Todo cambia sin pedir permiso. Las estructuras que parecían inmóviles comienzan a crujir en lo cotidiano: una fábrica que echa el cierre, una familia que se agrieta, un muro que se desploma al otro lado del continente. En ese territorio intermedio entre lo que fue y lo que aún no es, se desliza ‘Los aitas’, un relato incrustado en los últimos estertores de una década convulsa. El ruido de los motores oxidados de un autobús viejo se mezcla con el murmullo de las cosas no dichas. A veces, basta una carretera para que los silencios acumulados durante años empiecen a resultar insoportables.
La película de Borja Cobeaga se instala en ese rincón donde la masculinidad aprendida empieza a no servir. Hombres moldeados por la precariedad y la torpeza emocional, padres de carne, hueso y errores, que cargan en su gesto cansado el desencanto de una época. Ninguno sabe muy bien qué hacer con sus hijas, ni con la intimidad, ni con ese pasado reciente que les pasa factura a cada kilómetro de viaje. Pero el trayecto sigue, como si el desplazamiento fuese lo único que queda cuando ya no hay certezas.
Lejos de articular un discurso edificante, Cobeaga propone una comedia dramática de bordes deshilachados, donde el humor se entrevera con una amargura sutil. La acción se sitúa en 1989, en la periferia obrera de Bilbao, en plena reconversión industrial. Cuatro padres —tres en paro y uno atrapado en un videoclub sin futuro— terminan acompañando a sus hijas a un campeonato de gimnasia rítmica en Berlín tras la baja inesperada de las madres. La casualidad impone la tutela. Ellos, más habituados a los bares que a los pabellones deportivos, suben al autobús como quien cruza un umbral sin entender muy bien hacia dónde se dirige.
El guion, firmado por Cobeaga junto a Valentina Viso, opta por una estructura coral que apenas roza las complejidades individuales de los personajes. La construcción de los protagonistas —interpretados por Quim Gutiérrez, Juan Diego Botto, Iñaki Ardanaz y Mikel Losada— se apoya más en la caricatura funcional que en el matiz. Algunas escenas intentan profundizar en los vínculos rotos entre padres e hijas, pero lo hacen sin demasiado ímpetu, como si el relato se conformara con dejar las grietas a la vista sin atreverse a entrar del todo en ellas.
Entre los elementos más logrados, destaca la puesta en escena, que recrea con eficacia la atmósfera material y simbólica del final de los ochenta: cintas de casete, chándales de tergal, vasos de Duralex, televisión de tubo. Cobeaga se mueve con soltura en ese costumbrismo que no idealiza, pero tampoco embiste. La textura analógica de la época se convierte en el verdadero decorado emocional del filme, sosteniendo una narración que tiende a quedarse en el apunte.
No es una película de ritmo brioso. La progresión dramática se resiente de un tono indeciso, atrapado entre el gesto cómico y la insinuación melancólica. Algunos pasajes se alargan más de lo necesario y otros apenas se dejan sentir. Cobeaga no parece terminar de decidir si quiere hacer reír, conmover o simplemente mirar con distancia a sus criaturas. Este vaivén, lejos de enriquecer el filme, lo vuelve irregular.
Tampoco ayuda el uso de ciertas subtramas que no terminan de cuajar, como la del cura conductor —interpretado por Ramón Barea— o el trasfondo político de la caída del muro. Aunque esa metáfora se plantea como eje del relato, su integración resulta forzada. Se sugiere que así como se derrumba un muro en Berlín, otros se tambalean en la intimidad doméstica. Pero la correspondencia no se desarrolla con la contundencia que el símbolo podría permitir.
En cuanto a la mirada sobre la paternidad, la cinta parece navegar entre la crítica suave y la comprensión. No hay una condena explícita, pero tampoco un esfuerzo serio por desmenuzar el origen de los comportamientos de estos hombres. Más que una radiografía, lo que se ofrece es un retrato de trazo rápido, sostenido en una empatía algo indulgente.
El trabajo del reparto consigue dotar de vida a un material que en muchos momentos amenaza con desvanecerse. Juan Diego Botto y Mikel Losada encuentran en sus personajes un punto de fragilidad que los vuelve creíbles, aunque las situaciones en las que se inscriben no siempre estén a la altura. Las actrices jóvenes, con Sofía Otero al frente, se ven relegadas a roles secundarios que podrían haber ofrecido una contraparte más afilada al discurso paterno.
Lo más sugerente de ‘Los aitas’ es esa sensación de tránsito que impregna todo el metraje. Una generación atrapada en el hueco entre el declive de un sistema y la aparición de otro, padres intentando sostener su lugar cuando todo lo que les daba sentido empieza a desmoronarse. La película no lo articula con contundencia, pero lo deja flotar como niebla espesa.
Cobeaga firma una obra que evita tanto el desgarro como la burla, inclinándose por una observación tibia de sus personajes y su contexto. Hay intención, sin duda, y momentos donde se intuye una voluntad más incisiva. Pero el conjunto se resiente de cierta pereza narrativa que limita el alcance de una premisa con posibilidades.
