Cine y series

Septiembre dice

Ariane Labed

2024



Por -

Los pasillos de algunas casas no conducen simplemente a cuartos distintos, sino a interpretaciones opuestas de un mismo recuerdo. ‘Septiembre dice’ no ocupa una de esas casas, la edifica desde sus cimientos. En los primeros compases, Ariane Labed traza un entorno clausurado, donde los silencios dictan normas y las miradas se firman como pactos. La relación entre las dos hermanas no se narra, se impone como una presión continua sobre el cuerpo. En este entorno, el hogar deja de ser abrigo para convertirse en una zona de control recíproco, donde el cariño adopta la forma de exigencia.

No hay presentación formal de personajes. Las figuras se insinúan más que describirse. El vínculo entre September y July, adolescentes criadas por una madre artista y dispersa, se configura como un nudo que no encuentra principio ni final. Las hermanas se comunican con gruñidos, se visten igual y establecen reglas solo comprensibles dentro de su universo privado. Lo inquietante no es tanto la rareza de estas dinámicas como su lógica interna, tan inquebrantable como invisible. La mayor, September, domina sin alzar la voz. La menor, July, acata sin poner en duda. Esa asimetría no se señala, pero se despliega en cada plano.

La película se sitúa en un presente cargado por lo que no se muestra. Un hecho previo, apenas sugerido, obliga a la familia a trasladarse a una casa heredada en Irlanda. Ese cambio de escenario no produce alivio ni distancia. Al contrario, el aislamiento intensifica los gestos. El campo abierto se transforma en un decorado opresivo. La quietud de las habitaciones, los objetos antiguos, el silencio entre comidas, todo contribuye a una atmósfera donde la cotidianeidad pesa más que cualquier amenaza explícita.

La relación entre las hermanas se articula mediante un juego que da nombre al título. “Septiembre dice” funciona como una versión autoritaria del clásico infantil. Lo que empieza siendo una dinámica lúdica deriva en una serie de pruebas donde la obediencia se mide en daño físico. Comer algo desagradable, autolesionarse, romper vínculos incipientes. Nada parece desmesurado si lo ordena September. July obedece con un gesto sumiso que raya en la devoción. Este pacto no se discute, simplemente se mantiene. Y esa aceptación es lo que más perturba.

Ariane Labed no impone un juicio sobre lo que narra. Su cámara permanece estática cuando el plano lo exige, o se acerca de forma incómoda al rostro de las protagonistas. La iluminación natural y el uso de película analógica generan una textura que acentúa el carácter atemporal del relato. No hay esfuerzo por contextualizar con referencias externas. Todo sucede dentro de ese triángulo entre las hermanas y la madre. Lo demás apenas existe.

Pascale Kann encarna a September con una intensidad serena que contiene más peligro que cualquier grito. No necesita exagerar para inquietar. Cada palabra suya parece medida, cada gesto milimetrado. Mia Tharia, en el papel de July, ofrece una interpretación que rehúye el victimismo. Su personaje no es ingenuo, sino atrapado en una lealtad mal entendida. Entre ambas se construye una dinámica que sostiene toda la película. Rakhee Thakrar, como madre artista y ausente, encarna una figura que observa desde la distancia, incapaz de intervenir en una relación que la excluye.

El guion evita explicar lo ocurrido antes de la llegada a la casa. Esa omisión no responde a una estrategia narrativa sino a una elección de enfoque. La historia se centra en las consecuencias, no en las causas. La violencia, en este caso, no necesita un detonante concreto. Se filtra en la convivencia, en las repeticiones, en el cansancio acumulado. La tensión no explota, simplemente persiste.

La ambientación refuerza esa idea de encierro. Aunque los personajes se mueven, el entorno los mantiene atrapados. La casa no permite que el tiempo avance. Las ropas antiguas, los muebles cubiertos de polvo, la ausencia de tecnología, todo sugiere una pausa forzada. En ese contexto, las emociones se agudizan. El aburrimiento se vuelve amenaza, el juego deriva en control, el afecto en sometimiento.

El tramo final introduce un giro que no busca conmocionar, sino reordenar lo visto. No pretende ofrecer alivio ni resolución. Más bien apunta a una relectura de lo que parecía evidente. La película no necesita grandes revelaciones para desestabilizar. Le basta con dejar que las pequeñas fisuras en la relación entre las hermanas se conviertan en grietas irreparables.

El cine de Ariane Labed no busca complacer ni provocar. Prefiere observar. Su mirada no se basa en la empatía ni en la distancia crítica. Es una mirada que acompaña, que se detiene donde otros acelerarían, que insiste en el detalle sin convertirlo en símbolo. ‘Septiembre dice’ no es una película sobre el amor entre hermanas. Es un estudio sobre lo que ocurre cuando el amor se convierte en estructura y la identidad se diluye en el cuerpo del otro.

Frente a tantas historias de crecimiento que celebran la libertad conquistada, esta película plantea algo más inquietante: que hay vínculos tan densos que liberarse de ellos implica renunciar a una parte de uno mismo. En ese gesto, silencioso y doloroso, se condensa todo lo que ‘Septiembre dice’ se niega a verbalizar. Y es precisamente esa negativa lo que la vuelve tan incisiva.

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