La mirada, ese acto que creíamos inocente, se convierte en el eje de una existencia. Parthenope, nacida entre las aguas del Mediterráneo y criada bajo un cielo de luz interminable, carga un destino moldeado por los ojos ajenos. ¿Qué ocurre cuando el alma de una ciudad se encarna en un ser humano? Sorrentino intenta dar respuesta con una obra que parece flotar entre el esplendor y la languidez, entre la celebración de la belleza y la tragedia de ser su prisionero.
En una Nápoles pintada con trazos de postal, la historia se despliega como un mosaico de momentos: el nacimiento de Parthenope en los años 50, su ascenso como objeto de deseo, su aspiración a lo académico y su paso por un mundo donde las mujeres son miradas, pero raramente escuchadas. La ciudad, reflejada en la protagonista, es a la vez musa y carcelera, un espacio donde el arte y la vida parecen fusionarse, pero que también limita la profundidad emocional de quienes la habitan.
“La vida de Parthenope se desarrolla entre un desfile de personajes que la anhelan, pero ninguno parece capaz de ver más allá de su superficie”. Desde su niñez, marcada por el deseo incestuoso de su hermano, hasta su vida adulta como académica, actriz frustrada y, finalmente, una figura resignada a la soledad, su trayecto queda definido por las expectativas de los hombres que la rodean. Incluso en sus momentos de independencia, como su decisión de perseguir la antropología, el guion apenas permite que su voz se escuche sin mediación masculina.
La película se mueve entre episodios desconectados, más centrados en la estética que en la narrativa. Desde Capri hasta los callejones de Nápoles, el lente de Sorrentino captura cada esquina con una obsesiva devoción por lo visual. Sin embargo, esta insistencia en lo fotogénico deja un vacío emocional en el centro de la historia. La belleza, omnipresente, termina transformándose en un obstáculo para el desarrollo dramático.
Celeste Dalla Porta, en su debut como protagonista, aporta una presencia magnética pero insuficiente para compensar un guion que no le otorga profundidad. Parthenope, más que un personaje, es una alegoría: la encarnación de la ciudad, de su luz y sombra, pero también de su superficialidad. Las relaciones con figuras como su profesor Marotta (interpretado por un sobresaliente Silvio Orlando) ofrecen destellos de autenticidad, pero son eclipsadas por interludios banales y sentencias filosóficas que nunca alcanzan la claridad.
El diseño visual y la dirección artística, con sus vestidos impecables y sus paisajes vibrantes, son innegables logros técnicos. Pero, en lugar de potenciar el relato, estos elementos lo sofocan. La película termina siendo un compendio de imágenes bellas, pero sin cohesión emocional. La constante alusión a mitos, como la sangre licuada de San Genaro o los ecos fellinianos en los episodios grotescos, refuerza una atmósfera de solemnidad que rara vez se gana.
En ‘Parthenope’, Sorrentino parece atrapado en su propio estilo, incapaz de trascender los lugares comunes de su filmografía. La película, que promete una exploración del poder y el peso de la belleza, se conforma con rodear el tema sin penetrarlo. Su protagonista, como su ciudad, queda atrapada en una imagen idealizada, incapaz de vivir plenamente en su propia narrativa.
En definitiva, ‘Parthenope’ es un testimonio del talento visual de Sorrentino, pero también de las limitaciones de su imaginación cuando se trata de construir personajes femeninos. Como la sirena de su título, la película es hipnótica a primera vista, pero al acercarse revela un vacío que ni el esplendor de su envoltorio puede ocultar.
