Cine y series

Misión imposible: Sentencia final

Christopher McQuarrie

2025



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Cada generación define su forma de afrontar el colapso. Mientras unos documentan el desastre con crudeza, otros fabrican ficciones que lo enfrentan desde el mito. En un tiempo donde la velocidad se confunde con el juicio y la pantalla con el reflejo, ‘Misión imposible: Sentencia final’ emerge como una coreografía programada al milímetro que se entrega al caos, pero lo camufla bajo la pulsión del artificio.

Hay algo profundamente anacrónico en ver cómo el cuerpo de un actor se convierte en argumento. El salto, la caída, la inmersión, el combate aéreo; todo cuanto se ejecuta en escena es tan físico como abstracto. No se trata de representar la acción, sino de sustituir la lógica narrativa por una prueba de resistencia. Como si el tiempo pudiera suspenderse en los músculos. La cinta, dirigida por Christopher McQuarrie, se alinea con una idea de cine que sigue apostando por lo corpóreo en una época rendida a lo generado.

Cruise no interpreta. Prolonga un ritual. Ethan Hunt ya no es un personaje: es una función. No hay biografía, apenas hay contexto. Se habla mucho, se recuerda mucho, pero todo remite a un único punto de fuga: el gesto. En esta entrega final, el cineasta traza un recorrido de cierre que no culmina en una conclusión narrativa, sino en una especie de repetición compulsiva. Los ecos del pasado se filtran por cada plano, no para resignificarse, sino para dejar constancia de que algo ha existido. La película arranca con un resumen de sí misma, y cada escena posterior parece una variación de un antiguo destello.

McQuarrie articula la trama como si el mundo se hubiera encogido hasta quedar reducido a una sala de mandos. La amenaza, una inteligencia artificial llamada La Entidad, actúa como símbolo del presente: un sistema invisible que erosiona la confianza, que convierte la información en arma y diluye la frontera entre lo cierto y lo falso. Pero esta amenaza carece de encarnación potente, de contrapeso dramático. Su espectro se impone a los personajes, los difumina. La película, más que contar, expone. Más que implicar, remite.

La estructura del filme dilata cada decisión. A diferencia de otras entregas, aquí la acción no irrumpe como clímax constante, sino que se retiene, se acumula, hasta estallar en dos secuencias mayores: un descenso submarino y un combate aéreo entre avionetas. Ambas ofrecen el desahogo que el metraje va escamoteando, y ambas resumen el objetivo de este cine: colocar al espectador frente al asombro técnico.

Ese asombro, sin embargo, convive con un giro tonal que rebaja la fuerza del conjunto. En su afán por despedirse, el filme se carga de solemnidad. Las voces en off, las frases cargadas de épica emocional, las miradas hacia un ayer glorificado, todo se construye para emocionar sin que esa emoción provenga de los hechos, sino del recuerdo. Hay secuencias que funcionan como epitafios, no como progresión.

El reparto responde con profesionalidad, pero sin margen para la variación. Hayley Atwell aporta presencia, Simon Pegg y Ving Rhames replican sus dinámicas habituales, y Pom Klementieff introduce un exceso que no se despliega del todo. La película no es un espacio de descubrimiento para ellos, sino una última parada. Lo que sí resulta evidente es la decisión de McQuarrie de encapsular al personaje de Cruise en un universo cada vez más autorreferencial, como si el único conflicto ya no fuera externo, sino interno al propio relato.

A nivel formal, el director mantiene su obsesión por un montaje riguroso, aunque aquí el tempo se muestra irregular. El exceso de explicaciones verbalizadas interrumpe el ritmo, diluye la tensión. Lo que antes eran transiciones elegantes, ahora se vuelven interludios discursivos. Hay un anhelo de trascendencia que entorpece el vértigo.

Sin embargo, la despedida de ‘Misión imposible’ no se construye sobre la ausencia, sino sobre la persistencia. No se busca la clausura, sino la resonancia. En un tiempo dominado por algoritmos y predicciones, esta película se atreve a enunciar un tipo de cine que cree en el gesto manual, en el cuerpo en peligro, en la mirada que se fija en una hazaña inverosímil. Ese anhelo de permanencia visual no salva el conjunto, pero sí lo justifica.

Lo que queda al final no es la historia ni la resolución. Lo que queda es el rastro del movimiento. La imagen de Cruise suspendido entre el cielo y la gravedad. El plano donde la acción se convierte en símbolo. Y quizás ahí, entre la nostalgia y el despliegue técnico, la saga de Ethan Hunt ha sellado su sentencia sin desearlo: querer quedarse, cuando el mundo ya ha seguido adelante.

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