convierte en una brújula sin dirección. Esa relación imposible se erige como un eje inestable que la película va rodeando, sin dramatismos, pero con una persistencia que no concede tregua.
Ludovic Boukherma arma su relato sin grandes giros, apoyado en una estructura que sigue el desgaste más que el clímax. El conflicto inicial, un enfrentamiento entre Anthony y Hacine, podría ser anecdótico, pero se transforma en raíz de un deterioro que afecta a familias enteras. Ambos personajes se reflejan en un espejo que distorsiona pero no engaña. La película insiste en ese paralelismo sin subrayarlo, dejando que sea el espacio —ese pueblo enclavado entre la nada— el que hable por ellos. Las diferencias raciales y sociales se cuelan en cada plano sin necesidad de discursos.
Los adultos orbitan la narración con un peso que rara vez se les concede en relatos centrados en adolescentes. Patrick, el padre, encarna la herencia masculina en su forma más terminal: grita, golpea, se encierra en sí mismo hasta que ya no queda nadie alrededor. Gilles Lellouche lo interpreta con una fisicidad decadente, dejando que el cuerpo hable más que las palabras. Hélène, la madre, apenas tiene margen, pero Ludivine Sagnier la convierte en un refugio cansado que nunca termina de cerrarse del todo. La película acierta al mostrar cómo el desamor no siempre grita; a veces, simplemente se apaga.
La cámara de Augustin Barbaroux no busca adornos, pero sí encuentra momentos de suspensión. Hay travellings que acompañan sin empujar, hay encuadres que congelan lo esencial sin retórica. La música, cuando aparece, lo hace con una intención que roza el exceso, aunque algunos fragmentos —el baile durante el 14 de julio, por ejemplo— permiten que la emoción se deslice sin caer en lo enfático. Lo mismo ocurre con los saltos temporales: no se presentan como hitos, sino como deslizamientos que arrastran a los personajes sin preguntarles.
A pesar de su duración extensa, la película mantiene un pulso constante. No se precipita en sus desenlaces ni fuerza transformaciones. Simplemente, observa cómo ciertos destinos se diluyen. Hacine queda relegado a los márgenes del relato, lo que resta fuerza a una historia que parecía pedir un equilibrio mayor entre sus figuras. Esa elección del guion limita el alcance político del conjunto, que, sin embargo, sigue apuntando con claridad hacia el abandono estructural de ciertos territorios y los vínculos afectivos que nacen del desgaste más que de la voluntad.
‘Sus hijos después de ellos’ no ofrece redención. Pero tampoco se complace en el desastre. Se limita a registrar una cadena de consecuencias. Ludovic Boukherma evita la manipulación emocional y se sitúa en un registro sobrio, incluso seco. El resultado es un retrato que no busca conmover, sino persistir. Una historia de veranos grises donde el deseo choca siempre contra la pared de una casa mal construida.
