Cierta nostalgia aparece sin ser invocada cuando los días empiezan a parecerse demasiado entre sí. No se presenta como un recuerdo nítido, sino como un roce, como el eco de algo que sucedió o que, quizá, nunca llegó a pasar. Ese es el terreno que habita ‘Matt and Mara’, una película que se sitúa donde se bifurcan la memoria, la proyección y la rutina. Un espacio donde el tiempo se pliega, donde la vida académica y la vida emocional se mezclan sin fronteras claras. Kazik Radwanski encuentra allí una grieta que no pretende cerrar, sino tensar con pequeños gestos, como si cada conversación o desvío en la mirada pudiera activar un antiguo cortocircuito vital.
Hay algo en las relaciones pospuestas que no se parece al olvido ni al duelo. Una especie de suspenso cotidiano, un latido sordo que no termina de apagarse. En esa frecuencia vibra el reencuentro entre Matt y Mara, dos escritores formados juntos, cuyas trayectorias personales no solo se han separado geográficamente, sino que parecen haberse inscrito en paradigmas éticos y afectivos incompatibles. Uno se pasea con soltura por el circuito editorial neoyorquino; la otra sostiene con cierto agotamiento una rutina académica, entre clases de poesía y una familia que se intuye distante. La cámara de Radwanski no los sigue para resolver qué pasó entre ellos, sino para dejar que su roce vuelva a perturbar lo que creían haber ordenado.
Deragh Campbell interpreta a Mara con una contención que raya en lo opaco. Sus gestos miden cada estímulo con la precisión de quien sabe que cualquier cambio podría desbordarla. En contraste, Matt Johnson encarna a su homónimo con una energía expansiva, casi infantil, que parece más diseñada para impresionar que para acompañar. Pero Radwanski no establece una dinámica de atracción simple entre opuestos, sino una fricción constante donde el afecto, la rivalidad y la necesidad se desdibujan sin llegar a consolidarse como algo estable. La relación entre ellos no se define; se insinúa, se retrae, reaparece, se difumina.
La puesta en escena evita cualquier grandilocuencia: los planos cerrados, las conversaciones en cafeterías, los trayectos compartidos en coche, incluso la parada simbólicamente saturada en las Cataratas del Niágara, obedecen a una lógica de lo contingente. El mundo no se detiene para el drama interior de los personajes, y eso vuelve más visible la disonancia entre lo que sienten y lo que hacen. Radwanski confía en que el espectador detecte las alteraciones de ese ritmo interno sin que se le subraye nada.
La película encuentra uno de sus núcleos en la forma en que el lenguaje se vuelve campo de batalla. Ambos personajes viven de las palabras, pero ninguno logra apropiarse del relato de su propia vida. Las frases que se lanzan, las referencias literarias, los silencios cargados de sentido, todo configura una coreografía verbal que no busca explicarse sino esquivarse. Mara, habituada a teorizar sobre estructuras poéticas, parece incapaz de intervenir en su propia narrativa afectiva. Matt, más impulsivo, lanza provocaciones que rara vez obtiene respuestas. Así, el diálogo se convierte en performance, en una manera de sostener el vínculo sin nombrarlo.
A medida que avanzan los minutos, el filme deja de simular que se dirige hacia algún tipo de resolución. No hay clímax emocional ni confesiones liberadoras. El desenlace reside en una conversación inconclusa, en un gesto, en una distancia física que deja abierta la herida sin dramatismo. Incluso la relación entre Mara y su esposo Samir, atravesada por una desconexión tácita, adquiere una gravedad inesperada gracias a la decisión de mostrarla sin aspavientos, sin necesidad de enfrentamientos explícitos. Todo queda en una superficie calma que no consigue ocultar lo que se ha fracturado por debajo.
Lo más inquietante del relato no es su progresión, sino su resistencia a concluir. ‘Matt and Mara’ parece colocarse siempre en un momento previo: el instante antes de una decisión, de una traición, de una confesión. En esa dilación reside su tensión. Nada se consuma del todo, y sin embargo, todo queda afectado. En lugar de ofrecer certezas, Radwanski se limita a sostener esa zona de ambigüedad que tan poco frecuentan los relatos sentimentales. Lo suyo no es una crónica del deseo, sino de su aplazamiento.
La fotografía de Nikolay Michaylov se adhiere a los cuerpos, sin esteticismo ni distancia, como si el ojo que mira también estuviese comprometido emocionalmente con la inestabilidad de los protagonistas. El montaje evita reforzar un arco clásico y opta por elipsis abruptas o cortes que suspenden los momentos cuando más cargados están. Esa estrategia no responde al capricho, sino a una necesidad interna de la película: mantenerse fiel al vaivén emocional de sus personajes, resistirse a domesticarlo.
‘Matt and Mara’ no formula dilemas morales ni retratos heroicos. En su lugar, propone una deriva emocional contenida en gestos mínimos. El viaje a Ithaca, el paseo junto a las cataratas, los cafés compartidos, las reuniones universitarias: nada parece dramático hasta que se reordena en la memoria de quien observa. Allí es donde la película deja su trazo más firme. Un trazo que no grita, pero persiste.
