Carlos Marques-Marcet entrega en 'Polvo serán' una representación reflexiva y profunda sobre los límites de la vida, el amor y la autonomía en la muerte. A través de esta historia, el director nos sitúa frente a una realidad cruda: ¿quién tiene el derecho de decidir el momento final de su existencia? Sin responder abiertamente, la película sumerge al espectador en la emotiva trayectoria de una pareja de artistas ancianos, Claudia y Flavio, quienes, enfrentados al deterioro irreversible, toman la decisión de acabar juntos sus días. En este dilema silencioso sobre el libre albedrío, se abre una mirada íntima y sensible que, en tiempos de soledad y tecnología, invita a reflexionar sobre el verdadero significado de “despedida” y el papel del amor en esos momentos límite.
Desde su arranque, 'Polvo serán' nos deja entrever que la muerte, lejos de ser solo el fin de la vida, puede representarse como un acto performativo, en el que cada gesto y decisión resuenan como una despedida teatral. La coreografía inicial, un plano secuencia que se despliega con ferocidad en un ambiente doméstico, permite ver la angustia de Claudia convertida en movimiento: un torbellino entre el dolor y la calma, la conexión y el adiós. El relato avanza entonces en una serie de diálogos y escenas cargadas de simbolismo, donde la danza y la música, integradas con delicadeza, se convierten en un lenguaje adicional que abre la puerta a emociones inexploradas en los personajes. La inclusión de estos números dancísticos, por instantes distantes del tono central, permite a la audiencia entender la complejidad emocional de los protagonistas sin la necesidad de palabras. La música y el cuerpo se unen para expresar lo que las palabras no pueden.
En el aspecto narrativo, Marques-Marcet no cede ante la tentación del sentimentalismo y, en cambio, construye una historia centrada en el respeto por las decisiones individuales y el derecho a la muerte digna. Claudia, interpretada por Ángela Molina, enfrenta la devastadora noticia de un tumor cerebral con una resolución implacable y serena; su pareja, Flavio, interpretado por Alfredo Castro, decide acompañarla en su último viaje, pese a la protesta de sus hijos. La interpretación de Molina es desgarradora en su contención, transmitiendo una fuerza interna que no busca compasión sino aceptación. La relación de Claudia y Flavio, así como sus interacciones con sus hijos, despliega un abanico de emociones en el que el humor y la solemnidad coexisten en equilibrio, evitando caer en clichés. Esta decisión le da a la historia un tono humano y creíble que resuena en el espectador.
La incursión de los hijos, enfrentados a la decisión de sus padres, añade una dimensión ética al dilema de la eutanasia: ¿cómo reaccionan los que se quedan cuando la elección de los que parten se basa en el amor y la autonomía? Marques-Marcet no ofrece respuestas fáciles; en cambio, explora la complejidad de este vínculo familiar con una mirada crítica y profundamente humana, mostrando cómo la despedida no solo es difícil para quien decide partir, sino también para quienes se quedan. Cada hijo procesa la noticia de manera distinta, revelando los matices de una historia en la que los lazos de sangre y amor se ven forzados a cuestionarse a sí mismos. Es en estos momentos que el guion, coescrito con Clara Roquet y Coral Cruz, exhibe su fortaleza, permitiendo que la película aborde preguntas filosóficas de manera directa sin caer en la mera exposición o didactismo.
A nivel estético, 'Polvo serán' apuesta por una integración de elementos coreográficos que, si bien son arriesgados, aportan un toque distintivo que amplía el registro emocional del filme. Los números de baile, dirigidos por la compañía La Veronal, son una apuesta ambiciosa que en ocasiones rompe con el flujo de la historia, generando un contraste que puede ser interpretado tanto como una ruptura como una ampliación de la narrativa. Estas secuencias no solo rompen el silencio que rodea al duelo, sino que también visibilizan el conflicto interno de los personajes, subrayando su sufrimiento sin necesidad de diálogos. Aunque a veces puedan sentirse como un añadido extraño, estas intervenciones musicales son también una extensión del arte de Claudia y Flavio, simbolizando su último acto performativo.
La película de Marques-Marcet es un relato valiente que, sin abandonar un cierto aire de solemnidad, se atreve a mostrar la muerte como una opción, un derecho, y no una simple fatalidad. El director logra evitar una conclusión simplista o melodramática, dejando el final abierto a la interpretación del espectador, un recurso que amplía la resonancia de la historia en una sociedad contemporánea cada vez más dividida ante temas como el suicidio asistido y la eutanasia. Al final, 'Polvo serán' ofrece una visión honesta sobre la autonomía en el acto de morir, proponiendo que la dignidad humana puede preservarse incluso en la despedida.
