Los creadores Alfred Gough y Miles Millar sitúan a ‘Miércoles’ en un terreno donde la comedia macabra se cruza con el melodrama adolescente y la fantasía sobrenatural. La segunda parte de esta temporada llega con el peso de un fenómeno mundial a sus espaldas, pero también con la presión de sostener una maquinaria narrativa cada vez más compleja. El reto consiste en mantener viva la chispa de un personaje ya convertido en icono contemporáneo y, al mismo tiempo, expandir un universo que parece multiplicar tramas sin descanso.
La serie retoma la historia tras un desenlace en suspenso que parecía definitivo. El regreso de la protagonista funciona como un punto de partida inmediato para desplegar un carrusel de escenarios, desde el propio internado de Nevermore hasta el parque temático Pilgrim World convertido en decorado mortuorio. La propuesta se articula con un tono festivo que mezcla rituales, conspiraciones y visitas espectrales, construyendo un mosaico que busca sorprender a cada paso aunque corra el riesgo de dispersarse.
Jenna Ortega sostiene con aplomo la identidad de Miércoles Addams, ofreciendo un trabajo que equilibra sarcasmo y distancia con leves fisuras de vulnerabilidad. Su interacción con Enid, encarnada por Emma Myers, marca el pulso más sólido de la temporada. La química entre ambas genera los momentos más eficaces, en especial en un episodio en que intercambian cuerpos y personalidades, recurso clásico que aquí adquiere frescura gracias al contraste entre la apatía feroz de una y el entusiasmo explosivo de la otra.
Los guionistas cargan la narración con una multitud de hilos argumentales que incluyen cultos secretos, amores enredados y resurrecciones imposibles. Esa abundancia introduce un ritmo atropellado que a menudo diluye la fuerza de los personajes secundarios. Tyler Galpin, interpretado por Hunter Doohan, ocupa un lugar central en un arco que pretende aportar tensión, aunque la reiteración de combates digitales resta impacto a la intriga. El enfrentamiento con criaturas generadas por ordenador carece del encanto artesanal que caracterizó a las viejas fantasías góticas, y la serie se resiente cuando apuesta por el espectáculo sin un contrapeso dramático claro.
Entre los aciertos destaca la incorporación de figuras excéntricas que logran escapar del cliché. Agnes DeMille, con sus dotes de invisibilidad y su obsesión por Miércoles, pasa de ser un recurso cómico a convertirse en un personaje con matices. Steve Buscemi, en la piel del nuevo director del colegio, introduce ironía con un registro que bordea la autoparodia sin perder eficacia. Joanna Lumley, como la abuela Hester Frump, aporta un aire venenoso que contrasta con la solemnidad de Morticia, interpretada por Catherine Zeta-Jones. Estos giros aportan dinamismo a un conjunto que, sin ellos, se vería aún más saturado.
La construcción visual mantiene la estética que Tim Burton imprimió en la primera temporada, con un diseño que combina lo barroco y lo lúdico. Sin embargo, la insistencia en reproducir fórmulas virales, como nuevas coreografías musicales ligadas a estrellas invitadas, transmite una sensación de cálculo comercial que resta espontaneidad. Lady Gaga aparece como invitada en un cameo que aporta colorido, aunque se percibe como un gesto más orientado al marketing que al desarrollo de la trama.
El trasfondo familiar sigue presente, con la sombra de secretos heredados que conectan a Morticia, Gómez y la propia Miércoles con figuras del pasado. La idea de que las generaciones arrastran deudas y maldiciones otorga una dimensión trágica al relato, aunque la acumulación de revelaciones amenaza con desdibujar el conflicto central. Los creadores parecen debatirse entre ofrecer un retrato del linaje Addams y expandir una mitología fantástica que a veces se desvía hacia callejones narrativos de escaso interés.
A pesar de esa dispersión, algunos episodios logran captar la esencia de la propuesta inicial. La historia del intercambio de cuerpos entre Miércoles y Enid, además de ofrecer un despliegue interpretativo de Ortega y Myers, refleja lo que la serie podría alcanzar si se centrara en las relaciones. En esos momentos se percibe una claridad ausente en otros pasajes: la convivencia de dos jóvenes opuestas que aprenden a compartir espacio y afectos, núcleo emocional que debería guiar el relato.
La temporada insiste en multiplicar personajes y giros, sacrificando la coherencia en favor de un espectáculo constante. Aun así, conserva destellos de ingenio cuando se permite observar con calma la relación entre protagonistas, o cuando concede espacio a secundarios que enriquecen el paisaje. Gough y Millar parecen apostar por un modelo de serie expansiva, con múltiples frentes abiertos, que confía en la fidelidad del público más que en la cohesión del guion.
La segunda parte de la segunda temporada de ‘Miércoles’ se mueve entre la fidelidad a un icono gótico y la tentación de convertirse en un producto que persigue la viralidad. La balanza se inclina de forma desigual, aunque la presencia magnética de Ortega y el contrapunto de Myers continúan siendo el ancla más segura de un universo que corre el riesgo de perderse en su propio exceso.
