Cine y series

Sirenas

Nicole Kassell

2025



Por -

Cada día comienza con rituales diminutos que se repiten con un orden casi litúrgico: revisar el móvil, calentar café, mirar por la ventana. No porque esperemos respuestas, sino porque en esa sucesión de gestos hay un barniz de certeza. La ficción de que todo está bajo control. ‘Sirenas’ de Nicole Kassell levanta el velo sobre esa ilusión y la convierte en la corriente subterránea de una historia que gira en torno al vértigo de perder el control, y peor aún, el de fingir que nunca se tuvo.

La serie se instala en ese espacio incómodo donde la opulencia genera más claustrofobia que libertad. La isla que sirve de escenario parece suspendida en un tiempo que no pertenece al presente, un edén cuidadosamente diseñado donde el sufrimiento ajeno se disimula con palabras suaves y vestidos de lino. Pero esa postal de equilibrio pronto se agrieta con la irrupción de una figura que arrastra cicatrices sin cubrir. Devon DeWitt, interpretada con aspereza y dignidad por Meghann Fahy, desata una tensión que ni siquiera el mar que rodea la propiedad logra contener.

El vínculo entre Devon y su hermana Simone (Milly Alcock) late en la serie como una herida mal cerrada. No hay odio explícito ni perdón posible: hay una acumulación de decepciones encapsuladas en gestos cotidianos, en frases dichas con una sonrisa helada, en miradas que se esquivan mientras todo a su alrededor parece diseñado para ser contemplado. Devon llega a ese mundo brillante cargando un pasado que se niega a desaparecer, y lo deposita en medio de los desayunos orgánicos y las fiestas de beneficencia, como un animal herido que no encaja en el decorado.

Simone, por su parte, es el eco de otra Simone que ya no existe. Ha limado los bordes de su historia para encajar en la perfección estética de la mansión de Michaela Kells, interpretada por una Julianne Moore que sabe deslizarse entre lo maternal y lo perturbador sin cambiar el tono de voz. Michaela no necesita levantar la voz para ejercer control: su manera de hablar, de mirar, incluso de tocar, está calibrada con una precisión que desarma. Su relación con Simone flota entre lo simbiótico y lo manipulador, sin que quede claro quién necesita más a quién.

El trabajo de Kassell en la dirección potencia esta ambigüedad, fragmentando los espacios interiores con encuadres que aíslan a los personajes incluso cuando están acompañados. El ritmo no busca apurar el drama ni explotar la tensión: prefiere permitir que lo inquietante se filtre por las rendijas. Hay escenas en las que un simple silencio pesa más que cualquier revelación. Y sin embargo, cuando llega el momento de los estallidos, lo hacen con la brutalidad de lo inevitable.

El guion, firmado por Molly Smith Metzler, evita exponer de forma directa lo que en verdad desestabiliza a sus personajes. Prefiere poner en marcha un sistema de pequeñas humillaciones, de gestos condescendientes, de lealtades compradas. Devon, tan directa en su forma de estar en el mundo, choca con ese lenguaje velado, mientras Simone lo ha aprendido a la perfección. Pero incluso ella, en su dominio de las apariencias, empieza a tambalearse cuando descubre que ese nuevo mundo que la protege también puede devorarla.

Hay algo en la puesta en escena que recuerda constantemente que la belleza puede ser un arma. Desde los vestidos idénticos de Michaela y Simone hasta los pasillos desiertos llenos de cámaras de seguridad, todo contribuye a una sensación de vigilancia sin vigilancia, de control sin orden explícito. Devon encarna lo imprevisible: no tiene miedo al escándalo, no teme desentonar. Y su sola presencia pone en evidencia los mecanismos de exclusión y negación que sostienen esa aparente armonía.

Los personajes secundarios —desde el esposo ausente con mirada indulgente hasta el amante fugaz con vocación de espectador— sirven para completar un retrato coral donde todos parecen tener algo que perder. Pero la historia se concentra, como debe ser, en el triángulo compuesto por Devon, Simone y Michaela. En esa danza desequilibrada se juegan pertenencias, resentimientos y formas de afecto que tienen más que ver con la supervivencia que con el cariño.

‘Sirenas’ articula su narrativa con una cadencia que descoloca. No se entrega ni al absurdo ni al naturalismo, sino que habita una tierra intermedia donde el desconcierto se vuelve atmósfera. Las secuencias oníricas y los destellos de humor ácido conviven con escenas de una crudeza casi documental, creando un terreno resbaladizo para el espectador, que nunca sabe muy bien si reír o contener la respiración.

Kassell no elige lo evidente. Su mirada es esquiva, incluso cruel, en cómo encuadra los vínculos familiares. No hay redención ni catarsis: hay una aceptación amarga de que hay relaciones que se mantienen solo por inercia. Devon y Simone no se reconcilian ni se destruyen. Se observan desde una distancia que ninguna conversación logra salvar del todo.

La serie evita el dramatismo impostado. Lo que queda, al final, es la certeza de que incluso el paraíso más idílico puede albergar grietas. Y que, a veces, el canto de una sirena no promete salvación, sino un recordatorio de que no todo lo que brilla puede sostenerse sin romper algo.

La miniseria completa ya está disponible en Netflix

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