El cuerpo, cuando se quiebra, no siempre lo hace hacia dentro. A veces estalla en fragmentos de color, en figuras que reclaman un espacio que parecía negado desde la infancia. Esa tensión entre destrucción y creación late en ‘Niki’, debut como directora de Céline Sallette, donde el arte funciona como canal de una vida herida que busca reorganizarse. La película no se limita a recordar a Niki de Saint Phalle como escultora célebre: la presenta como materia sensible, atravesada por fuerzas íntimas y sociales que marcaron su camino.
La narración respira como un territorio roto en capas. El relato, dividido en episodios que alternan recuerdos y momentos de presente, evita la continuidad lineal para situar al espectador dentro de una mente que arrastra violencia y a la vez se abre a lo lúdico. Esa forma fragmentaria, que por momentos parece un collage, conecta con la idea de que una vida marcada por traumas nunca se articula en un relato nítido, sino en flashes que surgen con la misma contundencia de una herida todavía abierta.
El guion escrito por Sallette junto a Samuel Doux abarca desde los años de formación en Estados Unidos hasta la llegada a París, cuando la protagonista se inserta en la órbita de los Nuevos Realistas. Charlotte Le Bon interpreta a Niki con una mezcla de vulnerabilidad y determinación. Su trabajo enfatiza la contradicción de una mujer que carga con cicatrices invisibles pero encuentra en la creación un modo de dar forma a lo indecible. Los gestos mínimos, las miradas fugaces, revelan un personaje en lucha consigo misma y con un entorno que pretende reducirla.
La película sitúa con crudeza el origen de esa fractura: los abusos paternos, convertidos en un núcleo doloroso que recorre todo el metraje. Sallette elige representarlos con imágenes superpuestas, escenas quebradas, médicos que destruyen pruebas como si el silencio fuese más importante que la verdad. La puesta en escena transmite que cada intento de sofocar el malestar acaba multiplicando su potencia. Esa violencia médica, con electrochoques y tratamientos que buscaban domesticar a las mujeres, se representa como un mecanismo de época que condicionaba las posibilidades de expresión femenina.
En paralelo, el filme introduce la aparición de figuras que se convierten en sostén y estímulo. El matrimonio con Harry Mathews (John Robinson) se describe desde la ambigüedad: un hombre capaz de ofrecer apoyo y, al mismo tiempo, incapaz de contener la tormenta interna de su compañera. Más decisiva resulta la relación con Jean Tinguely (Damien Bonnard) y Eva Aeppli (Judith Chemla). Con ellos, Niki entra en un territorio de afinidades donde el arte funciona como válvula, como forma de articular lo que las palabras callan. Bonnard aporta a Tinguely un aire juguetón y Chemla construye una Eva serena, consciente de la fragilidad de quien se enfrenta al abismo.
El dispositivo formal de la película insiste en esa búsqueda expresiva. La fotografía de Victor Seguin recurre a pantallas divididas y encuadres inusuales que refuerzan la idea de una percepción alterada. La cámara se detiene en los procesos de trabajo: collages improvisados, materiales reciclados, objetos a los que se otorga nueva vida. El espectador observa la génesis de un estilo que más tarde cristalizaría en esculturas monumentales, pero aquí se muestra como gesto urgente. Sallette opta por dejar fuera las piezas icónicas de la artista, y en lugar de eso se concentra en la energía previa, en el instante en que la necesidad supera al cálculo.
El vestuario, diseñado por Matthieu Camblor y Marion Moulès, funciona como prolongación de la psicología de Niki. Sombreros, telas y colores se convierten en prolongación visible de un ánimo oscilante. Frente a ello, la música de Para One marca un pulso que oscila entre lo íntimo y lo ceremonial, subrayando la tensión entre una vida privada en ruinas y una voluntad de reconstrucción.
La elección de ceñirse a la primera etapa de la biografía limita el alcance, pero abre otra vía: mostrar el momento en que la vocación se vuelve destino. El filme concluye cuando la carrera de la artista todavía está en formación, dejando fuera la monumentalidad posterior de sus Nanas o jardines escultóricos. Ese corte obliga a pensar en lo que significa narrar los orígenes, en cómo un creador se configura a partir de ruinas personales y circunstancias históricas. La apuesta de Sallette reside en subrayar que el germen de una trayectoria no está en la consagración pública, sino en el instante en que alguien se decide a transformar la herida en lenguaje.
La puesta en escena a veces corre el riesgo de estilizar en exceso. Las imágenes, demasiado pulidas en ciertos momentos, parecen independizarse de la narración y generan distancia. Esa tensión entre belleza formal y crudeza temática crea un desequilibrio que no siempre se resuelve. Sin embargo, también refleja el dilema de representar una vida tan convulsa: cómo traducir al cine el caos sin perder legibilidad. En ese sentido, el academicismo señalado por algunos críticos convive con la voluntad de riesgo, y esa contradicción define el resultado final.
Le Bon sostiene el relato con un trabajo actoral que oscila entre el derrumbe y la resistencia. La actriz encarna a una mujer que protege cuchillos bajo el colchón para ahuyentar recuerdos, que enfrenta a los médicos con una furia contenida, que busca en la materia artística un canal de liberación. Frente a ella, Robinson ofrece un Harry más estable, mientras Bonnard imprime a Tinguely una ligereza que contrasta con la densidad de la protagonista. Ese triángulo de interpretaciones configura un mapa emocional en el que se cruzan ternura, deseo, rabia y cansancio.
Más allá de los detalles biográficos, lo que la película plantea es cómo el arte se convierte en medio de supervivencia. Cada cuadro, cada collage, cada objeto intervenido aparece como prolongación de un cuerpo que intenta rehacerse. El gesto de disparar contra una obra, los tiros que desgarran la superficie pintada, condensan el tránsito de dolor a creación. El film sugiere que la creatividad no se genera en un espacio limpio, sino en un campo de batalla donde el pasado y la materia colisionan.
‘Niki’ se inserta en un contexto donde la memoria de los abusos y la represión de la época dialogan con un presente en el que aún se discute sobre cómo representar la violencia de género y su legado. Sallette ofrece una aproximación que no busca convertir la tragedia en espectáculo, sino mostrar cómo la energía destructiva puede transformarse en impulso artístico. Esa perspectiva convierte a la obra en un relato sobre resistencia a través de la imagen y el cuerpo.
El resultado es irregular en su forma, pero coherente en su propósito: plasmar un estado mental, un proceso de gestación artística, un instante vital en que la supervivencia se traduce en colores y materiales. ‘Niki’ plantea que el arte surge de la urgencia, y esa urgencia queda inscrita en cada plano, en cada gesto que intenta recomponer lo fragmentado.
