Cine y series

Machos de verdad

Letizia Lamartire

2025



Por -

Las ruinas que deja un terremoto no siempre son de piedra. A veces, lo que se desmorona se parece más a una carcasa cultural, un molde aprendido, un uniforme invisible que durante décadas ha vestido a millones. Así ocurre con ciertos modelos de masculinidad, sostenidos no tanto por la fuerza sino por la inercia, la herencia no cuestionada, la repetición aceptada. ‘Machos de verdad’, serie dirigida por Letizia Lamartire junto a Matteo Oleotto, se asoma a ese derrumbe sin dramatismo pero con una mirada atenta, buscando no un escombro sino el hueco que deja.

La serie se instala en una Roma que esquiva los clichés de postal para ofrecer un escenario más mundano y reconocible: terrazas en sombra, gimnasios de barrio, el tráfico que nunca se detiene. Allí, cuatro hombres rondando los cuarenta se enfrentan a un mundo que les exige otra manera de estar en él. El pasado les proporcionó códigos simples —control, competitividad, silencio emocional— que ahora parecen piezas de museo. Pero el presente tampoco ofrece sustitutos claros. En ese interregno incierto, estos personajes se mueven entre la incomodidad, la torpeza y una comicidad que rara vez protege.

Mattia, Luigi, Massimo y Riccardo se sienten desplazados. Pero más que una tragedia, ese desplazamiento se convierte en el motor de una serie de situaciones donde el humor no actúa como redención sino como diagnóstico. El enfoque se aleja de cualquier épica del cambio. Aquí no hay redentores, sino individuos poco preparados para la revisión que se les demanda. Y sin embargo, es en esa misma ineptitud donde se cuela el interés de la propuesta.

Lamartire articula el relato con una ligereza que bordea el cinismo pero no lo traspasa. El texto de Furio Andreotti, Giulia Calenda y Ugo Ripamonti tiene el acierto de mantenerse dentro de los márgenes de una comedia sin pretensiones pedagógicas. La risa no limpia, simplemente desnuda. Los personajes femeninos —interpretados con solvencia por Thony, Laura Adriani y Sarah Felberbaum— no están ahí para consolar ni guiar, sino para ampliar el perímetro de una discusión que no gira en torno a los hombres sino al sistema que los ha hecho así.

‘Machos de verdad’ toma como punto de partida el formato de la serie española ‘Machos Alfa’, pero el traslado al contexto italiano no se limita a una traducción literal. La elección de un humor menos físico y más sarcástico ajusta mejor al entorno narrativo. Lo que funciona no es la fidelidad al modelo original, sino la capacidad de adaptar la estructura a una idiosincrasia específica, con sus propias fragilidades, contradicciones y límites discursivos.

Entre el padel y las cenas fallidas, entre las apps de citas y las sesiones de terapia grupal, lo que la serie pone sobre la mesa no es tanto una crítica frontal a la masculinidad como un desfile de reacciones sintomáticas. Massimo, por ejemplo, responde a la pérdida de poder con nostalgia y arrogancia disfrazada de sarcasmo. Luigi, atrapado en la rutina doméstica, se aferra a su función organizativa como último bastión de identidad. Riccardo representa la desconexión más cínica, mientras que Mattia intenta ser “deconstruido” sin renunciar al confort de su melancolía.

El curso de deconstrucción masculina al que asisten actúa como un espejo deformante. No transforma, solo expone. Allí los protagonistas no encuentran una ruta alternativa, sino una especie de parque temático donde representar su crisis con guion prestado. Lo irónico es que, pese a todos los gestos de renovación, el centro sigue ocupado por ellos. Las mujeres generan el conflicto, lo dinamitan, lo analizan, pero raramente se benefician de su resolución.

Lamartire dirige con una mirada que evita el énfasis visual, confiando en la geometría de las relaciones más que en la espectacularidad de los planos. Roma, en este sentido, aparece como un personaje que observa más que participa. La ciudad funciona como escenario de un teatro privado donde las microfrustraciones se cruzan con estructuras de poder que aún sobreviven maquilladas de ironía.

El elenco masculino responde con una química que supera al guion. Francesco Montanari ofrece quizá la interpretación más matizada, logrando que su personaje resulte irritante y vulnerable al mismo tiempo. Pietro Sermonti construye un Luigi más contenido, a ratos desdibujado, mientras que Maurizio Lastrico y Matteo Martari resuelven con oficio roles menos flexibles. Hay un cuidado en los ritmos, una economía narrativa que favorece la exposición progresiva de las grietas sin cargar las tintas.

El principal valor de ‘Machos de verdad’ no reside en su novedad temática, sino en la manera de posicionarse frente a ella. No hay en la serie voluntad de salvación, ni ambición de resolución. Lo que se muestra es una fotografía de tránsito, un boceto de cómo el privilegio responde cuando se le pone en tela de juicio. Y, aunque a ratos borde la complacencia, el retrato conserva una honestidad útil.

Porque, al final, la comedia sigue siendo uno de los lenguajes más eficaces para señalar sin pontificar. Y en ese gesto de señalar —sin renunciar al artificio, sin buscar heroicidades— ‘Machos de verdad’ encuentra su lugar. Entre los restos de una virilidad aprendida y la imposibilidad de fingir que todo va bien, lo que queda es un murmullo incómodo. Lo que importa es que, por una vez, ese murmullo se escucha.

'Machos de verdad' ya está disponible en Netflix

MindiesCine

Buscando acercarte todo lo que ocurre en las salas de cine y el panorama televisivo.