Cine y series

Sorda

Eva Libertad

2025



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Siempre existen territorios donde las palabras no llegan, donde el ruido se impone como norma, y la ausencia de sonido no se interpreta como pausa sino como fallo. En ese lugar donde el lenguaje se quiebra, donde el mundo se revela intransigente con quien no puede escuchar, comienza ‘Sorda’. No como una historia, sino como una fisura. Una película que no busca representar, sino evidenciar. La sordera, aquí, no es una condición física, sino un límite estructural. No se trata de lo que no se oye, sino de todo aquello que no se quiere mirar.

La historia que propone Eva Libertad no se narra desde el margen sino desde el borde. El borde que separa dos realidades que se cruzan a diario sin encontrarse. Ángela, interpretada por Miriam Garlo, habita una cotidianidad aparentemente estable junto a su pareja, Héctor. Ambos esperan un bebé. Lo que para algunos sería una celebración sin matices, se torna aquí en un punto de inflexión. No hay miedo al cambio, sino conciencia de lo que el cambio supone cuando no se parte del mismo punto. No todos están invitados al mundo en los mismos términos.

Libertad trabaja desde una sobriedad formal que evita la retórica del victimismo. Su cámara no eleva, no embellece. Observa. Se coloca a la altura del cuerpo y lo acompaña. En la escena del parto, cuando Ángela no puede leer los labios de las matronas cubiertas por mascarillas, el plano no dramatiza, apenas sugiere. Y es en esa sugerencia donde se hace más evidente el abandono. No hay gritos, pero sí un ruido denso, estructural, que lo impregna todo. La violencia no se explicita, se manifiesta por omisión.

La maternidad en ‘Sorda’ no se concibe como una travesía interior, sino como un campo de fuerzas. Ángela no teme a su bebé, sino a lo que la sociedad hará con ella y su hija. Lo que está en juego no es el vínculo materno, sino la posibilidad misma de construirlo en un entorno donde la lengua de signos sigue siendo un gesto exótico. La película acierta al no presentar a su protagonista como una figura ejemplar. Ángela se equivoca, se frustra, se distancia. No hay épica en su camino. Hay cansancio. Y, sobre todo, resistencia.

El conflicto de pareja no estalla por acumulación, sino por desajuste. Héctor, interpretado con mesura por Álvaro Cervantes, representa la figura bienintencionada que no sabe cómo mantenerse al margen del privilegio. No es su falta de empatía lo que quiebra la relación, sino la imposibilidad de compartir el mundo desde un lugar equitativo. Ángela no acusa, se retira. Se desplaza emocionalmente a un espacio donde solo ella puede habitar. La grieta no es sentimental, es sistémica.

La puesta en escena de Eva Libertad evita cualquier trazo grueso. La austeridad de los encuadres, la sequedad en el montaje, la ausencia de subrayados en la música refuerzan la idea de que aquí no hay concesiones. Incluso cuando recurre al silencio como estrategia formal, lo hace sin efectismo. No busca provocar, sino colocar al espectador frente a una carencia que no es suya, pero que debería concernirle. Al forzar ese punto de vista, la película subvierte el lugar del observador, invitándole a mirar sin poder escuchar.

Una de las escenas más incisivas ocurre cuando Héctor, sin malicia, chasquea los dedos junto al oído de su hija para comprobar si oye. La acción es mínima, pero la herida que provoca en Ángela es rotunda. Ahí se condensa gran parte del malestar que recorre la película: la duda de si su hija compartirá su forma de estar en el mundo o si, en cambio, será absorbida por la lógica de los oyentes. No se trata solo de lenguaje, sino de pertenencia.

El guion, escrito también por Libertad, evita la proclama. Se detiene en lo minúsculo. En los gestos que, sin necesidad de voz, lo dicen todo. En una conversación de grupo, Ángela queda aislada porque nadie se toma el esfuerzo de traducir. En una tienda, la vendedora de audífonos no sabe signar. No hay grandes conflictos en estos episodios, pero todos son síntoma. La sordera no es lo que limita a Ángela, sino la organización social que no contempla otras formas de relación.

El trabajo interpretativo de Miriam Garlo se sostiene en una fisicidad que no reclama protagonismo. Todo su cuerpo habla. Todo en ella transmite el desgaste de convivir en un mundo que se comunica por canales ajenos. La cámara no la enmarca como excepción, sino como cuerpo que resiste. Su relación con Héctor, por momentos tierna, por otros incómoda, revela la distancia que el amor no siempre puede acortar. La tensión entre ambos no responde a malentendidos, sino a la imposibilidad de traducirse sin perder matices.

‘Sorda’ no es una película programática. No quiere instruir ni adoctrinar. Tampoco hace concesiones al espectáculo ni cae en la trampa del cine de mensaje. Lo que propone, con un rigor poco habitual, es una inmersión sin atajos en una realidad concreta que expone las carencias estructurales del entorno. La maternidad, el vínculo amoroso, la identidad, todo se atraviesa desde una perspectiva que no había sido tratada con esta precisión en el cine español reciente.

Eva Libertad no convierte la sordera en el tema de su película, sino en su forma. El lenguaje visual, los silencios, las pausas, la ausencia de música en momentos clave, todo responde a esa voluntad de construir desde lo que falta, desde lo que no se escucha. No es un artificio, es una decisión estética y política. Una forma de intervenir en el relato dominante sin necesidad de proclamarlo.

El filme no concluye con una redención ni con un gesto de reconciliación. La última escena no resuelve, simplemente se detiene. Y en esa detención hay una forma de verdad que no necesita ruido. A veces basta con mirar. Y permitir que el silencio incomode. Porque en él, como demuestra ‘Sorda’, hay más contenido del que suele atribuirsele. Solo hay que estar dispuesto a percibirlo.

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