Cine y series

Retrato de un cierto Oriente

Marcelo Gomes

2024



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‘Retrato de un Cierto Oriente’, dirigido por Marcelo Gomes, se adentra en un episodio de la diáspora libanesa hacia Brasil a finales de la década de 1940. El cineasta, con trayectoria marcada por el interés en historias de desplazamiento y cruces culturales, trabaja aquí a partir de la novela homónima de Milton Hatoum, pero adopta un enfoque propio que privilegia las imágenes y los sonidos por encima de la literalidad del texto literario. La propuesta se presenta en blanco y negro y con un formato cuadrado que refuerza la sensación de encierro y precariedad de unos personajes que cargan tanto con su historia personal como con los conflictos políticos de su tiempo.

La película se sitúa en un momento de gran convulsión para Oriente Medio. El Líbano, apenas liberado del mandato francés, arrastra las tensiones derivadas de la fundación del Estado de Israel y de los desplazamientos masivos en Palestina. Ese trasfondo histórico, aunque apenas esbozado en la narración, sirve de motor para que Emir arrastre a su hermana Emilie hacia un futuro incierto en tierras americanas. Gomes filma esa huida sin buscar heroicidad, planteando desde el primer momento un contraste entre la determinación de Emir y la resistencia inicial de Emilie, que prefería quedarse en un convento. El viaje parte así de una imposición, y el vínculo fraternal queda marcado por la coacción y el miedo.

La travesía marítima concentra buena parte de la primera mitad de la película. Emir viaja escondido, evitando a las autoridades, mientras Emilie conoce a Omar, un comerciante musulmán que aporta una vía de esperanza en medio de la incertidumbre. A través de esa relación, la trama plantea las tensiones entre credos, ya que Emir interpreta el romance como una amenaza, recurriendo al discurso religioso como excusa para controlar a su hermana. Gomes evita caer en dramatismos subrayados y opta por un tratamiento sonoro que otorga protagonismo a los crujidos del barco, al rumor del mar y a los silencios entre los personajes, componiendo una atmósfera opresiva. En esa elección estética, la película se aparta del costumbrismo y se acerca a un registro sensorial, donde el espacio y el sonido pesan tanto como los diálogos.

Al llegar a Brasil, la historia se desplaza hacia el Amazonas. La adaptación a un nuevo entorno se convierte en otro eje dramático. Emilie encuentra en Omar una posibilidad de vida estable, mientras Emir se reafirma en su condición errante, incapaz de asentarse. El contraste entre la hermana que busca un lugar donde detenerse y el hermano que persiste en su movimiento constante genera una tensión que vertebra el relato. Gomes utiliza la selva como escenario simbólico, un espacio que impone su fuerza y multiplica las dificultades del asentamiento. La presencia de comunidades indígenas, tratada en escenas puntuales, amplía la dimensión política de la narración, subrayando que el despojo territorial no se limita a Oriente Medio, sino que también atraviesa América Latina.

La fotografía de Pierre de Kerchove acentúa esa dualidad. Con un blanco y negro que evita el contraste limpio y se mueve entre grises densos, los personajes aparecen a menudo empequeñecidos frente a paisajes abrumadores. El formato 4:3 refuerza la sensación de celda, sobre todo en los camarotes del barco o en los interiores donde Emir se esconde. Ese trabajo visual, aunque sofisticado, corre el riesgo de imponerse sobre la propia trama, como han señalado algunos críticos. La estilización puede convertir a los protagonistas en figuras rígidas, más cercanas a modelos que a seres con matices. Sin embargo, la decisión formal no es arbitraria: se alinea con la intención de mostrar un relato de encierro y de imposibilidad de escape.

Los intérpretes libaneses sostienen con firmeza esa aproximación. Wafa’a Celine Halawi transmite la transformación de Emilie desde la obediencia inicial hasta la voluntad de decidir por sí misma. Charbel Kamel dota a Omar de una serenidad que contrasta con el carácter áspero de Emir. Este último, interpretado por Zakaria Kaakour, encarna la rigidez de un personaje atenazado por celos y resentimiento. Rosa Peixoto, en un papel secundario, aporta un aire distinto, más libre, que rompe por momentos con el tono solemne del conjunto.

El guion, escrito por Gomes junto con Maria Camargo y Gustavo Campos, simplifica la compleja estructura polifónica del libro de Hatoum para centrarse en la relación entre los dos hermanos y el triángulo que se forma con Omar. Esa elección refuerza la claridad narrativa, pero también limita las capas posibles del relato. Se percibe un interés mayor por el destino de Emilie que por el de Emir, que queda reducido en ocasiones a una figura hosca y repetitiva. Aun así, la dinámica entre ambos ofrece un retrato de las contradicciones del exilio: mientras uno busca arraigo, el otro permanece anclado en el desarraigo perpetuo.

El filme aborda de manera indirecta el choque entre religiones monoteístas, planteando cómo la intolerancia se convierte en excusa para conflictos que en realidad nacen del miedo y del control. La oposición de Emir al vínculo entre Emilie y Omar se construye sobre prejuicios heredados, que en la película aparecen como un eco de tensiones históricas que atraviesan generaciones. Esa lectura política se refuerza con las alusiones a desplazamientos forzados en Palestina, que conectan la trama con realidades contemporáneas de refugiados en distintas partes del mundo.

Otro elemento relevante es la relación entre memoria y representación. El título remite tanto a un territorio como a una evocación, y la película juega con esa ambigüedad. Los retratos fotográficos que aparecen en el relato, captados por un personaje secundario, funcionan como huella de momentos que buscan fijar algo que en realidad siempre se escapa. Gomes articula así un cine donde la imagen conserva fragmentos de un pasado condenado a desvanecerse. Esa reflexión atraviesa el filme entero: cada gesto registrado por la cámara parece reclamar permanencia en medio de una historia marcada por la pérdida.

En su desenlace, la película se inclina hacia el melodrama familiar, con un final que refuerza la imposibilidad de reconciliar deseos opuestos. Gomes filma esa conclusión con sobriedad, evitando subrayados excesivos, y se mantiene fiel a la línea estética que recorre toda la obra. Lo que queda es una sensación de tránsito inacabado, un viaje que nunca alcanza un destino definitivo. Esa ambivalencia conecta con otras películas del director, interesado en personajes que viven entre lugares, incapaces de fijar un horizonte.

‘Retrato de un Cierto Oriente’ se afirma como un drama sobre migraciones, vínculos quebrados y tensiones culturales, concebido desde una puesta en escena exigente. Puede generar distancia en parte del público por su formalismo y por cierta rigidez interpretativa, pero abre un espacio de reflexión sobre las herencias del desarraigo y las huellas que deja la violencia histórica en las trayectorias individuales. En un panorama saturado de relatos migratorios, la película de Marcelo Gomes destaca por su ambición estética y por su voluntad de vincular distintos contextos geopolíticos a través de una historia íntima.

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