Cine y series

Los crímenes del mandala

Gopi Puthran

2025



Por -

Charandaspur respira como si cada partícula de polvo arrastrara siglos de superstición. En esta localidad detenida entre el mito y la descomposición, los cuerpos no se entierran, se ensamblan. La serie se construye sobre esa imagen: la carne convertida en lenguaje, el sacrificio como arquitectura del poder. Allí la fe deja de ser consuelo. Se vuelve método, motor, sentencia.

La muerte aquí tiene diseño. Cada asesinato responde a un patrón ritual, a un gesto ceremonial que no se entiende sin mirar hacia atrás. Lo religioso se disfraza de orden sagrado, pero el impulso es el mismo de siempre: someter, reconstruir lo humano a partir del miedo. ‘Los crímenes del mandala’ entrega su tesis en fragmentos, como los cadáveres que aparecen, cortados con precisión quirúrgica, ofrecidos a una entidad llamada Yast, cuyo culto exige un precio con nombre y apellido.

Rea Thomas, interpretada por Vaani Kapoor, avanza como quien lleva una losa en la espalda. Su figura permanece erguida incluso cuando todo alrededor amenaza con desmoronarse. Ella se impone por insistencia, por desgaste. Rea entra a escena como una pieza más del engranaje oficial, pero lo que arrastra en la mirada es otra cosa: un pasado que respira, que arde, que grita en medio de la selva y en el interior de las pesadillas.

Vaibhav Raj Gupta, en el papel de Vikram Singh, transita por la serie con una melancolía abrasiva. Su búsqueda no se limita al caso. Va tras un fantasma que toma muchas formas: madre ausente, hermano muerto, mujer en coma. Cada paso suyo vibra como un eco de todo lo perdido. Con cada escena, su rostro deja claro que no hay posibilidad de tregua, solo avance.

La estructura narrativa gira como una rueda que lanza luces fugaces. Saltos temporales, hilos cruzados, conspiraciones políticas, pactos con la divinidad, pactos con la sangre. Cada elemento se suma a una madeja que pide ser desenrollada con violencia, con decisión. En ese vaivén temporal, la serie encuentra su fuerza y su mayor obstáculo: la complejidad se transforma en saturación. Cada nueva escena exige atención absoluta.

La secta Ayastha extiende su influencia más allá del bosque. Sus integrantes caminan entre los demás, actúan desde la convicción absoluta. Sacrifican sin pestañear, convencidas de su papel en un plan superior. No hay espacio para el arrepentimiento, solo para la ejecución. Las mujeres del culto poseen un código cerrado, una teología de la carne y la pérdida, donde el cuerpo humano es la herramienta más noble para alcanzar un objetivo que escapa a la razón.

Surveen Chawla ofrece una interpretación tensa, cargada de furia silenciosa. Su personaje, atrapado entre la ambición política y las exigencias de lo doméstico, revela el desgaste de quienes avanzan con el rostro firme mientras el mundo les exige que se doblen. Shriya Pilgaonkar, desde el margen, irrumpe como una herida antigua que nunca cerró. Su presencia desestabiliza el relato con una fuerza que resuena incluso en la ausencia.

Visualmente, ‘Los crímenes del mandala’ empuja a una estética sofocante. Cada rincón está cargado de polvo, humedad, barro, sudor. La cámara encuentra belleza en lo macabro, insiste en mostrar que incluso lo más aberrante puede tener forma de liturgia. La escenografía invoca no tanto un lugar físico, sino un estado mental: aislamiento, delirio, revelación.

La máquina de los deseos —un dispositivo que concede bendiciones a cambio de un dedo— encarna la violencia institucionalizada del sistema. Lo sagrado exige mutilación. Lo deseado llega tras una entrega irreversible. Este mecanismo encierra todo lo que la serie intenta expresar: nada se concede sin que algo se rompa.

Los crímenes no son solo hechos. Se convierten en símbolos, en marcas sobre un mandala que gira con ritmo propio. Cada nuevo cadáver revela un patrón, una geometría que parece narrar algo más antiguo que cualquier testimonio. La investigación se convierte en una decodificación espiritual y anatómica, donde el detective lee más huesos que palabras.

Hay momentos en los que la serie alcanza un temblor emocional difícil de esquivar. La escena final entre Rea y el antagonista encierra un dilema que atraviesa el cuerpo. Kapoor logra condensar rabia, compasión y determinación sin caer en el exceso. Ese gesto basta para que el relato se ancle de nuevo, aunque sea por un instante.

‘Los crímenes del mandala’ camina con torpeza y furia. La imperfección la rodea, pero su impulso no se desvía. Quiere decirlo todo, y en ese intento se desborda, se contamina, se arrastra a sí misma. Pero ese exceso, esa necesidad de abarcar, le otorga un pulso extraño, casi febril. No se entrega al espectador, lo sacude. No solicita comprensión, exige atención.

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