Las heridas que se arrastran en silencio durante años no sangran menos por haber cicatrizado. Hay pueblos donde las calles parecen pavimentadas con secretos, donde el silencio pesa más que el clima. ‘Sé lo que hicisteis el último verano’ no transcurre sólo en un lugar geográfico: se despliega en una zona moral, en el terreno resbaladizo donde la juventud toca el borde de la irresponsabilidad con la punta de los dedos y vuelve cubierta de barro y culpa. La película se sitúa en esa tensión entre lo que permanece oculto y lo que irrumpe, ineludible, cuando el pasado se instala como huésped en el presente.
El verano, como estación, carga con una simbología ambigua: es tiempo de promesas, pero también de abandono, de decisiones tomadas a destiempo. Jennifer Kaytin Robinson coloca su relato en un pueblo costero bañado por fuegos artificiales y alcohol, donde los jóvenes celebran su transición a la adultez envueltos en un clima de evasión y arrogancia económica. Pero tras ese barniz de luminosidad estacional se gesta una culpa colectiva que, como el anzuelo del pescador, no pretende redención sino castigo.
Robinson arma su historia con una estrategia de espejos: unos se rompen con facilidad, otros sólo deforman. La narración arrastra consigo el eco del filme original, aunque con una atmósfera más pulida, casi higienizada en su manierismo visual. Vuelve el patrón: un grupo de amigos, una noche de exceso, una muerte encubierta y, meses después, la venganza envuelta en frases anónimas y cuerpos despedazados. La directora ensaya un juego entre lo heredado y lo impuesto por las dinámicas de la industria actual. Su relato se reviste de guiños autoconscientes y gestos de reverencia hacia el pasado, pero también se diluye por momentos en una nostalgia sin dirección.
El reparto juvenil cumple funciones muy marcadas, más afines a arquetipos que a personas: la amiga que se ha distanciado, el novio problemático, la protagonista dubitativa. Chase Sui Wonders intenta dotar de contradicciones al personaje central, aunque la escritura no le ofrece fisuras reales por donde colarse. Sarah Pidgeon aporta una vibración disonante, la única que parece percibir la gravedad moral de lo que ocurre. Por su parte, Jennifer Love Hewitt y Freddie Prinze Jr. regresan como espectros funcionales, con roles que aluden más a una deuda con el fan que a una necesidad narrativa.
La dirección mantiene un ritmo preciso, aunque dependiente de los códigos clásicos del subgénero. La puesta en escena se apoya más en lo coreográfico que en lo visceral: las persecuciones están bien medidas, pero nunca desestabilizan. El uso del gore funciona como elemento decorativo más que como vehículo de tensión. Hay en Robinson una voluntad de estilización que convierte la violencia en una especie de marca visual antes que en una amenaza. La muerte, aquí, no sacude: adorna.
Los gestos contemporáneos como la presencia de dispositivos digitales, el lenguaje marcado por los códigos de redes sociales, los guiños a temas como la salud mental o el privilegio, aparecen más como barnices que como hilos estructurales. El guion menciona, pero no profundiza; señala, pero no articula. Hay líneas que rozan lo caricaturesco, como si los personajes buscaran representar un colectivo más que construir una interioridad. Esa falta de densidad impide que las dinámicas grupales evolucionen más allá del conflicto funcional.
En cuanto a la relectura de la culpa, Robinson opta por un enfoque que diluye el dilema ético. El accidente que inicia todo no transmite una pérdida concreta ni una conciencia transformadora. La culpa funciona más como pretexto narrativo que como motor de transformación. Incluso el antagonista, encarnado en la figura siempre difusa del pescador, actúa desde un impulso mecánico más que simbólico. No hay en su figura una propuesta de castigo que dialogue con las tensiones sociales actuales; sólo una repetición de gestos icónicos.
La película concluye sin expandir su universo ni reconfigurar el molde. Su fuerza radica en la capacidad de activar resortes de memoria en el espectador que vivió el primer filme desde un lugar emocional determinado. Más allá de eso, su mirada sobre la adolescencia, la clase y el miedo queda atrapada entre una voluntad de actualización estética y una dependencia excesiva del legado.
‘Sé lo que hicisteis el último verano’ se sitúa en esa intersección entre industria y repetición, entre marketing y cine. Más que cuestionar su herencia, la embalsama. Y al hacerlo, el verano en Southport deja de ser una estación para convertirse en bucle: un lugar donde el pasado no interroga, sólo reaparece con disfraz nuevo y las mismas heridas sin sutura.
