A veces basta cerrar los ojos para volver a un lugar que ya no existe. Un gesto, un aroma, el eco lejano de risas cruzadas en un domingo cualquiera bastan para evocar un pasado que nunca regresa con exactitud, pero que se presenta con la insistencia de lo que no acepta ser olvidado. ‘Nonnas’ juega precisamente en ese terreno: un espacio suspendido entre la memoria y el deseo, donde la mesa familiar se convierte en altar, y la comida en conjuro contra el tiempo.
Stephen Chbosky se adentra aquí en un relato donde el duelo no pide compasión, sino acción. La herencia de una madre, simbolizada en recetas y sabores, impulsa a Joe Scaravella a levantar un restaurante que no pretende revolucionar el mundo culinario, sino restaurar el suyo propio. Las paredes de este local no buscan aplausos de críticos ni estrellas de guías famosas: su ambición es reunir abuelas en torno a una cocina, como si bastara esa acumulación de gestos amorosos para reconciliarse con las pérdidas.
El guion de Liz Maccie rehúye riesgos dramáticos profundos para apoyarse en una estructura amable, de manual, donde cada obstáculo parece tener su resolución a medida. Vince Vaughn encarna a Joe desde una contención curiosa, más creíble en su faceta de hombre abatido que en sus momentos de comedia. Hay algo en su figura que no termina de encajar con el arco de redención juvenil que la historia pretende imponerle, como si el actor y el papel estuvieran situados en coordenadas temporales distintas.
Las nonnas interpretadas por Lorraine Bracco, Susan Sarandon, Talia Shire y Brenda Vaccaro sostienen buena parte del peso narrativo, regalando momentos donde el humor y la ternura coexisten con ligereza. Estas mujeres son mostradas no solo como guardianas de recetas, sino como portadoras de relatos personales que, cuando emergen, logran iluminar rincones más interesantes del relato. La química entre ellas se siente orgánica, aunque las escenas no siempre les permitan escapar del encasillamiento de arquetipos marcados.
Visualmente, Chbosky apuesta por una representación gastronómica eficaz, sin entregarse al exceso sensorial que a menudo caracteriza este tipo de producciones. Los platos se presentan con sencillez, dejando que sea el contexto emocional lo que los cargue de significado. Sin embargo, en ese afán por mantenerlo todo bajo un registro liviano, se pierden oportunidades para ahondar en el significado cultural y simbólico de aquello que se cocina. El restaurante que Joe construye no solo es un negocio: es una declaración, un intento de fijar en el presente algo que pertenece al pasado.
La película camina así sobre una línea tenue entre lo enternecedor y lo edulcorado, sin que termine de inclinarse con determinación hacia uno u otro lado. Las subtramas románticas y los obstáculos burocráticos aparecen como relleno necesario para mantener en movimiento una historia que, por momentos, amenaza con agotarse en sus propias repeticiones. Linda Cardellini aporta calidez en su rol secundario, aunque su romance con Vaughn carece de la tensión dramática que podría haber elevado esos pasajes.
En conjunto, ‘Nonnas’ funciona como una pieza ligera que privilegia el confort emocional sobre la exploración narrativa. Su mayor mérito radica en permitir que sus actrices veteranas desplieguen matices, mostrando que incluso en una comedia de tintes previsibles pueden brillar interpretaciones que cargan sobre sus hombros décadas de oficio. Lo que queda, al final, es esa imagen de una mesa servida, no tanto por la novedad de los platos, sino por la persistencia de las manos que los preparan.
Chbosky entrega una obra que sabe a regreso a casa, pero lo hace sin arriesgar ni alterar recetas conocidas. ‘Nonnas’ se presenta como una película que prefiere quedarse en la superficie, donde los gestos son reconocibles y los sabores conocidos, evitando sumergirse en las complejidades que sus propios temas podrían haberle ofrecido. En definitiva, un filme que invita al espectador a sentarse a la mesa sin exigirle un apetito desafiante, apostando por la familiaridad como su principal ingrediente.
