Una convivencia prolongada puede volverse inhóspita sin necesidad de gritos ni rupturas. Basta con el peso reiterado de los días, con la acumulación muda de silencios, con la sensación de que cada gesto arrastra un cansancio antiguo. Cuando los roles entre padres e hijos se invierten, el vínculo se redefine no desde el afecto, sino desde la gestión: del tiempo, del deterioro, de la culpa. ‘Olvidarte, nunca’, la nueva serie de Rene Liu, observa ese desplazamiento sin adornos y se instala en la incomodidad de lo inevitable. Su relato no busca adornar el deterioro, sino mostrar lo que ocurre cuando cuidar ya no es un gesto amoroso, sino una rutina que asfixia.
La memoria no desaparece de golpe. Se va filtrando por las grietas del día a día, se camufla entre los objetos, se oculta detrás de lo dicho mil veces. Lo que Liu pone en escena no es el colapso de una mente, sino la metamorfosis obligada de una convivencia. Cheng Le-Le, interpretada con notable contención por Hsieh Ying-Hsuan, articula su rutina entre la precariedad laboral y el desgaste emocional de cuidar a su padre enfermo. Su comedia en bares nocturnos no busca redención; es apenas un canal por donde filtrar el absurdo cotidiano, una estrategia de resistencia antes que una vía de escape.
La serie, sin apoyarse en giros espectaculares ni en revelaciones bruscas, despliega con minuciosidad los matices de una cotidianidad áspera. Kuang-Chi, ese padre entrañable y errático, ocupa el centro emocional de la historia con una interpretación que Chin Han dota de una calma inquietante. Sus olvidos no tienen grandilocuencia, sino que se inscriben en gestos mínimos: el nombre que se escapa, la dirección que se borra, la visita que ya ocurrió pero se repite como nueva. Todo esto se enmarca en una Taipei silente, sin énfasis urbanos, donde los espacios reducidos acentúan la sensación de encierro.
Lejos de idealizar el lazo familiar, Liu deja que la incomodidad tome cuerpo. Le-Le se irrita, grita, evade, pero también carga, cocina, organiza. No hay un instante de gloria en su desempeño, solo desgaste. Y es precisamente allí donde la serie encuentra su pulso: en esos momentos donde el vínculo se mantiene no por afecto sino por obligación, por inercia o por algo más difícil de nombrar. En este punto, Liu se cuida de romantizar el sacrificio o edulcorar la entrega.
Algunos de los tramos narrativos, sin embargo, pierden tensión cuando se disuelven en subtramas apenas esbozadas. La relación sentimental entre Le-Le y Chang Kai, abogado acomodado y cada vez más incómodo con la vida modesta de su pareja, sirve como contrapunto clasista pero carece de densidad. Los conflictos se suceden sin desarrollo, y los diálogos tienden a subrayar lo que las actuaciones ya insinúan. De igual modo, las amigas de Le-Le funcionan como reflejo generacional, pero se quedan en la superficie de lo anecdótico.
La estructura episódica, algo estirada, introduce repeticiones que diluyen la eficacia del planteamiento. La insistencia en escenas similares —Le-Le corriendo del trabajo al hospital, o siendo interrumpida en mitad de su rutina— debilita el impacto emocional que la serie busca construir. No hay acumulación significativa; más bien, una reiteración que parece sostenerse en la resistencia del espectador antes que en la evolución del conflicto.
Y sin embargo, hay hallazgos notables. Las inserciones de stand-up actúan como dispositivos de distanciamiento. Le-Le, al convertir su experiencia en material cómico, desplaza el foco de lo íntimo hacia lo público, de lo doloroso hacia lo irónico. La risa que provoca no es un alivio, sino una grieta en la que el espectador puede colarse para observar desde otro ángulo. Este recurso, cuando no se repite en exceso, articula con eficacia los desplazamientos emocionales de la protagonista.
El diseño visual, sin riesgos ni excesos, acompaña sin imponerse. Hay detalles cuidados en el montaje, especialmente en los momentos donde pasado y presente se entrelazan sin didactismo. Pero también se recurre con frecuencia a efectos que sobrecargan la atmósfera, como la música melosa o los ralentís innecesarios que lastran la naturalidad de ciertas escenas. En esos momentos, la serie parece dudar de la potencia contenida en su propuesta.
Rene Liu mantiene una dirección sobria, atenta al trabajo actoral, y se apoya en un elenco sólido. Ying-Hsuan Hsieh se despliega con precisión entre la fatiga y la ironía, sin forzar registros. Chin Han, por su parte, traza un personaje cuya decadencia no apela a la compasión, sino a la dignidad de quien se resiste a disolverse. Incluso cuando la narrativa se dispersa, ellos sostienen el peso dramático con convicción.
‘Olvidarte, nunca’ evita ofrecer consuelo. No construye un relato edificante sobre la vejez ni entrega una moraleja sobre el amor filial. Más bien observa, sin adornos, cómo se deteriora un vínculo al mismo tiempo que se refuerza. Las contradicciones que emergen en ese proceso —el rencor que convive con la ternura, la culpa que acompaña al cuidado— son abordadas sin resolverlas, permitiendo que la incomodidad se mantenga latente.
La primera temporada de la serie ya está disponible en Netflix
