Nada es más frágil que la idea del legado. En el intento por inmortalizar lo efímero, la memoria colectiva convierte en mito lo que alguna vez fue carne y hueso. ‘Pavements’ es el reflejo torcido de esa obsesiva búsqueda de trascendencia, un ejercicio de autoconciencia disfrazado de documental, biopic y teatro musical. La película de Alex Ross Perry descompone los mecanismos con los que la industria santifica a los iconos de la cultura pop, exponiendo la paradoja de una banda que, desde su nacimiento, se resistió a la idea de convertirse en monumento.
En una era en la que los documentales musicales se han convertido en vitrinas de autoindulgencia, ‘Pavements’ es un acto de sabotaje. No hay aquí la solemnidad de un tributo, ni la estructura clásica de una historia de ascenso y caída. Perry arma un collage donde la ficción y la realidad se cruzan hasta volverse indistinguibles: un biopic ficticio con Joe Keery encarnando a un Stephen Malkmus en clave de parodia, un musical absurdamente melodramático que lleva las letras de la banda a su límite teatral y un museo que exhibe objetos banales con una grandilocuencia desproporcionada. Todo esto, intercalado con imágenes de archivo que documentan la historia real de Pavement, consigue un retrato deforme, más cercano a un juego conceptual que a un relato convencional.
El montaje fragmentado y el uso de la pantalla dividida refuerzan la sensación de que Perry no busca respuestas definitivas, sino yuxtaponer versiones alternativas de una misma historia. La secuencia del concierto de Lollapalooza en 1995 es ilustrativa: mientras en la ficción se presenta como un punto de quiebre dramático para la banda, el metraje real los muestra entre risas, restando importancia al incidente. La película pone en evidencia cómo los relatos oficiales tienden a magnificar la conflictividad y el tormento para ajustarse a una narrativa heroica.
Keery, en su interpretación del falso Malkmus, parodia el rigor casi monacal con el que algunos actores se preparan para biopics musicales. Sus intentos exagerados por imitar la voz y los gestos del cantante convierten el proceso de investigación en una especie de performance que, en el contexto de la película, adquiere una dimensión absurda. La meticulosidad con la que se reconstruyen ciertos episodios choca con la actitud lánguida y poco ceremoniosa que la banda siempre proyectó.
Por momentos, la estructura de ‘Pavements’ amenaza con desmoronarse bajo el peso de sus propias capas de ironía. Si bien el caos narrativo es parte del atractivo del filme, hay tramos en los que el juego metacinematográfico se prolonga hasta el agotamiento. La insistencia en subrayar la farsa dentro de la farsa refuerza el concepto, pero también genera la sensación de que Perry se regodea en su propia inteligencia, sin terminar de decidir cuándo dar un paso atrás.
No obstante, la película encuentra momentos de claridad en su caos autoimpuesto. La decisión de no incluir presentaciones en vivo completas refuerza la idea de que ‘Pavements’ no busca recrear la experiencia de la banda, sino examinar cómo se reinterpreta su legado. El montaje final, en el que las distintas versiones de Pavement—la real, la teatral, la fílmica—se sobreponen unas a otras, encapsula el dilema central del filme: ¿es posible capturar la esencia de algo sin deformarlo en el intento?
Alex Ross Perry no busca resolver esa cuestión, sino ponerla en escena con todas sus contradicciones. ‘Pavements’ no es un documental ni una ficción; es una provocación, un recordatorio de que la memoria es una construcción tan caótica y subjetiva como la película misma.
'Pavements' ha sido proyectada dentro del ciclo 'Playlist' organizado por Márgenes en La Casa Encendida.
