Cine y series

Superman

James Gunn

2025



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Desde el inicio, ‘Superman’ no propone volar, sino caer. La película arranca con el cuerpo herido de su protagonista derramado sobre la nieve, y esa imagen, repetida más de una vez a lo largo del metraje, actúa como marca de agua de un relato que no orbita la gloria, sino las fisuras. La debilidad aparece como piedra angular de este nuevo acercamiento al mito de Kal-El: no es la kriptonita lo que desestabiliza, sino el descrédito, la duda, la manipulación institucional y digital, el desplazamiento de un ideal por la sombra del escepticismo.

Este Superman sangra, se pierde, desconfía de su propósito. Su aparente invulnerabilidad se erosiona frente a un mundo que ha perdido la capacidad de interpretar gestos nobles sin desconfiar de ellos. Gunn articula la película desde una sensibilidad agitada, donde cada plano parece correr tras algo que se escapa. No hay pausa en esta narrativa que mezcla combates frenéticos, humor funcional y una maraña de subtramas sobre inteligencia artificial, geopolítica encubierta y guerras mediáticas. Lo que podría ser simple espectáculo se convierte en un ejercicio de disonancia: el ruido del mundo también afecta al hombre que escucha todo.

En ese contexto, David Corenswet sostiene con temple el reto de encarnar a un Superman que ya no se pregunta por su origen, sino por la utilidad de su misión. Su interpretación se apoya en una fisicidad que no impone, sino que titubea. Los gestos no buscan autoridad, sino permiso. Lo mismo ocurre con Rachel Brosnahan, cuya Lois Lane evita caer en la caricatura de la reportera sin miedo y opta por mostrar un oficio comprometido, sí, pero atravesado por una emoción contenida, punzante. Su complicidad con Clark funciona, sobre todo, porque se presenta desde la cotidianidad, desde la intimidad sin grandilocuencia.

La figura de Lex Luthor, interpretada por Nicholas Hoult, abandona el trazo grueso del villano clásico para asumir un tono ambiguo y serpenteante. Su maldad se presenta como una extensión del poder empresarial y mediático, de esa pulsión por el control que se disfraza de preocupación colectiva. Gunn lo dibuja como una silueta reconocible en el panorama contemporáneo: un magnate tecnológico, fanático del control algorítmico, que convierte la desinformación en un arma y el discurso nacionalista en una excusa de opresión. Su fuerza no reside en los puños, sino en la capacidad de convertir la percepción pública en un campo de batalla.

El entramado narrativo, sin embargo, se satura por momentos. Gunn introduce múltiples personajes secundarios —desde el escuadrón de metahumanos hasta figuras como Krypto o el hilarante Green Lantern encarnado por Nathan Fillion— que si bien aportan dinamismo, contribuyen a la sensación de congestión. Las escenas se suceden sin permitir una decantación emocional; incluso los instantes más cargados de simbolismo, como el reencuentro de Superman con sus padres holográficos, se ven precipitados por la urgencia de lo siguiente.

La elección de ubicar parte del conflicto en una intervención internacional —con Superman enfrentándose a las tropas de Boravia— introduce una capa de lectura geopolítica que escapa de la lógica infantil del bien contra el mal. No hay lecciones morales; sólo actos y consecuencias. El héroe actúa para impedir una masacre, pero el precio es convertirse en enemigo para quienes esperaban pasividad. En ese juego de espejos, lo justo se percibe como amenaza, lo heroico como injerencia. Gunn inscribe así a su protagonista en una lógica contemporánea, donde los símbolos enfrentan crisis de legitimidad.

Visualmente, el filme apuesta por una estética intermedia entre lo digital exuberante y la construcción física reconocible. El diseño de producción de Beth Mickle consigue equilibrar escenarios de ciencia ficción con espacios más orgánicos, como la redacción del ‘Daily Planet’ o la granja familiar. Esa tensión entre lo terrestre y lo sideral es el eco visual del propio Superman, cuya identidad se debate entre el periodista que redacta crónicas y el salvador que flota sobre las catástrofes.

El guion, en su esfuerzo por abarcar tanto, a veces sacrifica la posibilidad de penetrar en las implicaciones más hondas de lo que sugiere. Las líneas de diálogo que apuntan a debates sobre responsabilidad, intervención o alienación social quedan apenas esbozadas, diluidas entre explosiones y réplicas cómicas. Hay una voluntad de retratar a un Superman afectado por la incomodidad de su tiempo, pero el relato escoge avanzar antes que detenerse a mirar. Esa velocidad narrativa no resta eficacia al conjunto, pero sí diluye parte de su resonancia.

A pesar de ello, ‘Superman’ de James Gunn funciona como declaración de intenciones: la heroicidad ya no es patrimonio de certezas, sino de la duda activa. El personaje se aleja de la mesura épica para transformarse en figura atravesada por el ruido de su época. Su vuelo, en este universo, exige más que fuerza: requiere resistencia emocional, tolerancia al descrédito y una voluntad persistente de hacer el bien cuando el entorno promueve la indiferencia.

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