En las sombras de una tarde gris, donde el tiempo parece detenerse en los bordes del recuerdo, surge una figura que camina entre lo real y lo imaginado. No hay un camino claro hacia su destino, pero cada paso está marcado por el peso de un pasado ineludible. Este es el territorio donde se mueve ‘Maria’, un lienzo que no solo pinta a una mujer, sino también al rastro que deja la huella de sus actos. En ese sentido, el filme no es simplemente una mirada al interior de una vida, sino también un reflejo de cómo nuestras propias historias pueden ser prisioneras de su propio relato.
La narrativa de ‘Maria’ se despliega como un manto delicado sobre un paisaje que nunca fue completamente nuestro. Cada escena invita a pensar en la fragilidad de lo que construimos y cómo esa misma fragilidad puede convertirse en nuestra mayor fortaleza o en nuestra más grande debilidad. Aquí, el cineasta no se limita a contar una historia; busca desentrañar los hilos invisibles que conectan nuestras decisiones con el legado que dejamos tras nosotros. El film sugiere que algunas vidas están hechas para ser recordadas, pero no necesariamente entendidas.
En el corazón de esta obra late una interpretación que sostiene todo el entramado emocional. Angelina Jolie encarna a Maria Callas, una figura cuya presencia parece trascender el plano físico. Sus movimientos son calculados, cada gesto parece estar cargado de una intención que va más allá de lo evidente. Hay algo en su forma de moverse por aquellos espacios que denota tanto poder como vulnerabilidad. Sin embargo, detrás de esa máscara de control absoluto, se percibe una mujer que lucha contra sí misma, contra las expectativas que otros han puesto sobre ella y contra el vacío que amenaza con engullirla. Es en esos momentos de silencio cuando la película alcanza su mayor profundidad.
Los personajes secundarios, aunque relegados a un segundo plano, cumplen una función crucial dentro del tejido narrativo. Bruna (Alba Rohrwacher) y Ferruccio (Pierfrancesco Favino), los fieles sirvientes de Maria, representan la lealtad incondicional, pero también la resignación ante un destino que parece inevitable. Su interacción con la protagonista añade capas adicionales a la trama, mostrando cómo incluso aquellos que están cerca de nosotros pueden sentirse distantes. El papel de Mandrax (Kodi Smit-McPhee), una especie de alter ego de las medicinas que consume Callas, introduce un elemento surrealista que juega con la línea entre realidad y fantasía. Este recurso permite al espectador adentrarse en la mente de la protagonista sin perder de vista su humanidad.
La música, por supuesto, es un actor más en este drama. Las arias de Callas fluyen como un río que nunca se agota, aunque su cauce se haya estrechado con el paso del tiempo. A través de estas melodías, el director logra transmitir no solo la belleza de la voz de la soprano, sino también la carga emocional que llevaba consigo. Es interesante notar cómo la combinación de la voz real de Callas con la interpretación de Jolie crea una simbiosis que refuerza la sensación de que estamos frente a alguien que ha vivido muchas vidas en una sola. El resultado es una experiencia que invita a reflexionar sobre el precio de la fama y la soledad que conlleva.
Sin embargo, no todo en ‘Maria’ es armonioso. Existen momentos en los que el guion, escrito por Steven Knight, parece quedarse atrapado en una narrativa demasiado lineal. Algunas subtramas, como la relación de Callas con su madre o su amorío con Aristóteles Onassis (Haluk Bilginer), podrían haber sido desarrolladas con mayor detalle para ofrecer una visión más completa de su psicología. Además, la estructura episódica de la película, que oscila entre el presente y el pasado, a veces rompe el ritmo narrativo, haciendo que ciertos pasajes se sientan desconectados del conjunto general. Esto revela las limitaciones de intentar capturar toda una vida en apenas dos horas.
A pesar de estos escollos, ‘Maria’ sigue siendo un ejercicio cinematográfico que tiene mucho que decir sobre la naturaleza del arte y la autodefinición. La manera en que Larraín utiliza los elementos visuales para crear atmósferas densas y evocadoras demuestra su habilidad para comunicar ideas complejas sin recurrir a explicaciones directas. Las imágenes de Callas caminando por las calles de París, rodeada de una multitud que parece ignorarla, encapsulan perfectamente la sensación de disociación que experimenta la protagonista. Aquí, el director encuentra una manera de hablar de la soledad sin tener que mencionarla explícitamente.
‘Maria’ no solo es un estudio sobre una diva olvidada, sino también un análisis de cómo las personas lidian con la pérdida de su identidad. En un mundo donde la imagen personal y el reconocimiento público son tan valorados, la película plantea preguntas incómodas sobre qué queda cuando todo eso se desmorona. No es suficiente con poseer talento; también hay que saber cómo sobrevivir cuando ese talento ya no es suficiente.
