Los inviernos más crueles no son los que hielan la piel. Se filtran entre los huecos de los días, se acumulan como hollín en las paredes de la rutina, y dan forma a una estación sin tregua. En algunos rincones del mundo, ese frío se vuelve un mecanismo de selección: distingue a quienes logran resistir de quienes se disuelven en la inercia. ‘Si yo pudiera hibernar (Hasta que todo pase)’, dirigida por Zoljargal Purevdash, se sitúa en ese cruce: el de la infancia empujada al umbral de la extenuación, en un entorno donde el clima no se limita al termómetro, sino que lo determina todo.
La película no abre puertas hacia mundos inexplorados. Más bien, arrastra al espectador a un interior congestionado por el deber, donde la voluntad se deshilacha entre tareas impropias de la edad. La vida de Ulzii, un adolescente en el extrarradio helado de Ulán Bator, se percibe como un reloj sin esfera, donde cada giro del minutero conlleva una decisión aplazada, una urgencia soterrada. Su casa, más que un refugio, funciona como una trinchera doméstica: tres hermanos pequeños, una madre ausente, una economía que no respira y un futuro que se fragmenta en forma de exámenes de física.
Desde los primeros fotogramas, Purevdash rehúye la mirada etnográfica o la postal exótica. No embellece la precariedad, ni la estetiza. Tampoco idealiza la resiliencia. El relato avanza sobre una línea de tensión constante entre la necesidad y el impulso de progresar. Ulzii, interpretado con contenida firmeza por Battsooj Uurtsaikh, proyecta una compostura que desafía su edad, pero el guion insiste en mostrar las fisuras. Su esfuerzo por mantener la compostura ante la ausencia materna, el hambre y el aislamiento es absorbente, pero nunca heroico. El adolescente carga con la responsabilidad no porque se le encomiende, sino porque no hay otra posibilidad en el guion de su vida.
Los conflictos no se presentan en forma de grandes catástrofes, sino como desgastes minúsculos. Cada escena se desliza con una economía narrativa deliberada: el carbón que no alcanza, el frío que cala, la comida que se reparte con gestos medidos. El título alude a una fantasía del hermano pequeño de Ulzii: hibernar para evitar el invierno. En esa imagen se condensa la esencia del filme, la suspensión de un tiempo que duele y la imposibilidad de desconectarse del presente. Purevdash toma esa frase como eje simbólico y la extiende a todo el relato, como una sombra que no termina de disiparse.
La dirección escoge planos íntimos y sostenidos que fijan al espectador en el interior de la yurta familiar, en su falta de aislamiento térmico, en su saturación de ruidos infantiles y en la persistente presencia de lo esencial. El calor se convierte en una obsesión narrativa: los personajes buscan carbón, madera, cartón, incluso restos de vallas, para alimentar una estufa que no logra nunca alcanzar la temperatura necesaria. Esa estufa representa un núcleo alrededor del cual gira todo, como si el fuego definiera el ritmo vital de la casa.
La relación entre Ulzii y su madre, marcada por la distancia emocional, es otro pilar narrativo. Ella aparece y desaparece con un ritmo errático, reflejando tanto su fragilidad como su desconexión del mundo de sus hijos. No hay redención para ella, ni paternalismo en su representación. El filme se limita a observar su ausencia sin necesidad de juzgarla, pero tampoco suaviza sus efectos. La figura materna encarna una fractura generacional que se evidencia, también, en el analfabetismo y en su imposibilidad para entender el rol académico de su hijo. Frente a ello, la escuela se presenta como un espacio de promesa, pero también de exigencia extrema. La competencia de física no simboliza únicamente una salida posible, sino también una presión que devora el tiempo y la energía que Ulzii ya entrega a su vida cotidiana.
La actuación de Uurtsaikh, contenida y de una dureza opaca, contribuye a forjar un protagonista que no implora empatía. Los momentos donde se permite sonreír, cantar con sus amigos o mostrar cansancio adquieren una carga significativa. Es en esos gestos mínimos donde la película permite asomarse a lo que queda de adolescencia en ese cuerpo exigido como si fuese adulto.
La fotografía, a cargo de Davaanyam Delgerjargal, opta por una paleta de colores fríos que se ve rota apenas por luces artificiales intermitentes o reflejos de la nieve. Ulán Bator no aparece como un todo: lo que se muestra son fragmentos, extrarradios, márgenes donde la modernidad no logra afianzarse. El diseño de producción acierta al no estetizar el desorden doméstico, permitiendo que el espectador se oriente por la función de los objetos más que por su disposición.
La música de Johanni Curtet actúa como un contrapunto sutil: mezcla elementos de la tradición mongola con recursos contemporáneos como el beatbox o el hip hop. Lejos de sonar artificioso, ese ensamblaje refuerza la fractura cultural que atraviesa la película. Ulzii representa ese punto de tensión entre un pasado marcado por remedios caseros, supersticiones y jerarquías obsoletas, y un futuro aún intangible, pero más estructurado.
‘Si yo pudiera hibernar’ evita la grandilocuencia, pero no escatima en hondura. Purevdash se inclina por una narración que se apoya en la repetición de rutinas, en la fragmentación de los vínculos y en la observación de los márgenes. La película es un estudio meticuloso sobre la resistencia silenciosa, sobre los afectos que se expresan sin necesidad de enunciarse. Y también sobre cómo la infancia, en determinados contextos, puede borrarse sin aspavientos, sustituida por una adultez que se impone sin negociación.
Zoljargal Purevdash demuestra con esta ópera prima una capacidad para traducir su contexto en imágenes precisas, en atmósferas contenidas y en personajes que respiran con autonomía. ‘Si yo pudiera hibernar’ se inscribe en una tradición de relatos que documentan el coste de la desigualdad sin caer en el dramatismo gratuito ni en la complacencia. Su mérito radica en acompañar al personaje hasta el límite de sus posibilidades sin manipular al espectador, sin orquestar una transformación redentora. Lo que queda es el rastro de un invierno largo y la certeza de que resistir también es una forma de movimiento.
