Los viajes en carretera siempre han sido escenario de tensión, de encuentros inesperados y de giros que pueden transformar un trayecto rutinario en una odisea. Cuando la naturaleza interviene, con una tormenta que congela el asfalto y bloquea las salidas, el destino se convierte en una ruleta caprichosa. ‘Mikaela’, el nuevo filme de Daniel Calparsoro, pretende anclar su suspense en esta premisa, pero la falta de solidez en su estructura convierte la propuesta en un desliz constante sobre hielo fino.
En un día de Reyes marcado por el caos meteorológico, un grupo de atracadores decide tomar por asalto un furgón blindado atrapado en una autopista colapsada. A escasos metros, un policía de trayectoria desgastada y una joven guardia civil se ven arrastrados a una persecución forzada, donde las balas buscan abrirse paso entre la nieve. La narración intenta equilibrarse entre la acción trepidante y las vicisitudes personales de sus protagonistas, pero el resultado es una amalgama de secuencias que no logran justificar su propia existencia.
El principal problema radica en un guion que avanza a trompicones, improvisando en cada curva y dejando tras de sí un reguero de inconsistencias. Las subtramas se despliegan sin dirección clara, deshilachando cualquier atisbo de cohesión en la historia. La relación entre el veterano policía y la joven agente no trasciende el arquetipo de mentor y aprendiz, y los intentos de humanizar sus respectivos conflictos personales se pierden en diálogos funcionales que apenas rozan la superficie de sus motivaciones.
El cine de atracos y persecuciones siempre ha encontrado en la geografía un aliado para intensificar la tensión, pero en ‘Mikaela’, el entorno se convierte en un decorado desaprovechado. La nieve, que debería jugar un papel crucial en la atmósfera y el desarrollo de la acción, se reduce a un obstáculo circunstancial. En lugar de potenciar la sensación de peligro y aislamiento, la tormenta parece un pretexto visual sin un impacto real en la narración.
Las interpretaciones oscilan entre lo meramente cumplidor y lo caricaturesco. Antonio Resines, en el papel del policía desgastado, ofrece una actuación que transita entre la inercia y el tedio. La incorporación de Natalia Azahara como la joven agente aporta un contrapunto necesario, pero su desarrollo está marcado por los estereotipos más previsibles. Los antagonistas, por su parte, carecen de la amenaza necesaria para sostener el conflicto; su presencia en pantalla se diluye en una sucesión de decisiones incoherentes.
El apartado técnico, aunque funcional, no compensa las carencias narrativas. La cinematografía de Tommie Ferreras logra captar la frialdad del entorno, pero el montaje fragmentado y la dirección errática de las secuencias de acción restan impacto a los momentos que deberían elevar la tensión. La música de Carlos Jean intenta reforzar el ritmo, pero su presencia no consigue enmascarar la falta de sustancia en las imágenes que acompaña.
‘Mikaela’ intenta fusionar acción, drama y comedia, pero el resultado es un relato que nunca encuentra su identidad. La incursión de toques humorísticos parece responder más a la necesidad de aligerar la historia que a una intención narrativa bien definida. Este desequilibrio no solo afecta la coherencia del tono, sino que también socava el peso dramático de los acontecimientos.
Lejos de ser una propuesta innovadora dentro del thriller español, ‘Mikaela’ se aferra a recursos ya explotados por su director en trabajos anteriores, pero sin la efectividad que en otros casos le permitió sostener el interés del espectador. La sensación final es la de una película que promete más de lo que entrega, un trayecto cuyo destino nunca justifica el recorrido.
