Nadie se prepara para un eclipse. A veces ni siquiera se sabe que se está dentro de uno. Solo después, cuando la luz vuelve con una forma distinta, se entiende que algo cambió. ‘Superestar’, serie dirigida por Nacho Vigalondo, se mueve en ese claroscuro, entre lo que cegaba y lo que hoy permite ver. No se trata de nostalgia ni de ajuste de cuentas: la serie propone una especie de arqueología emocional donde los restos culturales de un fenómeno televisivo de otro tiempo se ensamblan en un puzzle nuevo, ajeno a la cronología, fiel solo a una lógica afectiva que desborda lo documental.
Los seis episodios que conforman la serie funcionan como estaciones de un viaje que nadie pidió, pero que revela más de un país que cualquier hemeroteca. Allí están Tamara (luego Ámbar, después Yurena), Margarita Seisdedos, Leonardo Dantés, Paco Porras, Tony Genil, Loly Álvarez y Arlekín. Lo que en su día se ofreció como caricatura hoy se mira como retrato. Vigalondo construye un mapa emocional donde cada línea de diálogo parece escrita para sobrevivir al tiempo, no para explicar lo ya sabido. Se impone una mirada frontal, desprovista de distancia condescendiente, como si la cámara hubiese renunciado a toda jerarquía entre lo relevante y lo accesorio.
La interpretación de Ingrid García-Jonsson bordea lo irreal. No imita: habita. Su Tamara no responde al modelo biográfico tradicional; es, más bien, una figura quebrada, múltiple, contradictoria. Cada gesto suyo pone en jaque el relato de una sociedad que fabricó fama con la misma rapidez que el escarnio. A su lado, Rocío Ibáñez entrega una de las actuaciones más desnudas de la serie como Margarita Seisdedos. Madre, cómplice, vigilante y sombra, su personaje sostiene el núcleo emocional de la serie sin recurrir a ningún artificio.
La estructura de ‘Superestar’ se apoya en episodios autónomos que se articulan como viñetas de un álbum deformado. En cada uno, la puesta en escena se adapta al delirio que rodea a su protagonista: desde escenarios desbordados por el color hasta inserciones de ciencia ficción que evocan tanto el kitsch como el barroco. La decisión de no optar por una continuidad narrativa tradicional permite que cada capítulo respire con su propio ritmo, sin imposiciones formales.
Secun de la Rosa, Carlos Areces, Pepón Nieto, Natalia de Molina y Julián Villagrán componen un coro de apariciones que alternan el gesto bufonesco con una insólita delicadeza. Hay en ellos una especie de entrega no al personaje, sino a la idea de dignidad. No buscan redención ni explicación: ofrecen matices. El episodio dedicado a Tony Genil, escrito por Paco Bezerra, amplía la mirada con un componente literario que entronca con el esperpento, sin que eso implique parodia.
La serie no reproduce hechos: los transfigura. En esa transfiguración, la música, el maquillaje, los decorados y hasta el ritmo de montaje funcionan como fragmentos de un relato construido con restos. No se percibe una voluntad de reconstrucción fiel, sino más bien una reinterpretación lírica del desconcierto, una cartografía emocional donde el kitsch ya no es solo una estética, sino una forma de resistencia.
Vigalondo evita el paternalismo. No hay nostalgia que envuelva con celofán. En cambio, aparece una tensión constante entre lo grotesco y lo tierno, entre lo marginal y lo universal. La serie desactiva el clasismo cultural con una herramienta imprevista: la ternura como método narrativo. Y esa ternura no se agota en lo sentimental, sino que funciona como una estrategia de mirada, como si al observar sin juzgar se estableciera una ética.
El relato se enriquece, además, con la inclusión de un doble narrativo que juega con la figura del director como personaje. Vigalondo se reserva breves apariciones que no remiten al ego, sino a la reflexión sobre el papel de quien decide contar. Hay en esas escenas una conciencia del artificio que no interrumpe el flujo, sino que lo enmarca.
En lugar de apuntar a un cierre concluyente, ‘Superestar’ opta por un gesto final que reconfigura lo visto. La canción que da la vuelta al ‘No cambié’ de Dantés aparece como acto simbólico, casi litúrgico. Una relectura que no cancela el pasado, pero lo modifica. Y ese gesto, pequeño, casi imperceptible, es más transformador que cualquier gran revelación.
Más que un relato de ascenso y caída, la serie se detiene en lo que quedó entre ambos momentos. El deseo, la exposición, la supervivencia y la renuncia se entrelazan sin que ninguno imponga su lógica. Lo que Vigalondo propone es un espejo que no refleja con nitidez, pero sí con precisión: lo que devuelve no es una imagen fija, sino una vibración. Y en esa vibración resuenan las voces que durante demasiado tiempo solo fueron gritos en platós iluminados con neones.
